La naturaleza es un libro sagrado que contiene la ley de la vida

Fíjate en ella y sabrás cómo debes orientar tu vida

Te han llamado para conquistar el mundo de lo posible

Es hora de que te lo creas y avances

La verdad que resplandece en el cielo

Es la misma que debe ser plantada en la tierra

La sed de conocimientos, el hambre de Verdad, de Belleza y de Sabiduría

Deben presidir tu vida y lanzarte hacia adelante

Enciende tu hoguera de la voluntad

Porque a través de ella podrás conseguir lo que te propongas

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Interpretación del Padre Nuestro

Presentamos aquí la interpretación que Kabaleb hizo de el Padrenuestro, en su libro “Cómo descubrir al maestro interior”. A través de este texto descubrimos que el Padrenuestro está compuesto de siete oraciones. Y cuando las recitamos a conciencia, la elevación es inmediata.

El Padrenuestro se convierte así en más que una plegaria, en un tema de meditación y una enseñanza que conduce al perfeccionamiento. Si la plegaria consigue movilizar la mente y el corazón, si pone a trabajar el pensamiento y los deseos, será uno de los instrumentos más eficaces en nuestro desarrollo.

Jesucristo dijo:

«Al rogar, no multipliquéis las vanas palabras, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de palabras serán escuchados. No os parezcáis a ellos, ya que vuestro Padre sabe lo que necesitáis, antes incluso de que formuléis la demanda. He aquí pues cómo debéis rogar:

¡Padre nuestro que estás en los cielos!
Santificado sea tu nombre,
Venga a nosotros tu Reino,
Que se haga tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy,
Y perdona nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonemos a los que nos han ofendido.
No nos induzcas en tentación, sino libéranos del maligno,
Ya que a ti pertenece por los siglos de los siglos el Reino, el poder y la gloria. ¡Amén!»

Este es el modelo de plegaria que figura en el Evangelio de San Mateo (Vl, 9 13), pero según fuentes esotéricas, tras la demanda de «pan cotidiano», figuraba una línea en la que se pedía: «Refresca nuestras almas con las aguas vivas», y al final se suprimen las últimas líneas y se añade: «Haznos cada vez más perfectos, como tú mismo eres perfecto.» La demanda de pan y agua corresponde al elemento sólido procedente del Binah y al líquido luminoso procedente de Hochmah.

El padrenuestro quedaría entonces así:

¡Padre nuestro que estás en los cielos!
Santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino.
Que se haga tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy,
y refresca nuestras almas con las aguas vivas.
Y perdona nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonemos a los que nos han ofendido.
No nos induzcas en tentación, sino libéranos del maligno
Y haznos cada día más perfectos como tú eres perfecto.
Amén (Aleph-Mem-Noun)

El Padrenuestro ha quedado instituido como la plegaria de los cristianos y constituye un modelo para todo ruego que pueda ser dirigido al Eterno. Deberíamos rezar el Padrenuestro por lo menos una vez al día, pero, sobre todo, se debe comprender el sentido de esta plegaria y vivirla, ya que si nos limitamos a la simple repetición mecánica, no tendrá efectos, o muy pocos, sobre nosotros.

«¡Padre nuestro que estás en los cielos!», es como las direcciones que se ponen en los sobres. Pero hay algo más en esta primera línea que es preciso retener, y es que se dirige a la instancia más elevada de la espiritualidad, al aspecto divino llamado Padre y no a instancias espirituales intermedias. Sólo el Padre abre los sobres que van dirigidos a él, pero, tal como Cristo indica, si reclamáis su atención hacedlo con pocas palabras y para cosas esenciales. Si vuestras peticiones son secundarias, si se refieren a las anécdotas de vuestra vida, entonces es mejor dirigirse a las potencias intermedias, pero no olvidéis poner su nombre y dirección, tal como Jesús lo hace en el Padrenuestro. Una plegaria bien dirigida reúne ya la condición primordial para ser escuchada.

