La naturaleza es un libro sagrado que contiene la ley de la vida

Fíjate en ella y sabrás cómo debes orientar tu vida

Te han llamado para conquistar el mundo de lo posible

Es hora de que te lo creas y avances

La verdad que resplandece en el cielo

Es la misma que debe ser plantada en la tierra

La sed de conocimientos, el hambre de Verdad, de Belleza y de Sabiduría

Deben presidir tu vida y lanzarte hacia adelante

Enciende tu hoguera de la voluntad

Porque a través de ella podrás conseguir lo que te propongas

Apocalipsis, el camino del conocimiento (3, 1ª parte)

1.- "Escribe al ángel de la Iglesia de Sardos: He aquí lo que dice el que tiene los 7 espíritus de Dios y las 7 estrellas: Conozco tus obras. Sé que pasas por ser vivo y que estás muerto. Sé vigilante y da firmeza a lo que te queda que está a punto de morir. No he hallado tus obras perfectas ante mi Elohim. Recuerda pues lo que has recibido y oído, guárdalo y arrepiéntete. Si no velas, vendré como un ladrón y no sabrás a que hora vendré sobre ti. No obstante, tienes en Sardos algunos hombres que no han manchado sus vestiduras; ellos andarán conmigo en sus vestidos blancos, porque son dignos de ello.
El que venciere, será revestido así del vestido blanco; no borraré su nombre del libro de la vida y daré testimonio de su nombre ante mi Padre y ante sus mensajeros. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias" (Apoc. III, 1-6)...


2.- La Iglesia de Sardos que todos llevamos dentro es la constituida por Netzah-Venus (el séfira que simboliza la armonía, la belleza, los sentidos), ese Lucero del Alba que debería iluminar nuestras mañanas pero su luz suele pillarnos dormidos, y si estamos despiertos en la alborada, es por las necesidades de la jornada laboral y no por atender su mensaje.

Hemos dicho muchas veces a lo largo de esta Enseñanza, que en las dos primeras horas de luz solar

Apocalipsis, el camino del conocimiento (2, 2ª parte)

12.- Tendremos así que cuando Hesed-Júpiter edifica en nosotros la Iglesia llamada Esmirna, está construyendo algo que caerá inevitablemente en manos de un usurpador o de un virrey que la dirigirá desde fuera o con criterios de uno que está fuera.

Ya sabemos que Júpiter representa el Poder en su vertiente ejecutiva, de modo que de Esmirna nos vienen las decisiones que afectan la totalidad de nuestra existencia, porque de lo que se decida allí dependerá la inclinación que demos a nuestra vida. Pero ese poder está sometido a una Ley dictada por Binah, de modo que el único poder es el de interpretar una ley con más o menos generosidad...

Si Júpiter pudiera hacer realmente esto, ya sería mucho. Pero resulta que en el momento de ejecutar, aparece el experto, el representante de la sinagoga de Satán, que le dice al legítimo ejecutor: déjame a mí, que yo sé de que va, y es él quien ejecuta.

En el período involutivo, Hesed-Júpiter ha sido un reino usurpado, violado, desnaturalizado, en el que su verdadero príncipe ha vivido en el exilio, la tribulación y la pobreza, siendo potencialmente un hombre rico. Pablo se lamentaría

Apocalipsis, el camino del conocimiento (2, 1ª parte)


1.- "Escribe al ángel de la Iglesia de Efeso: He aquí lo que dice el que tiene las 7 estrellas en su mano derecha, el que anda en medio de los 7 candelabros de oro: Conozco tus obras, tu trabajo y tu paciencia. Sé que no puedes soportar a los malvados, que has puesto a prueba los que se dicen enviados y que no lo son en realidad, y tú los has encontrado mentirosos. Sé que has perseverado y que has sufrido a causa de mi nombre y que no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has abandonado lo que fue tu primera caridad. Recuerda el punto en el que te caíste, arrepiéntete y vuelve a la práctica de tus primeras obras, porque si no, iré a ti y quitaré la lámpara del lugar en que se encuentra, a menos que te arrepientas. No obstante, hay en ti de bueno que odias las obras de los nicolaítas, obras que yo aborrezco también. El que tenga oídos para oír oiga, lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Al vencedor, le daré de comer del Árbol de la vida que se encuentra en el paraíso de Dios". (Apocalipsis, II, 1-7)...

La Iglesia objeto de esta primera epístola, es la formada por Saturno-Binah (Binah es el tercer centro del Árbol de la Vida y se ocupa de la organización y de crear un marco para desarrollar nuestro proyecto). Hemos visto en el primer capítulo que esas 7 Iglesias de Asiah, a las que Juan debe enviar su visión, eran los 7 estados de conciencia formados en los seres humanos por los 7 planetas o Espíritus ante el Trono. En efecto, en el estadio evolutivo

Apocalipsis, el camino del conocimiento (1, 2ª parte)


12.- Al referirnos a las letras hebraicas, hicimos notar algo sobre lo cual se han manifestado repetidamente los cabalistas, y es la doble naturaleza del Aleph. Por un lado, es la fuerza universal que da vida a todo, es el chorro de la Voluntad de Kether, gracias a la cual el mundo existe cuando se interioriza en el Beith. Pero el Aleph puede significar la muerte cuando aparece de pronto en mitad de un organismo incapaz de soportar la explosión de vida que lleva consigo. Por ello se dice que el Aleph es Vida-Muerte-Vida. En el nombre divino de Sabaot, vemos que el Aleph aparece encerrado en mitad de las fuerzas que lo constituyen y, tal como lo vemos en los sucesivos capítulos del Apocalipsis, la llegada de Sabaot y el establecimiento de sus poderes supondría la Vida Eterna para unos y la Muerte para otros...

Juan Termina así su Introducción, con el anuncio de la llegada del Elohim-Sabaot, traducido convencionalmente como el Todopoderoso, en representación del primero y del último y de todos los Dioses-Estados intermedios que expresan los distintos Rostros de una sola divinidad.