«Santificado sea tu nombre».Esta proclamación ha de sugerir la determinación de otorgar un trato privilegiado a todo lo que viene del nombre del Padre, o sea a lo que procede de Kether-voluntad. Santificar significa celebrar, exaltar, ponerse de gala, venerar, festejar, distinguir. Podríamos permutar la expresión «tu nombre» por: Santificada sea “mi voluntad” y decir: “que esa voluntad que hay en mí sea exaltada y se exprese con toda su pureza, con todas sus galas y que esa voluntad sea celebrada”, es decir, que sea ejercida día a día, que se reserve un espacio en la jornada para que nuestra voluntad, que es un don del Padre, actúe en nosotros para eliminar lo caduco y renovar nuestra vida.

En la vida social, santificar el nombre de Dios significa dejar espacio libre para que nuestra voluntad humana pueda manifestarse. Vivimos prisioneros de la rutina, doblegados por un trabajo mecanizado para el que la voluntad facilita una energía de consumo para ir tirando y que la producción no se detenga. En tales condiciones, sólo los días de fiesta dejan el terreno libre para que la voluntad se exprese, y ahora vemos cómo esos días de fiesta se van reduciendo, se va sacralizando la producción material y no el nombre del Padre.

Para que ese nombre pueda ser santificado, todos cuantos trabajamos en el advenimiento del Reino debemos defender las fiestas tradicionales y promover nuevos festejos para que le sea posible al hombre ejercer esa voluntad creadora que le viene del Padre. En esa voluntad es donde se encuentra la solución de los problemas sociales, siempre y cuando la organización de la vida favorezca su ejercicio.

«Venga a nosotros tu Reino». ¡Qué riqueza de sugerencias encierra esta expresión! Se trata del Reino de Kether y pedimos aquí que llegue hasta Malkuth, centro que representa nuestra realidad material. El objetivo supremo de toda vida humana no es otro que el de conseguir que el Reino de Kether descienda de la cima en que se encuentra y se instale en nuestro yo material, penetrando en la carne, en la sangre, moviendo los resortes de nuestros músculos y nervios, manifestándose en nuestros gestos. La obra de Cristo puede resumirse precisamente en conseguir ese logro: el que venga a nosotros el Reino del Padre. ¿Qué debemos hacer para que esto se cumpla?
El Reino del Padre ya está en nosotros. Se encuentra situado en un punto misterioso de nuestro cráneo, pero las conexiones entre nuestro corazón y el cerebro no están vivificadas y el Padre se encuentra sin medios para gobernar. Es como un rey que, sentado en su trono, estuviera en un palacio vacío, sin ministros, sin servidores para ejecutar su política. Para que ese monarca pueda reinar, será preciso dotarlo de una red de conductos que le permitan hacerse oír por sus súbditos.
Esos conductos, en lo que se refiere a nuestro organismo, son nuestros pensamientos y nuestros deseos. Si ellos se ponen al servicio de ese rey, sus órdenes llegarán al mundo de abajo. Al decir ¡Venga a nosotros tu Reino! expresamos un deseo y un pensamiento a la vez, es decir, abrimos el camino de penetración a nuestro mítico rey interno.

Pero ese camino es largo y difícil. Si contemplamos el esquema del árbol de la vida, vemos que Kether y Malkuth están unidos por una serie de senderos que van de una a otra de las tres columnas. Existe una vía rápida en la columna central, pero sólo unos pocos privilegiados pueden deslizarse por ella. El grueso del pelotón de la humanidad transita por los senderos serpenteantes que van de un centro de vida de la derecha a uno de la izquierda y es por ellos por los que el reino del padre ha de transcurrir, desde las alturas de Kether hasta las profundidades de Malkuth.

En ese largo viaje del Padre para visitar a sus hijos, los hombres, la primera etapa lo llevará a esa ciudadela espiritual que conocemos con el nombre de Hochmah. Allí Kether Padre tomará un rostro, adquirirá una apariencia que lo haga reconocible: se vestirá con la túnica deslumbrante del amor y la sabiduría y emprenderá el viaje hacia Binah. En esa aduana, los funcionarios le preguntarán si tiene algo que declarar y el Padre dirá: traigo conmigo el amor que todo lo une y la sabiduría que disipa todos los misterios.

El guardián de la frontera de Binah le responderá: Señor, para entrar en nuestro mundo, deberéis someteros a nuestras reglas. Aquí somos muy severos con nuestros súbditos y quizá vuestro amor significara una tolerancia inadmisible para nuestras leyes. Aquí, Señor, se aprende por la experiencia y no hay otra sabiduría que la conseguida por el esfuerzo. Despojaos pues de una parte de vuestro amor y olvidad vuestro saber si deseáis penetrar en nuestro país.

Así Kether, en cada una de sus etapas que lo conducirán sucesivamente a Hesed, Gueburah, Tiphereth, Netzah, Hod, Yesod y Malkuth, encontrará una aduana que irá despojándolo de los adornos de su túnica, hasta convertirlo en un puro harapo. El trabajo humano consiste en permitir el paso de la divinidad por cada uno de los centros motores de nuestro organismo sin ponerle trabas ni filtros. Se trata de suprimir fronteras y discriminaciones y de ser, en lo interior y en lo exterior, perfectos ciudadanos del mundo. ¡Venga a nosotros tu Reino! Es el clamor que ha de permitirnos recibir al soberano sin restricciones, sin exigirle que se presente en nuestra vida de una forma determinada. Si ese deseo se expresa con fuerza, si es auténtico, si obedece a una necesidad imperiosa, un día veremos al soberano irrumpir victorioso por las avenidas de nuestra sangre, músculos y nervios para proclamar en nosotros su reinado para siempre jamás.

«¡Que se haga tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo!» Este punto del Padrenuestro es consecuencia del anterior. Si el Reino del Padre viene a nosotros es para que establezca su voluntad en nuestra tierra humana, para que actúe en nosotros según sus divinas normas, convirtiéndonos en artesanos conscientes de su obra.

La voluntad del Padre, de cualquier padre que no se vea perturbado por oscuros complejos, consiste en que su hijo pueda ir más allá de sí mismo, de que pueda superarlo en conocimientos, sabiduría y bienestar. Y ese padre pondrá todas sus posibilidades morales y materiales al servicio del hijo, hasta el sacrificio si es preciso. Si así lo hace el padre físico, ¿qué no hará por sus hijos el Padre espiritual? La Voluntad de Kether se manifiesta en Hochmah en forma de sabiduría amor, y se manifiesta en Binah en forma de Inteligencia penetrante que permite conocer el misterio de la creación mediante las leyes activas en el cosmos. La voluntad divina no es pues coercitiva, no se manifiesta despóticamente imponiendo un orden arbitrario y ocultando las reglas que permiten comprenderlo, sino al contrario, clarificándolo todo, dando armas a la inteligencia para que pueda penetrar en el conocimiento de todas las cosas.

Por ello, al decir ¡Hágase tu voluntad en mi tierra!, No estamos pidiendo un «caudillo» que nos diga lo que tenemos que hacer, sino que estamos solicitando que, del mismo modo que se hace en el cielo, donde Kether Padre establece amor sabiduría e inteligencia-comprensión, lo establezca también en nosotros, que nos conceda las prerrogativas divinas que concedió a Hochmah y a Binah. Le pedimos, en suma, que con su voluntad, nos convierta en creadores, elevándonos a la categoría de dioses, nos haga participar con la conciencia despierta, en la obra creadora.

«El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy y refresca nuestras almas con las aguas vivas». En este punto de la plegaria se pide lo esencial, ya que como diría Jesús más adelante, si se busca el reino de Dios y su justicia, lo demás viene por añadidura. Se piden las cualidades de Hochmah y de Binah, tal como apuntábamos en el punto anterior. En la época en que vivió Jesús, el pan solía ser elaborado por cada familia y de todos modos, debemos interpretar esta petición, no solamente en el sentido alimenticio, sino en el más amplio de permitirnos la elaboración de ese pan. Las enseñanzas tradicionales dicen que en la elaboración del pan participan los siete Séfiras que van de Binah a Yesod; es decir, los siete centros de vida activos en cada uno de nosotros se movilizan en la tarea panificadora, de modo que teniendo esto en cuenta, lo que estamos pidiendo es que diariamente el Padre mantenga activos en nosotros los sietes centros de la vida que elaboran nuestra existencia, porque en el proceso evolutivo, nosotros pasamos por fases parecidas a las del pan, desde que la pasta se amasa hasta que se cuece; le pedimos que no exista en nosotros ninguna tendencia muerta, que todo se encuentre vivificado y en estado de alerta porque, siendo así, el pan físico no nos faltará, y será el producto natural del trabajo humano.