13.- "Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el Reino y en la paciencia de Jesús, hallándome en la isla de Patmos, por la palabra de Dios

La Maleta 10 (la oficina)

(Capítulo V, 2ª parte). José montó en la bicicleta y se alejó del albergue a toda velocidad.

No había anochecido completamente cuando alcanzó la muralla exterior. Sin embargo, el tiempo empleado para ir en bicicleta del albergue a la muralla, resultaba muy inferior al que necesitó el jeep en su viaje de ida. Pudiera ser que antes de cruzar la puerta el jeep hubiese dado un largo rodeo... Era preciso verificarlo y José escaló la muralla a fin de reconocer con sus propios ojos el lugar...

Desde lo alto del muro, las dudas del noble desposeído cesaron. En la explanada que se abría podían percibirse los alambres que desembocaban en la falsa puerta de peatones, e incluso seguir la trayectoria de esos alambres, que después de extenderse en línea recta, paralelos al camino, se cerraban en triángulo sobre el muro lateral en que se encontraba José. Seguían después toda una serie de pequeños triángulos de alambre, que encontraban su línea de base en la muralla. Todo parecía concebido para desmoralizar al buscador.

Iba a descender de su observatorio, cuando apercibió entre los alambres a cuatro hombres que se acercaban hacia él. Imposibilitados de avanzar en terreno libre, los cuatro hombres cruzaban los alambres que formaban los triángulos con una energía a prueba de fe.

José se sintió inmediatamente solidarizado con ellos y los hubiera llamado, de no haber sido descubierto por el que iba en cabeza de la expedición. Era el mas joven de los cuatro y pareció turbado al verle.

- ¿Qué es lo que buscáis? – les preguntó José, tratando de dar a sus palabras una entonación amable.
- Quisiéramos entrar al servicio del Sr. Barón - explicó el joven.- Pero tenemos la impresión de que nos hemos perdido.
- Nos han dicho que aquí dan trabajo a todos - añadió otro de los hombres, buscando confirmación.
- Sin duda habéis entrado por la puerta de peatones - inquirió el noble.
- Si.
- Claro. Es una puerta falsa.
Los cuatro hombres quedaron inmóviles y sin comprender.
- ¿No habéis sido llamados al servicio del Sr. Barón, verdad? - continuó José aún sabiendo la respuesta.
- No - respondió el más joven con cierta turbación.
- Aquí dan trabajo a todos - aventuró con el aplomo que le daba el hecho de encontrarse del otro lado de la muralla - pero a condición de haber sido llamados por los servicios del Sr. Barón.
Hubo un momento de silencio. Los cuatro hombres parecían reflexionar.
- No es eso lo que nos han dicho - objetó finalmente el mas joven.
- ¿Quién os ha dicho y donde?
- En la posada del pueblo. Uno de los servidores del Sr. Barón nos ha asegurado que aquí encontraríamos fácilmente trabajo y que lo daban a todo aquel que lo solicitara.
- ¡Otra vez los malditos reglamentos! - murmuró José para sí - y añadió en voz alta: - Pero no les han dicho que sin ayuda no lograrían jamás hallar al jefe de personal, a quien debían solicitar un empleo.
Los cuatro hombres lo escucharon desconcertados y José, en tono dogmático añadió:
- La puerta por la que habéis pasado es una puerta falsa, que no conduce a ningún sitio. Si perseveráis en este camino, la falta de resultados prácticos acabara desalentándoos y renunciareis a entrar en el servicio del Sr. Barón.

Los hombres se miraron como consultándose sobre la actitud a adoptar.
- ¿Qué debemos hacer? - acabó preguntando el joven, que ejercía las funciones de portavoz del grupo.
- Un solo camino os es abierto: tomar la Residencia por asalto - afirmó José, recordando el consejo que le diera Tuliferio-camarero con respecto al Hotel de Extranjeros.- Si lográis penetrar por medios propios en el interior, os encontraréis ya en el mundo de los servidores y habréis adquirido implícitamente derechos de permanencia.

- Yo puedo ayudaros a atravesar la muralla - añadió.- ¿Alguien de vosotros tiene una cuerda?
Uno de ellos tenía una cuerda y José los ayudó a subir a lo alto del muro. A medida que iban subiendo, José se sentía crecer en importancia. El servicio que prestaba lo henchía de orgullo y no se explicaba como pudo, momentos antes, huir del monstruo de manera tan ridícula.
Cuando los cuatro hombres estuvieron del otro lado de la muralla, estrecharon, agradecidos, la mano de su protector.
- Tu nos has ayudado en algo muy importante para nosotros - le dijeron - y nos tendrás siempre a tu servicio, estemos donde estemos.

El hecho de haber encontrado cuatro servidores de improviso, desencadenó el optimismo de José. ¡Cuatro servidores! Este era el camino que conducía a la recuperación de sus atributos de nobleza. Los servidores son elementos fundamentales para todo noble.
- ¿Qué debemos hacer ahora? Guíanos - le pidieron sus protegidos.
- Tendréis que esperar aquí a que amanezca. Os falta traspasar el muro interior, que ni siquiera yo mismo he pasado. Acostaos sobre el césped por esta noche y mañana hablaré de vosotros al señor jefe de personal para que os dé el empleo al que ya tenéis derecho.
Los cuatro servidores le hicieron una reverencia, conmovidos por las palabras de aliento de su protector.
- Te esperaremos aquí sin movernos y no obedeceremos a nadie más que a ti - dijeron los cuatro a coro.
- Perfectamente. Mi nombre es José. Si un emisario viene de mi parte, no le obedezcáis, amenos que pronuncie esas palabras de consigna: "José os llama".
Dicho lo cual, el noble preparó la bicicleta para partir.
- Tengo que irme - dijo.- Alguien me espera en el albergue - y saludando con el brazo a sus cuatro servidores, se alejó pedaleando por la explanada desierta.

Era ya de noche, pero la luz de la luna llena le permitía a José seguir el surco que dejaran las ruedas de su bicicleta en su viaje de ida, orientándose así de manera segura hacia el albergue. Cuando lo apercibió en la lejanía, con sus ventanas iluminadas, se apeó de su bicicleta y prosiguió el camino a pié.
El encuentro decisivo con el monstruo iba a tener lugar y José trato de prepararse interiormente, de comprender la esencia de aquella horrible criatura que le diera cita en el umbral de la Residencia del Sr. Barón.

La imagen del monstruo cobró vida en su espíritu y de esa visión mental, José retuvo detalles que se le habían escapado en los contactos reales. En primer lugar, el monstruo tenía exactamente su estatura. Su cuerpo y el de José parecían salidos del mismo molde, exceptuando los brazos y el busto. Luego existía la rara coincidencia de que ambos llevaran idéntico nombre.

Pero lo mas desconcertante no eran esas similitudes de tipo físico, sino la impresión sentida por José de que, a pesar del horror que le inspiraba, el monstruo tenía para él algo de familiar, inexpresable, ungido a las más profundas capas de su ser. Ya antes había experimentado semejante sensación con los Tuliferios, pero a éstos los veía como entidades externas a él, como amigos de otros tiempos; mientras que al monstruo, lo sentía oriundo de su propio interior, confundido, identificado a su propia personalidad o, más exactamente, como si él fuera su creador, el motor interno que impulsara el monstruo a burlarse de sus víctimas y a perseguirles, el generador de su pus.

Era como si todo lo que José aborreciese y odiase se encontrara encarnado en el monstruo; como si todas las lacras que a lo largo de su vida preservara cuidadosamente en su interior, procurando que no fueran apercibidas por las gentes que lo rodeaban, se encontraran puestas en relieve en la horrible figura del guardián del albergue.

Sí. Sin duda aquel era su monstruo. El que había ido edificando pacientemente en sus horas de inconsciencia y que, sin quererlo reconocer, formaba parte de su alma. El monstruo que no puede permanecer eternamente ignorado en el inconsciente y que un día u otro surge, irrumpiendo en vuestro mundo real, obligándoos a enfrentaros con él para que de esta lucha surja la conciencia de los actos que engendraron a la criatura deforme.

José se hallaba presto para la prueba. Iría a él y lo estrecharía entre sus brazos, se frotaría contra su piel, para que la suciedad y las lacras se adhirieran a su cuerpo.

El lo había engendrado y él destruiría su monstruosidad. Se adentró en las ruinas del albergue, pisando fuerte, a fin de que el guardián se apercibiese de su presencia. Nadie acudió a recibirle. Sólo las cucarachas y las lagartijas que habitaban en la hiedra parecieron sensibles a la presencia de José.

Las luces encendidas lo guiaron a través del caserón, desembocando finalmente en una habitación mejor guarnecida que las demás, en la que figuraban dos camastros. En uno de ellos se hallaba el monstruo completamente dormido.

José se quitó los zapatos para no despertarlo con el ruido de los tacones y desvistiéndose rápidamente, se metió en la cama. No esperaba salir tan bien librado del trance y sin mas incidentes pudo conciliar un sueño que momentos antes le pareciera difícilmente realizable.

Sin embargo, apenas liberado del monstruo en el mundo físico, éste hizo su aparición en el reino de los sueños, donde las posibilidades de angustiarse son mucho mayores.

José soñó episodios de su vida que ya tenía olvidados y en cada una de esas secuencias surgía, inexplicablemente, el monstruo, como si fuera absorbiendo vida en cada una de las anécdotas. El noble durmiente se agitaba, como para desprenderse de semejantes pesadillas que lo aterrorizaban, desposeído de su facultad de raciocinio, que pudiera haberle servido para comprender la situación y aceptarla.

La noche transcurrió rica en acontecimientos angustiosos en el mundo interior de José y al despertar con las luces del día, el hombre constató que el monstruo había desaparecido de la habitación.

Se levantó lleno de sudor frío y se sumergió desnudo en una cascada de agua que manaba de una rocas, sobre las que se sostenía el albergue. El contacto con el agua fría cambió su humor y regresó al albergue en espera del chofer del jeep, que debía conducirle en presencia del jefe de personal.

Desde la ventana más alta, José oteó el horizonte. Más allá de la muralla interior, resplandecían al sol las azoteas de lo que debía ser la Residencia del Sr. Barón. Esta visión anticipada del lugar que iba a constituir su campo de evolución, produjo en todo su cuerpo un estremecimiento emocionado. De aquel punto de mira, no le era posible percibir la estructura del edificio, pero José lo imaginó de una belleza deslumbrante, semejante a las ilustraciones de unos cuentos orientales que recordaba de su niñez.

Al poco rato, la nube de polvo con que solía envolverse el jeep le oculto toda visión. José descendió rápidamente para acoger a su introductor.

- En las oficinas le esperan - le dijo el chofer a guisa de saludo, sin detener el motor.- Suba.
José obedeció y un instante después el jeep atravesaba la puerta de la muralla interior de la Residencia del Sr. Barón.
Lo distinto de aquel mundo en que acababa de penetrar saltaba a la vista. Mientras en el exterior la tierra era rústica, casi yerma, de murallas para adentro todo resultaba fecundo y acogedor. La hierba crecía salvaje en ambos lados de la carretera asfaltada por la que transcurría el jeep. Aunque a José le chocó el hecho de que toda aquella extensión no fuera cultivada.
- ¿Es que aquí nadie se dedica a la agricultura? - preguntó a su introductor.
- ¡Qué quiere Vd.! - respondió el chofer - falta de brazos. A pesar de ser numerosos los servidores del Sr. Barón, no son suficientes para realizar todo el trabajo que sería necesario para la buena marcha de la empresa.
- Es una pena - comentó José.- Esta tierra parece ser fecunda y si se cultivara, representaría una gran economía para la Residencia. ¿Cree Vd. que en el pueblo no se encontrarían obreros?
- Mas de los necesarios sin duda - asintió el chofer - pero pocos que aceptaran el régimen de comunidad a que vienen sometidos los servidores del Sr. Barón. Ya sabe Vd. que para trabajar aquí es indispensable recibir una llamada de las oficinas y para que esa llamada se produzca es indispensable también que exista el deseo previo de laborar aquí por parte del futuro obrero.