La referencia a las aguas vivas, que no figura en la plegaria tal y como nos ha llegado, es una demanda del amor sabiduría de Hochmah. Trabajo humano y amor, tales son las peticiones esenciales que debemos dirigir al Padre, no el amor de la sociedad hacia nosotros, sino amor nuestro hacia todo lo creado; amor que, al darlo, nos será devuelto, de acuerdo con la dinámica del mecanismo cósmico.

«Y perdona nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonemos a los que nos han ofendido». Dirigir esta petición a un Dios externo no tendría sentido porque él ya conoce las reglas cósmicas y sabe que las ofensas perdonadas abajo disparan automáticamente los mecanismos del perdón en los mundos de arriba y nuestras ofensas se borran. Cristo introdujo ese punto en la plegaria para que el discípulo medite sobre la cuestión y pueda tomar conciencia de que su propia actitud respecto a los demás, determinará la actitud del Padre respecto a él. Esto no significa que el Padre cambie en la forma de enjuiciarlo, sino que nuestra actitud humana nos hará beneficiarnos de unos mecanismos activos en la obra divina.

Por otra parte, el Padre Kether, como hemos dicho, se encuentra interiorizado en cada uno y si tomamos conciencia de esta realidad, resultará que es de nuestro interior, de lo que en nosotros hay de divino, de donde ha de venirnos el perdón, de acuerdo con la regla que Cristo expresaría más tarde al decir «la caridad bien entendida empieza por uno mismo».

Perdonar las ofensas a los demás es tarea primordial para que el Padre pueda establecer su Reino en nosotros, porque si nuestro Reino humano aparece surcado de odios, rencores y desavenencias, por mucho que despejemos los senderos por otro lado, el soberano no pondrá nunca los pies en nuestra tierra. Cuando pronunciamos esa parte de la oración, debemos pensar en si estamos resentidos contra alguien y, si lo estamos, vayamos a su encuentro y hagámosle saber que nuestra ofensa ha prescrito. Si no es así, no vale la pena seguir rezando, porque no reuniremos las condiciones para que sea efectiva y no dejará de ser un movimiento inocuo de los labios.

«No nos induzcas en tentación, sino libéranos del maligno». La tentación aparece, inevitablemente, al alcanzar cierto nivel evolutivo, porque el maligno es un agente activo en nuestro proceso formador. Él ha sido el tutor en la toma de conciencia de nuestros deseos y llega ineludiblemente un momento en que debemos despedirnos de este viejo profesor, experto en las artes de la izquierda, para vincularnos a la corriente crística que circula por la derecha. La tentación, muchas veces, es la de seguir siendo lo que somos, la de no transformarnos, la de incorporar a medias los nuevos valores, a la manera de un manto que cubre los antiguos. Muchas de las prácticas que hoy llamamos cristianas no son más que unos ropajes transparentes que ocultan apenas la doctrina antigua.

El Padre ha de librarnos de ese mal sutil, otorgándonos la suficiente lucidez para reconocerlo, porque en el momento del tránsito de una doctrina a la otra, cuando vayamos al encuentro del viejo profesor Mefisto para despedirnos de él, el maligno astuto nos dirá: «¿Por qué romper nuestras buenas relaciones? Yo sé mucho acerca de la nueva doctrina y puedo instruirte en ella como lo he hecho en el terreno de la experiencia». Si aceptamos su ayuda, ya estaremos endosando las dos túnicas y los viejos métodos aparecerán con un barniz nuevo. Debemos tener el valor de romper, de quemar las naves, como lo hiciera Cortés al llegar al nuevo mundo. Sólo entonces, cuando ya no sea posible mirar hacia atrás, descubriremos en toda su plenitud los valores del nuevo universo que es ahora el nuestro. Entonces, el Reino del Padre cobrará vida y su realidad irá penetrando en nuestra conciencia.