- Un círculo vicioso - filosofó José.
- Si. Tal vez el reglamento peca de complejo. Pero aún así, de puertas para dentro las cosas no van a veces como sería de desear... ¡Imagine lo que ocurriría si dieran facilidades...!
- De esta forma el desarrollo es más lento, pero sin lugar a dudas más seguro - afirmó el noble.- Desde abajo, vemos siempre las cosas con impaciencia y exigimos resultados rápidos; pero contemplado desde arriba, el tiempo debe tener un valor completamente distinto.

- Así debe ser - asintió el chofer.- esta muralla interior es provisional y la muralla exterior también lo es. Día vendrá en que esa campiña exuberante será cultivada; el campo yermo se convertirá en fecundo y el dominio del Sr. Barón se expansionará por el pueblo. Las murallas caerán y ya no habrá diferencia entre ellos y nosotros, absorbidos todos en el seno de esta gran empresa.

José compartía emocionalmente el lirismo del conductor. Siempre se había sentido atraído por un ideal de unidad cósmica, que englobara a todo el universo en un solo sistema económico, un único sistema de convivencia que emanara de una sola filosofía. La Sociedad Anónima, a cuyo Presidente General iba a servir, aún sin conocerla en sus detalles, le parecía reunir las condiciones para la realización de ese ideal.

Un frenazo brusco cortó en seco esas divagaciones. El coche se había detenido en una explanada, frente a un viejo edificio que, visto del exterior tenía la apariencia de un hospital o un cuartel.

- Hemos llegado - anunció el chofer.
El rostro de José registró cierta decepción. Las imágenes que se imprimían en su retina no se ajustaban a los clisés que él mismo impresionara en su imaginación. A ambos lados del edificio cuartel u hospital se extendían unos hangares, incalculablemente largos, que podían muy bien haber sido depósitos de mercancía o abrevaderos de vacas.
Las edificaciones eran viejas y rudimentarias y en su construcción había pasado, sin lugar a dudas, por problemas de orden financiero.

- ¿Es ésta la Residencia del Sr. Barón? - preguntó José navegando en un mar de confusiones.
- Cierto que no - replicó el chofer, riendo la incongruencia.- Estas son las oficinas.
- ¿Las oficinas de la Residencia? - quiso precisar José.
- Las oficinas de las dependencias del ala Este, que es donde Vd. ha sido afectado. La Residencia del Sr. Barón se encuentra en aquella dirección - añadió el chofer señalando hacia el Oeste.

José recordó que efectivamente Tuliferio le había hablado de las dependencias que equivocadamente imaginó anexas a la Residencia del Sr. Barón. Después de todo, ¿qué importaba la apariencia exterior? Era el trabajo que se desarrollaba dentro lo que debía importarle y, por encima de todo, su trabajo.

Ambos habían descendido del coche y el chofer condujo a José a un despacho del primer piso del edificio principal.

En el interior del edificio el ambiente cambiaba. Todo lo que tenía de sórdido visto de fuera, se transmutaba en acogedor y hogareño de puertas para dentro. No era el hogar ideal para descansar de una vida de fatigas, pero sí el lugar acogedor para hacer acopio de nuevas energías en vistas a la lucha.
Tras unos minutos en el saloncito de espera, la puerta se abrió y un hombre vestido con chaleco y en mangas de camisa, se dirigió a José familiarmente.

- Pase Vd., José, - le dijo.- Le esperábamos desde ayer.
- ¿Es Vd. el Sr. jefe de personal? - preguntó el noble, una vez en su despacho.
- No. Yo no soy más que un subsecretario. El señor jefe de personal tenía cita con Vd. ayer a las siete, amigo José - dijo en tono de amable reproche.
- Mucho antes de las siete estaba ya buscando la puerta de entrada, pero hasta por la tarde no me fue posible franquearla – se disculpó.
El subsecretario se encogió de hombros, levantando las manos al cielo como para indicar que no era culpa suya que así ocurriera.

- Por otra parte - añadió José - el guardián de la falsa puerta me dijo que le reloj del despacho del Sr. jefe de personal estaba parado a las siete y que es por este motivo que me dieron cita a una tal hora.
- ¿Esto le ha dicho? - inquirió el subsecretario, y balanceando todo su cuerpo soltó una inmensa carcajada.- Cierto que le reloj se paró a esa hora, pero se le citó a Vd. a las siete de su reloj y no del péndulo del despacho del jefe.
El hombre dejó de reír y en tono confidencial añadió:
- Puede que visto del exterior se tenga la impresión de que las cosas lo mismo pueden ocurrir en un momento que en otro; pero no es así. Nos regimos por un horario muy preciso y aunque nos servimos poco de los relojes, el tiempo es para nosotros un factor primordial. Ya se irá Vd. dando cuenta de ello.
- El señor jefe de personal - prosiguió - sólo podía recibirle ayer a las siete. A efectos de su trabajo aquí, da lo mismo que lo reciba o no porque yo puedo darle todas las indicaciones que necesite. Pero a Vd. le hubiera interesado sin duda hablar con él de sus asuntos personales. Me refiero concretamente al objeto de su propiedad que lo ha traído hasta aquí.

Era evidente que el subsecretario se refería a la maleta y José se alegró de poder hablar de ello de manera franca.
- No quiero ocultarle que una de mis esperanzas al venir aquí, es la de poder entrevistarme, en momento oportuno, con el Sr. Barón respecto a la recuperación de mis papeles de nobleza.
- En esto no puedo serle de ninguna utilidad, ya que es el jefe de personal quien regula las relaciones de los servidores con el Sr. Barón.
- ¿Y cuando podré ser recibido por el Sr. jefe de personal?
- Tampoco sabría decírselo. Ya le he dicho que el tiempo es para nosotros un factor esencial. Cuando el tiempo sea propicio a este encuentro, será Vd. citado.
- El argumento era nuevo para José, quien quiso llegar al fondo del problema.
- Bueno - replicó, - según Vd., ¿cuando será el tiempo propicio?
- Lo ignoro - contestó el subsecretario.- Y el jefe de personal lo ignorará también. Es la Agencia que dirige el Sr. Barón la que se encarga de avisarnos cuando el tiempo es propicio para la realización de cualquier cosa.
- Entonces, el Sr. Barón lo sabe - aventuró José, ya en un terreno que escapaba a su comprensión.
- Lo sabe... - dijo el oficinista - como sabemos que África existe, sin que ese conocimiento nos inquiete lo más mínimo. Son los empleados de la Agencia quienes nos pasan las órdenes.

Por el momento, José renunció a profundizar. Se hallaba en el camino y debía preocuparse en afianzar su situación en el punto alcanzado. La ocasión de avanzar ya le sería dada en el futuro. Así pues, el noble desvió voluntariamente la conversación.
- Antes que otra cosa - dijo, - debo poner en su conocimiento que ayer ayudé a cuatro hombres a franquear la muralla exterior de la Residencia. Habían penetrado por la falsa puerta y buscaban desesperadamente la entrada verdadera. Yo tomé la responsabilidad de ayudarles y querría saber si es posible emplearles en cualquier menester.
- En efecto, nuestros aparatos de seguridad registraron ayer la presencia de cuatro intrusos - informó el subsecretario.- Supuse que había sido Vd. el responsable de su entrada clandestina ya que es raro que alguien tome por asalto la muralla si carece de ayuda. Pero Vd. ignora seguramente la responsabilidad en que ha incurrido al cometer una tal acción.
- Si he obrado mal, soportaré las consecuencias - respondió José con entereza.
- Sólo el futuro podrá decirnos si ha hecho bien o mal, ya que de acuerdo con nuestros reglamentos, en lo que respecta a su trabajo en la Residencia, Vd. se ha encadenado a la vida de esos cuatro individuos. Ellos formarán con Vd. un equipo de labor, del cual será Vd. el jefe. La responsabilidad de sus errores recaerá pues en gran parte sobre Vd. y también participará en sus triunfos si los hay.
El subsecretario se acercó a José y poniendo amistosamente la mano sobre su hombro, añadió:
- Su labor en la Residencia empieza teniendo que soportar la carga de cuatro hombres. Ello delata en Vd., sea consciente o no de hecho, una fibra de líder. No le faltarán ocasiones de escalar puestos más altos, pero el peligro de hundirse se multiplica por cuatro. Sólo puedo decirle que le deseo suerte y valor.

Así fue como el noble José, gracias a un acto dictado por su corazón, se vio convertido en jefe de grupo. El subsecretario de la oficina de personal le señaló la habitación en las dependencias de servidores y más tarde sus cuatro subordinados se presentaron ante él, acompañados del subsecretario.
- He aquí sus hombres, José - le dijo.- Deberán compartir su habitación a fin de que no escapen a su control ni de día ni de noche. Su autoridad sobre ellos es total y no debe vacilar en castigarles si su comportamiento lo merece.
Luego, dirigiéndose a los cuatro, añadió:
- He avisado al economato que os den colchones y mantas. Id a por ellas, rápido.
Los cuatro salieron como una exhalación. El subsecretario, antes de desaparecer, habló de nuevo a José.
- Mañana a primera hora pasa por mi despacho. Visitaremos las naves de trabajo y le indicaré en que consistirá su labor.
- Muy bien. Estaré en su despacho.

Los dos hombres se estrecharon la mano y José quedó solo en una habitación que medía apenas cinco metros cuadrados y en la que debían dormir cinco hombres.
Sus cuatro ayudantes no tardaron en aparecer cargados con los colchones y las mantas. Una vez extendidos por el suelo, en la habitación no quedó ni un centímetro de espacio vacío.
Pero a todos les animaba un espíritu de superación que se negaba a reconocer las dificultades. Por otra parte, los cuatro ayudantes, cansados después de la noche pasada a la intemperie, apenas preparadas las camas, no resistieron largo tiempo al sueño.
Sólo José, acostado en el lecho, permanecía despierto, meditando en retrospectiva la lección que cabía extraer de los acontecimientos de la jornada.
Kabaleb

La maleta 9 (el monstruo)

(Capítulo V (1ª parte). José anduvo toda la noche sin experimentar el menor cansancio. Mientras andaba, recorría mentalmente las distintas etapas de su vida y se hacía el propósito de ser más útil a sus semejantes en el porvenir.

En las primeras horas de la noche, le fue difícil encontrar la pista de la Residencia del Sr. Barón, pero al comenzar el nuevo día, un camión, con el sello de la Residencia le dio el primer indicio serio sobre la dirección que debía tomar. El resto lo hizo su percepción interior, guiándose por la imagen que se hacía de la mansión, tal como se presentan las cosas en el mundo de los sueños...

Al amanecer, José se encontraba ya muy próximo a su destino, dándole la medida de su proximidad el desfile constante de camiones que, procedentes del mercado central, efectuaban el servicio de abastecimiento de la Residencia y sub dependencias anexas.

Por fin alcanzó la muralla exterior de la Residencia, una de cuyas paredes se extendía paralela al camino que seguía. Después de recorrer unos centenares de metros de esta inacabable muralla, José se encontró ante la puerta, por la que iban entrando los camiones.
José entró, pero un hombre fornido, equipado con un mono azul y una camisa caqui, le cortó el paso.

- ¿Qué desea? – le preguntó en tono severo.
- ¿Es ésta la Residencia del Sr. Barón? - inquirió José.
- Es ésta. Pero esta puerta sólo es accesible a los coches – le informó.- La puerta para los peatones se encuentra un poco más allá, en línea recta.

José saludó y prosiguió el camino que le indicara el empleado. Sin embargo, una cosa le extrañó. En el interior de la muralla, ninguna edificación era visible desde la puerta de coches. Sólo una explanada inmensa, desprovista de árboles y vegetación. Sin duda alguna, aquella muralla constituía un simple límite de propiedad y la Residencia debía encontrarse aún muy lejos de allí.