“Haznos cada día más perfectos, como tú eres Perfecto. Amén” Termina la oración, reclamando una condición sin la cual el padre no podrá penetrar en nosotros, porque la perfección necesita para expresarse un medio adecuado a su naturaleza, y si el hombre no adquiere la cualidad de la perfección, el Padre se quedará en la puerta, esperando a que esa perfección se cumpla.

Kabaleb

Todos los caminos conducen a la cima

(Foto Steve Carter) El peregrino que busca, según su nivel espiritual y sus afinidades interiores, encuentra de pronto una escuela y se dice: he descubierto la verdad.

A partir de entonces, tiene tendencia a considerar los demás grupos y sus maestros como gente equivocada, incluso como farsantes. Es un error en el que no se debe caer...
La montaña de la verdad tiene infinitos caminos. La base de la montaña es ancha y desde un sendero, no pueden verse los demás caminos que suben. A medida que el aspirante asciende por esa peña, se va dando cuenta de cómo otras veredas confluyen en esa senda en la que él se encuentra. Y cuando ha coronado ya una cierta altura, entonces ve con evidencia como los que él consideraba como descarriados, no hacían más que afluir, por un camino distinto, hacia la misma cumbre.

La misión de los maestros reside en recoger todas las aspiraciones que laten en personalidades que no son perfectas. Si a esas personas se les exigiera de buenas a primera una total perfección, se lo repensarían y concluirían probablemente que ya están bien donde están. Para facilitarles el acceso, es preciso que existan muchos grupos, y mientras en uno se permite todo menos fumar, en otro se permite todo menos beber, o menos comer carne.

Es a medida que se va adentrando en la cuesta que el peregrino tropieza con nuevas prohibiciones, que ya no son tal, porque progresivamente su naturaleza va conquistando la inapetencia.

Es preciso pues que los estudiantes de las ciencias herméticas no se muestren dogmáticos al juzgar a sus compañeros de otro grupo; es preciso que no consideren que la falta de una determinada virtud, preconizada por determinado maestro, excluye a los que no la practican del banquete del conocimiento trascendente.

Es preciso que eviten el orgullo que da el conocimiento cuando se adquiere en dosis modestas, porque el orgullo tiene la virtud de parar en el acto al candidato. El orgullo genera el desprecio y la indignación hacia los que no cabalgan a su mismo ritmo, y es el indicio más certero de que han aprendido de la enseñanza las palabras, pero no han asimilado el espíritu.

Kabaleb

Todo lo que das, recibes

Dar lo que esperáis recibir, aún antes de haberlo recibido, tal es la ley que rige en el universo, porque vaciando vuestro interior de aquello que os apetece, más profundos serán los vacíos que han de contener los dones que esperáis.

Si es el amor, la ternura o la solidaridad lo que demandáis, comenzad por ser vosotros mismos fuentes vivas de las que manen estos dones.

De nuestra capacidad de dar depende nuestra facilidad para recibir, ya que del mismo modo que recibimos del manantial cósmico el tipo de energías que estamos utilizando en la edificación de nuestra obra humana, también recibimos de los demás, para la elaboración de esa obra, las proyecciones mentales y emotivas correspondientes a la calidad que estamos utilizando...

Es decir si lo que hacemos es odiarlos, la sociedad nos restituirá ese odio, y lo mismo ocurre con el amor.

En los intercambios humanos, siempre recibimos lo que damos. Cuando a nosotros nos parece que damos amor y recibimos odio, que damos dinero y recibimos miseria, ello se debe simplemente a un desfase entre la recepción de las energías y su utilización. Es decir, si en nuestros vacíos internos se ha acumulado el odio, el rencor, la tristeza, porque hemos pasado una vida difícil, esos sentimientos tienen que salir antes de que la nueva mercancía llamada amor aparezca, cambiando el panorama de nuestra vida.