José anduvo más de un kilómetro sin que la puerta de peatones apareciera por ningún lado. La muralla lisa y sin fisuras proseguía mucho más allá del alcance de su vista. Siguió andando; un poblado había sucedido al anterior y sin embargo la muralla seguía inacabable.

Finalmente alcanzó uno de sus ángulos, sin que la puerta de peatones apareciera por parte alguna. El empleado le indicó que siguiera en línea recta, pero si tal hacía, le era forzoso abandonar el muro, que se extendía ahora a través del campo desierto. Por otra parte, unos alambres seguían paralelos al camino, como una prolongación provisional de la muralla que hasta entonces José había fielmente recorrido.

Cierto que los alambres permitían holgadamente la entrada de un hombre en la propiedad privada, pero José se dijo que habiendo sido aceptado para trabajar al servicio del Sr. Barón, no tenía porque violentar su propiedad, aunque se tratara de forzar la entrada de un campo aparentemente rústico y sin importancia.

Siguió pues el alambre y varios villorrios se sucedieron, del otro lado de la carretera, antes de que la puerta de peatones apareciera. Se trataba de una simple caseta y una columna de yeso, que abrían una intermitencia en el alambre. Un hombre uniformado de azul, sentado en una silla de mimbre, completaba el modesto cuadro.

- ¿Es ésta la entrada de peatones de la Residencia del Sr. Barón? - preguntó José al anciano conserje.
- Esta es. ¿En que puedo servirle? - inquirió el hombre.
- He sido llamado al servicio del Sr. Barón - explicó José.- El jefe de personal me espera esta mañana. Me ha dado cita a las siete...
El conserje se levantó, dirigiéndose al interior de la caseta.
- Voy a comprobar si es cierto - dijo.
Descolgó el teléfono y dando vueltas al manubrio de llamada, esperó la respuesta de las oficinas. Esperó mucho tiempo. Sin duda las oficinas estaban desiertas.

- Se interesan poco por las llamadas procedentes de la puerta - comentó el conserje mientras esperaba.- Si se les llamara del interior, habría que verlos correr.
Por fin obtuvo contestación y la personalidad de José fue reconocida.
- Ya puede Vd. entrar.
José exhaló un suspiro de alivio. Pero la muralla había desaparecido del alcance de su vista y al cruzar la puerta de peatones, creyó oportuno preguntar al conserje qué camino debía seguir.

- Espere el jeep - le contestó - ya que esto no es ninguna puerta y por aquí no se va a parte alguna. La única puerta que tiene acceso a la Residencia es la de coches.
- Entonces, ¿por qué me han dirigido hacía aquí? – se indignó José, - ¿he sido acaso víctima de una broma?
- Yo no sabría decirle – se disculpó el conserje. - Llevo ya años guardando esta falsa puerta. Tal vez se proyectara en un principio abrir aquí una verdadera puerta y en consecuencia se instaló a un portero, y luego ese proyecto fuera abandonado y se me dejara aquí por lástima de despedirme. Tal vez lo hayan hecho para despistar a los numerosos aspirantes al servicio el Sr. Barón, quienes al no encontrar la puerta de entrada, acaban cansándose de dar vueltas y se marchan, renunciando a su propósito.

- Si, debe ser eso - reflexionó el hombre, sentándose de nuevo en su silla.- En las horas que paso aquí solo, me pregunto muchas veces cuál es mi función. A veces mi respuesta parece satisfacerme y otras no. A veces creo que mi labor es útil al indicar falsas puertas a los que vienen sin ser llamados y otras veces pienso que esas mentiras acabarán perjudicándome. Pero no sé... No sé porque estoy aquí...

José no insistió más y se sentó en el suelo en espera del jeep. No obstante, el conserje continuó expresando en voz alta sus dudas.
- ¿Por qué? Por qué habrán construido esa puerta que no conduce a ninguna parte y, sobre todo, ¿por qué, mandan aquí a los llamados, si saben que no podrán entrar? Y yo, ¿qué hago? ¿Qué represento? ¿En qué soy útil?

José no intentó responder a tales interrogantes. Su encuentro con el guardián de la falsa puerta le confirmaba en su idea de que la vida en la Residencia estaría llena de dificultades. Sin lugar a dudas, vivir cerca del Sr. Barón y servirle no era el paraíso que parecía desprenderse del relato que le hiciera Tuliferio-cocinero en sus idas y venidas de la Interplanetaria.

Varias horas transcurrieron. El sol iba ascendiendo hacia el cenit sin que en la inmensa explanada se presintiera la llegada del jeep. José se impacientaba y de lo hondo de su ser surgía la duda de si valía la pena de ir al encuentro de tantas contingencias manifiestamente absurdas. El cansancio influía de nuevo sobre su ánimo y el calor del sol reducía su cuerpo a un estado de somnolencia próximo al abandono.

Habría quizá renunciado a su maleta de no hallarse tan próximo a la Residencia. Si renunciaba, debería regresar a la ciudad y José no se sentía con fuerzas para hacerlo. Estaba ya allí y allí quedaría esperando la llegada del jeep. Su vida estaba ya limitada y condicionada por el esfuerzo hecho la noche anterior, viéndose así impedido de hacer marcha atrás.

Esa constatación dio a José nuevas fuerzas para resistir la espera sin dormirse. Pero, se acordó de pronto que el jefe de personal, según le dijera Tulita, le esperaba a las siete de la mañana. Al no encontrarse en su despacho a esa hora, pudiera bien ocurrir que diera a otro el empleo que le reservaran.

- ¿Qué hora debe ser? - preguntó al conserje con inquietud.
- Hace ya años que se paró mi reloj, pero por lo subido que está el sol, deben estar cerca las doce.
- ¡Y mi cita era para las siete de la mañana! - se lamentó José.- Vd. podrá en todo caso decirle al señor jefe de personal que ya estaba aquí esta mañana a las siete.
- No se preocupe por eso – le tranquilzó el conserje.- El reloj del despacho del jefe de personal está también parado. Se paró un día justamente a las siete y a partir de entonces, da sus citas a las siete, queriendo indicar con ello que a cualquier momento en que le visitante aparezca, será siempre la buena hora, las siete.

La explicación satisfizo a José, quien incluso sonrió, como celebrando ese sentido del humor tan particular que era común a las gentes de la Residencia.
- Y el jeep, ¿es seguro que vendrá? - preguntó aún.
- Pasa todos los días, pero no tiene hora fija.

José suspiró y se resignó a esperar. Era evidente que en la Residencia los relojes andaban muy mal.
Por fin el jeep apareció entre una nube de polvo, justo cuando José comenzaba de nuevo a despertar.
El noble tomó plaza en el asiento trasero y saludó con la mano levantada al conserje, quien correspondió a su saludo hasta perderlo de vista en la lejanía y el polvo.
Apenas instalado en el vehículo, como el chofer no le dijera palabra, José no pudo resistir sus ganas de dormir y, acunado por el ruido del motor, cayó en un sueño profundo.

Despertó bruscamente cuando el motor del jeep se paró. Al abrir los ojos tuvo que hacer un esfuerzo para tomar conciencia del lugar en que se encontraba. A menudo le ocurría que al despertar de golpe le parecía encontrarse en su antigua patria, gozando aún de sus privilegios nobles.
Las primeras imágenes que se presentaron ante sus ojos en lo que debía ser el interior de la Residencia, fueron desconcertantes. José miró hacía el cielo, buscando una medida del tiempo transcurrido. El sol se hallaba próximo a su caída, prueba de que habían pasado varias horas desde que subiera al jeep.

El vehículo se encontraba parado delante de un viejo caserón en ruinas, cubierto de hiedra y musgo. El muro estaba perforado por numerosas grietas, recubiertas de vegetación. Unos árboles, con el tronco podrido, lo circundaban. En ningún modo podía tratarse de la Residencia del Sr. Barón. El primer pensamiento que acudió al espíritu de José fue que el chofer, aprovechando la inconsciencia de su sueño, lo había conducido a un falso lugar. El tiempo empleado en la carrera justificaba esta convicción. Por amplia que fuera la muralla exterior, resultaba inimaginable que pudieran tardarse cuatro horas para alcanzar aquellas ruinas.

El chofer del jeep no le pasó desapercibida la extrañeza de José.
- Hoy ha llegado Vd. a su destino - le dijo.
Ello hacía suponer que ese destino era provisional.
- ¿Es ésta la Residencia? - inquirió José, a fin de obtener la negativa que lo tranquilizara.
- De ningún modo - respondió el chofer con un gesto que daba a comprender la magnitud del absurdo.- Este es el albergue para los recién llegados que no pueden ser recibidos en las oficinas.
- Pero yo tengo cita con el Sr. jefe de personal - protestó José.
- Lo verá Vd. mañana. Hoy las oficinas han cerrado ya y no puede Vd. ser presentado - explicó el chofer.- Mañana a primera hora yo mismo vendré a por Vd.

José contempló el albergue visiblemente decepcionado.
- No le extrañe su estado ruinoso - dijo el chofer.- Como el albergue se utiliza únicamente para dar acogida a los servidores por una sola noche, la administración de la Residencia aplaza siempre la aplicación de las reformas que hace tiempo fueron decididas. Mañana le darán alojamiento en las dependencias. Por esta noche, espero que no la pase demasiado mal.
El chofer descendió del coche y enfrentándose con las paredes del albergue, gritó repetidas veces: "José", "José", "José".
El noble exilado se aproximo al chofer, siguiendo con inquietud esa nueva maniobra.
- No le llamo a Vd. - aclaró el chofer - sino al guardián de turno en el albergue, que también se llama José.
No tardó en aparecer entre las yedras el guardián del albergue. José no pudo reprimir un gesto de horror y de asco al ver al extraño personaje. Se trataba de un monstruo inimaginablemente horrible. Le extrañó quizá más cuando en su imaginación se había forjado la idea de que en la Residencia todo era armonía y perfección.

A medida que se acercaba a ellos, José constataba la exuberancia de su monstruosidad. Sus brazos eran largos y deformes, más parecidos a los de un gorila que a los de un hombre. Su cabeza tenía unas proporciones dobles con respecto a lo normal y en su cara no había un solo rasgo que no fuera desorbitado y caótico. Su boca se extendía casi hasta las mandíbulas y cuando reía dejaba ver unos colmillos afilados como los de un perro. Sus ojos eran grandes y purulentos y en su inmenso cogote se había instalado un furúnculo, rodeado de mugre, del que manaba abundante pus, que se empapaba en el sucio cuello de su camisa. Sus vestidos eran harapos sucios y malolientes.

El chofer, que no parecía afectado por aquella visión repugnante, hizo las presentaciones. El monstruo se mostró con José extremadamente cordial, no contentándose con apretarle la mano, que el noble le diera de mala gana, sino que se abrazó a su cuello, tan estrechamente, que José sintió correr por su piel una emanación espesa de pus.
Al noble exilado le entró un tal asco, que todo su cuerpo crispado se puso a temblar, cosa que el monstruo interpretó como una demostración de afecto, estimulando así la prolongación de la cordialidad.

El chofer tuvo que intervenir para poner fin a la escena.
- Vamos, vamos, José - reprochó al monstruo.- Nuestro amigo está fatigado y harías bien ocupándote de su alojamiento de esta noche.
El monstruo se acercó al chofer, sonriente, y señalando a José, que se secaba el cuello con un pañuelo, dijo con una pronunciación defectuosa que daba un extraño tono de burla a sus palabras:
- ¡Me ha sido simpático! - y se rió con socarronería, intentando abrazar de nuevo a José, que se refugió corriendo detrás del jeep.
- José, ¡vete a preparar el albergue! – le ordenó el chofer con autoridad.
Esta vez el monstruo obedeció, desapareciendo en el interior del caserón en ruinas.
José se acercó al chofer aún con los nervios sensibilizados.