Es algo parecido a lo que ocurre con las máquinas trituradoras de carne en las carnicerías, cuando un cliente pide un filete picado, el carnicero lo trocea y lo introduce en la máquina, pero lo primero que cae sobre el papel es la carne que ya estaba previamente en la máquina (o sea la que ya había sido picada anteriormente) y sólo cuando ésta se ha agotado aparece el nuevo filete.

Si creemos recibir de los demás algo distinto a lo ofrecido, es que nuestros resortes psíquicos estaban cargados de otros productos y la nueva mercancía que encajamos de los demás empuja esos productos hacia su exteriorización. Cuando esa maquinaria interna quede limpia, aparecerá con toda seguridad el amor.

El perdón nos ayudará, de una forma muy efectiva, a limpiar nuestros mecanismos internos.

Kabaleb

Elevación

Jesús nos ayuda a comprender lo que ocurre en nuestro organismo cuando sentimos el deseo de elevarnos, de acceder a un estado de conciencia superior. Cuando queremos dar este paso, es necesario que cambiemos de ocupantes internos.

Para llevar a cabo cualquier acto, para emitir un sentimiento o un pensamiento, necesitamos energía, y ésta nos la proporcionan unas entidades determinadas. Si se trata de algo muy elevado y en concordancia con nuestro programa profundo, serán los ángeles quienes se ocuparán de nuestro abastecimiento, en el caso contrario -que es el más frecuente- se encargan otras entidades llamadas luciferes...

Cuando queremos elevar nuestras miras, decíamos, nos vemos en la obligación de despedir al Lucifer que nos estaba abasteciendo para emplear a otra entidad. Para nosotros, el asunto queda zanjado. Pero para el Lucifer en cuestión, las cosas son distintas, ya que al facilitarnos las energías cuya administración le es confiada, estaba realizando una función y su posición puede equipararse a la de un obrero que ha encontrado un empleo y, además, una "casa" en la que alojarse. Si lo arrojamos de nosotros, se encuentra en la misma situación que un obrero despedido, lo cual provoca su descontento. Intentará pues juntarse con otros colegas suyos para ejercer presión sobre nosotros, esperando ser readmitido.

Por ello buscará a los "siete peores" como dice el Cristo, o sea que intentará movilizar las energías contrarias de los siete planetas principales de nuestro sistema solar y que asumen los poderes inherentes a los llamados 7 pecados capitales: Saturno (la avaricia), Júpiter (la gula), Marte (la ira), el Sol (la soberbia), Venus (la lujuria), Mercurio (la envidia) y la Luna (la pereza). Así tenemos que la persona que ha intentado elevarse (o dejar de fumar, de beber, de comer carne, hacer un régimen, perdonar una ofensa etc.) puede ser “atacada” por cada una de estas energías, que le ofrecerá sus servicios.

Cuando un ser humano se eleva hacia la vida superior, sufre el ataque de fuerzas que ya estaban poco activas en él, induciéndole a realizar acciones que ya había superado, pero que en un momento dado figuraron en su historial y que traen a su mente recuerdos felices, nostalgia de otros tiempos, de placeres ya dominados.

Todo ascenso acentúa la presión de lo inferior, obligando el individuo a entablar un combate. Sólo podrá ser ganado si es fuerte y va bien armado, dice Jesús, o sea, si posee armas de orden espiritual que sólo se obtienen si determinadas virtudes han sido ejercidas: la humildad, el desprendimiento, la moderación, el pacifismo, la pureza, la caridad y la diligencia.

De ello se deduce que todo impulso evolutivo constituye una etapa de peligro y el arte del discípulo consiste en saber despedir al obrero interno de tal modo que nunca vaya en busca de los "siete peores".

Podemos lograrlo pronunciando una plegaria pidiéndole a Dios que salve a los Luciferes de su mundo tenebroso y los incorpore a la generación de los ángeles de cuya Oleada de Vida un día se escindieron. Ellos por sí mismos son incapaces de moverse, es a través de su trabajo que un día podrán recuperar su dignidad perdida. Y su obra somos nosotros. Si aceptamos servir de intermediarios entre ellos y la divinidad, nosotros seremos ese puente que necesitan para recuperar su rango.

Kabaleb

Relaciones padres-hijos

Recibo a menudo cartas de jóvenes que me empiezan diciendo que algo en su interior está cambiando, que necesitan realizar una labor significativa, pero que desconocen por donde empezar. Algunas de esas personas son adolescentes, casi niños y hay en ellos una fuerza, una determinación, un afán de conocimiento, que permite desatar todos los entusiasmos.

Si, tenemos que hacer algo importante, es urgente que lo hagamos ya, porque el mundo apenas puede soportar ya más peso del que ya aguanta.

Es contraproducente vivir la espiritualidad de una manera pasiva. Es preciso que nos fijemos el objetivo de cambio del mundo, cambiar la sociedad, la forma de vivir, sobre todo los valores falsos sobre los que se sustenta. Pero debemos tener clara conciencia de que nada de esto cambiará si nos limitamos a pronunciar discursos, a escribir alegatos, a predicar y difundir un saber teórico. Es en nosotros mismos que el mundo debe empezar a cambiar, ya que todo seguirá igual si somos incapaces de predicar con el ejemplo.

La tarea es ardua, los valores se encuentra tan alterados, que el error aparece a menudo bajo los ropajes de lo correcto, y lo correcto se disfraza de error. Hay catedráticos, doctores, profesores, eminencias que, agrupados por la aureola que les facilita su saber mundano, proclaman solemnemente la bondad del error, induciendo a caminar al revés a una sociedad desorientada. Esas falsas luces son, desgraciadamente, las que marcan camino.

¿Cuál es la vía acertada? ¿Dónde está el error? Vamos a tratar de poner alguna señal en el camino. Y para empezar, quisiera dirigirme en particular los jóvenes, a esos jóvenes que nos escriben llenos del fuego sagrado. Quiero enfocar estas líneas especialmente ellos, porque se encuentran en una edad en la que aún han establecido pocos compromisos, pactos, consensos con un mundo que marcha peligrosamente fuera de la ley, como un auténtico forajido. Los que se encuentran en la edad madura, ya han contraído muchas responsabilidades que los atan a una situación quizá injusta, pero si se liberaran de ella cometerían una injusticia aún mayor, porque todo el tinglado de su existencia está montado alrededor de su error. Los jóvenes tienen las manos mucho más libres y les resulta más sencillo decir "no" en un momento dado.

La primera tarea de un adolescente, consiste en vivir armoniosamente con sus padres. Los padres se encuentran otro nivel generacional y simbolizan, para los hijos, el nivel superior espiritual. Que nadie entienda aquí que los padres son entidades más espirituales que sus hijos -a menudo es lo contrario-, pero representan para los hijos su estado de relación con la espiritualidad, de manera que la discordia entre padres e hijos significará que esa desavenencia existe igualmente entre el hijo y el padre divino o fuente primordial de la vida.

Así pues, los hijos que dicen "es imposible entenderme con mis padres", están escenificando un malentendido con la divinidad e indicando (de forma simbólica) que para conectar con las fuerzas espirituales requerirán de circunstancias dramáticas o difíciles. Pero si existe una buena relación, será indicio de que la conexión con la espiritualidad vendrá una manera natural y armoniosa.

Muchas personas llegan a la espiritualidad por caminos dramáticos, después de ser objeto de agresiones, evasiones, privaciones libertad, accidentes, amenazas, enfermedades y mil avatares. Esos itinerarios pueden estar marcados en sus mapas del cielo (carta astral) por la posición de un sol ensombrecido, pero muchos de sus dramas podrían ser evitados, si inicialmente decidieran realizar un esfuerzo para comprender y amar al padre físico, como representante de una espiritualidad inscrita en su vida.

A veces es difícil amar a los padres, porque su imagen está asociada a todo tipo de errores, pasiones, violencias. Pero el hijo que es víctima de una situación difícil debe saber que casi nunca se debe a una casualidad, sino (probablemente) al hecho de que en anteriores encarnaciones ha podido utilizar sus poderes espirituales de una manera arbitraria y el modo de ser de su padre le anuncia que le espera una vida en la que será víctima de la arbitrariedad. Si a través de sus padres, él busca la manera de superar lo arbitrario, de neutralizar esa fuerza hostil y crear la armonía donde existe el conflicto; si a pesar del modo de ser de sus padres él consigue establecer la concordia, ello supondrá haber conjurado los peligros de una vida difícil. De manera que las buenas relaciones entre padres hijos son la mejor garantía de estabilidad y felicidad en su existencia.