- Por favor - le dijo - lléveme lejos de aquí. Dormiré en cualquier parte, en cielo raso, no me importa, con tal de que esté lejos del monstruo.
- Lo que me pide es imposible - replicó el chofer tomando asiento junto al volante.- Las normas que nos rigen son muy severas y en ningún modo puedo quebrantarlas.
- ¿Pero es que hay alguna norma que pueda obligarme a pasar una noche con un monstruo? - inquirió José en plena rebeldía interior.
El chofer lo miró fijamente como dudando entre decirle la verdad o dejar que José la averiguara por su propia cuenta. Finalmente se decidió a hablar.

- Puesto que ha sido llamado al servicio del Sr. Barón, tiene Vd. derecho a la verdad sobre las normas y reglamentos a que estamos sometidos; - hizo una pausa y añadió.- Este monstruo le está destinado, José. Le pertenece y para poder entrar en la Residencia, esta noche tendrá que afrontarlo solo. Por otra parte, ya ha visto que le monstruo es totalmente inofensivo.
- ¿Quiere Vd. decir que todos los que están hoy al servicio del Sr. Barón han tenido que pasar una noche en este albergue con semejante monstruo?

- No todos - respondió el chofer - porque si bien existen reglamentos que nos gobiernan a todos en general, cada uno obedece a una ley particular que es inoperante para cualquier otro. Así pues, todos los que trabajan en la Residencia han librado, en un momento de su vida, combate con el monstruo, pero no en las mismas circunstancias ni con el mismo monstruo.
José no preguntó más y esperó que la comprensión surgiera, como siempre por análisis interno.
El chofer puso el motor en marcha.
- Le dejo, José. Mañana a primera hora vendré a por usted.

El jeep desapareció detrás del albergue, dejando a José pensativo, eterno solitario ente el caserón en ruinas.
Contempló, a la luz del crepúsculo, la explanada desierta que lo rodeaba. Se dio cuenta entonces que más allá del albergue se alzaba una nueva muralla; sin duda la muralla interior que daba acceso definitivo a la Residencia.
José avanzó contorneando el albergue, que le ocultaba parte del paisaje. Confiaba en que el monstruo, ocupado en preparar la cama, le molestaría lo menos posible. Pero se equivocaba. Al cruzar sigilosamente la pared lateral, de una de las grietas, entre la hiedra, el monstruo dejo oír su voz.

- Tu cama está preparada, José - dijo con su pronunciación defectuosa que parecía hecha adrede para burlarse de la gente.- Ven a acostarte, que estás cansado - añadió con una monstruosa risotada.
De un salto se plantó junto a José, tratando de levantarlo para conducirlo al interior del albergue. Los esfuerzos del noble para librarse de la presa provocaban en José-monstruo inacabables ataques de hilaridad.

Por la pestilencia de su aliento, José comprendió que el monstruo estaba borracho y al asco que le inspiraba aquella criatura se añadió la indignación. Podía aún admitir que en virtud de un extraño reglamento se le obligara a pasar una noche con el monstruo, pero caía fuera de lo imaginable el hecho que se emborrachara al individuo en virtud de otro reglamento, o ley, o norma, de las que tanto gustaba hablar a las gentes de la Sociedad. Como era impensable una tal cosa, el monstruo se encontraba borracho por propia iniciativa y era intolerable que los encargados de la administración permitieran a un guardián de albergue recibir a sus huéspedes borrachos.

Sus pensamientos no le hicieron olvidar su lucha, logrando librarse al fin de los brazos del monstruo. Huyó hacia la muralla interior, esperando que el guardián se quedara guardando el albergue. Pero José-monstruo no estaba dispuesto a perder a su huésped y corrió tras él, mientras no dejaba de aconsejarle:
- Es inútil que sigas fatigándote; vete a descansar - y acompañaba sus palabras de grandes risotadas.
José alcanzó la muralla interior y viendo unas brechas abiertas en la pared, decidiose a escalarla. Si pudiera penetrar en el recinto interior de la Residencia, allí aguardaría el jeep, quizá infringiendo una ley, pero librándose de la repugnancia insoportable a su sensibilidad.

Empezó a escalar la muralla lleno de esperanzas, pero el monstruo llegó a tiempo de retenerlo por los pies.
- ¿Qué haces, José? - le dijo con su sonrisa burlona.- Te fatigas en vano, puesto que esta noche debes dormir conmigo en el albergue - y dando un brusco tirón de los pies de José, lo arrojó al suelo.
El noble, caído de bruces, contemplaba a su monstruo en pleno ataque de hilaridad.
- Déjame que te ayude a levantarte - le dijo.
Pero antes de que lo tocara, José logró escurrirse y siguió corriendo, esta vez en dirección del albergue. El monstruo, con mayor lentitud, seguía tras él y aquella carrera parecía divertirle enormemente.
José cruzó el albergue a través del campo, hacia el lugar en que debía encontrarse la muralla exterior. Al poco tiempo se dio cuenta de que el monstruo ya no le seguía, sino que se había detenido junto al caserón en ruinas y desde allí lanzaba gritos y signos a su huésped para que regresara.

José se tumbó en el suelo para descansar, al tiempo que analizaba la conducta del monstruo.
- Es demasiado curioso para que no sea también una ley - se dijo - el hecho de que el monstruo me persiga cuando intento avanzar hacia el interior de la Residencia y me deje en paz cuando me dirijo al exterior. Aquí, hasta los monstruos están sujetos a leyes.
No lejos del lugar en que descansaba, José descubrió una bicicleta, aparentemente abandonada. Ella le dio la idea de dar un paseo hasta la muralla exterior. De este modo podría adquirir la certidumbre de que estaba realmente en la antesala de la Residencia, puesto que cruzó la puerta estando dormido, y por otra parte lo alejaría del monstruo durante unas horas. Si para cruzar el umbral era indispensable pasar una noche con la horrible criatura, ¿por qué prolongar voluntariamente el contacto a lo largo del crepúsculo?
Kabaleb