También es importante subrayar que cuando alguien trata de evadirse de la relación con los padres, puede encontrarse que el símbolo que ellos representan, pase al marido o la esposa, cuando se case; y en la vida profesional, se puede encarnar igualmente del patrón, y en la vida civil y política en la autoridad administrativa, ya que en el fondo corresponde a una realidad que la persona debe vivir.

Resulta pues muy poco casual que en las leyes que Jehová entregó Moisés, después de los preceptos relativos a la relaciones del hombre con Dios, viniera inmediatamente el precepto de honrar padre y madre. El mismo precepto se encuentra en la escuela iniciática de Pitágoras, ocupando el mismo rango dice: "sé buen hijo, justo hermano, tierno esposo y buen padre. Como amigo elige a quien lo sea también de la virtud".

Entenderse con los padres es la primera dificultad a vencer en la vida de un individuo y del buen o mal resultado de esa prueba inicial dependerá gran parte del futuro de la persona. Mejorar relaciones con los padres debería ser, para todos, una consigna a seguir.

Kabaleb

Los Ojos

"El ojo es la lámpara del cuerpo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo se verá iluminado mientras que si tu ojo se encuentra en mal estado, todo tu cuerpo estará en las tinieblas.
Y si la luz que hay en ti son tinieblas, ¡cómo serán de espesas las tinieblas mismas!” dijo el Cristo, en su Sermón de la Montaña.

El ojo izquierdo está regido por la Luna y el derecho por el Sol. Los ojos constituyen nuestra luz, son el foco a través del cual vemos el mundo exterior, pero de ellos se desprende también una luz interna que ilumina los trabajos que realizan en nuestro cuerpo las partículas que constituyen la realidad física del organismo.

La ciencia se ha percatado ya de que el hombre es luz. El átomo está formado por partículas luminosas que se mueven en el éter, y esas partículas reciben su luz del ojo. Si el ojo no está sano, la luz que de él se derrama mengua y en nuestro interior los trabajos se realizan en una relativa penumbra. A la oscuridad interna corresponde una oscuridad exterior puesto que las realidades exteriores son meras proyecciones de las interiores. Y resulta que si la luz va a la luz, las tinieblas irán a las tinieblas, de modo que si la lámpara de nuestro cuerpo se encuentra en mal estado, sólo veremos lo que hay de oscuro y tenebroso en el mundo que nos rodea.

En nuestro actual estado evolutivo, todos llevamos nuestra parte de tinieblas y también de luz. Si aquellos que nos contemplan ven nuestra luz en lugar de tinieblas, la luz que hay en nosotros subirá de grado y todo en el universo se iluminará un poco más, empezando por aquel que nos ha contemplado con amor, ya que la luz viene del Amor, de modo que luz y amor son una misma cosa.

En cambio, si vemos en los demás su parte tenebrosa, al tiempo que los llenamos de sombras, nos oscurecemos también a nosotros mismos y en todo el universo mengua la luz, ello significará que nuestra lámpara interna está en mal estado y que urge repararla y limpiarla.

Los mecanismos de nuestro cuerpo son accionados por entidades espirituales que residen en los mundos superiores pero para trabajar en nuestro organismo, esos seres sublimes necesitan luz. Si nos cuesta asegurarles una buena iluminación, ellos pueden faltar al trabajo y su puesto es ocupado por los especialistas de las sombras, o sea los Luciferes. Su presencia dentro de nosotros asegurará la permanencia de las tinieblas y nos será cada vez más difícil identificar, en el mundo exterior, las virtudes que corresponden a la luz.

Por otro lado, en las tinieblas trabaja la fuerza de Repulsión que todo lo tritura y si nuestro cuerpo está en las tinieblas, nos será imposible conservar la salud y tal vez culpemos de ello a las circunstancias exteriores cuando el verdadero responsable será ese ojo que se encuentra en mal estado sin dejar pasar la luz.