La naturaleza es un libro sagrado que contiene la ley de la vida

Fíjate en ella y sabrás cómo debes orientar tu vida

Te han llamado para conquistar el mundo de lo posible

Es hora de que te lo creas y avances

La verdad que resplandece en el cielo

Es la misma que debe ser plantada en la tierra

La sed de conocimientos, el hambre de Verdad, de Belleza y de Sabiduría

Deben presidir tu vida y lanzarte hacia adelante

Enciende tu hoguera de la voluntad

Porque a través de ella podrás conseguir lo que te propongas

La Maleta 10 (la oficina)

(Capítulo V, 2ª parte). José montó en la bicicleta y se alejó del albergue a toda velocidad.

No había anochecido completamente cuando alcanzó la muralla exterior. Sin embargo, el tiempo empleado para ir en bicicleta del albergue a la muralla, resultaba muy inferior al que necesitó el jeep en su viaje de ida. Pudiera ser que antes de cruzar la puerta el jeep hubiese dado un largo rodeo... Era preciso verificarlo y José escaló la muralla a fin de reconocer con sus propios ojos el lugar...

Desde lo alto del muro, las dudas del noble desposeído cesaron. En la explanada que se abría podían percibirse los alambres que desembocaban en la falsa puerta de peatones, e incluso seguir la trayectoria de esos alambres, que después de extenderse en línea recta, paralelos al camino, se cerraban en triángulo sobre el muro lateral en que se encontraba José. Seguían después toda una serie de pequeños triángulos de alambre, que encontraban su línea de base en la muralla. Todo parecía concebido para desmoralizar al buscador.

Iba a descender de su observatorio, cuando apercibió entre los alambres a cuatro hombres que se acercaban hacia él. Imposibilitados de avanzar en terreno libre, los cuatro hombres cruzaban los alambres que formaban los triángulos con una energía a prueba de fe.

José se sintió inmediatamente solidarizado con ellos y los hubiera llamado, de no haber sido descubierto por el que iba en cabeza de la expedición. Era el mas joven de los cuatro y pareció turbado al verle.

- ¿Qué es lo que buscáis? – les preguntó José, tratando de dar a sus palabras una entonación amable.
- Quisiéramos entrar al servicio del Sr. Barón - explicó el joven.- Pero tenemos la impresión de que nos hemos perdido.
- Nos han dicho que aquí dan trabajo a todos - añadió otro de los hombres, buscando confirmación.
- Sin duda habéis entrado por la puerta de peatones - inquirió el noble.
- Si.
- Claro. Es una puerta falsa.
Los cuatro hombres quedaron inmóviles y sin comprender.
- ¿No habéis sido llamados al servicio del Sr. Barón, verdad? - continuó José aún sabiendo la respuesta.
- No - respondió el más joven con cierta turbación.
- Aquí dan trabajo a todos - aventuró con el aplomo que le daba el hecho de encontrarse del otro lado de la muralla - pero a condición de haber sido llamados por los servicios del Sr. Barón.
Hubo un momento de silencio. Los cuatro hombres parecían reflexionar.
- No es eso lo que nos han dicho - objetó finalmente el mas joven.
- ¿Quién os ha dicho y donde?
- En la posada del pueblo. Uno de los servidores del Sr. Barón nos ha asegurado que aquí encontraríamos fácilmente trabajo y que lo daban a todo aquel que lo solicitara.
- ¡Otra vez los malditos reglamentos! - murmuró José para sí - y añadió en voz alta: - Pero no les han dicho que sin ayuda no lograrían jamás hallar al jefe de personal, a quien debían solicitar un empleo.
Los cuatro hombres lo escucharon desconcertados y José, en tono dogmático añadió:
- La puerta por la que habéis pasado es una puerta falsa, que no conduce a ningún sitio. Si perseveráis en este camino, la falta de resultados prácticos acabara desalentándoos y renunciareis a entrar en el servicio del Sr. Barón.

Los hombres se miraron como consultándose sobre la actitud a adoptar.
- ¿Qué debemos hacer? - acabó preguntando el joven, que ejercía las funciones de portavoz del grupo.
- Un solo camino os es abierto: tomar la Residencia por asalto - afirmó José, recordando el consejo que le diera Tuliferio-camarero con respecto al Hotel de Extranjeros.- Si lográis penetrar por medios propios en el interior, os encontraréis ya en el mundo de los servidores y habréis adquirido implícitamente derechos de permanencia.

- Yo puedo ayudaros a atravesar la muralla - añadió.- ¿Alguien de vosotros tiene una cuerda?
Uno de ellos tenía una cuerda y José los ayudó a subir a lo alto del muro. A medida que iban subiendo, José se sentía crecer en importancia. El servicio que prestaba lo henchía de orgullo y no se explicaba como pudo, momentos antes, huir del monstruo de manera tan ridícula.
Cuando los cuatro hombres estuvieron del otro lado de la muralla, estrecharon, agradecidos, la mano de su protector.
- Tu nos has ayudado en algo muy importante para nosotros - le dijeron - y nos tendrás siempre a tu servicio, estemos donde estemos.

El hecho de haber encontrado cuatro servidores de improviso, desencadenó el optimismo de José. ¡Cuatro servidores! Este era el camino que conducía a la recuperación de sus atributos de nobleza. Los servidores son elementos fundamentales para todo noble.
- ¿Qué debemos hacer ahora? Guíanos - le pidieron sus protegidos.
- Tendréis que esperar aquí a que amanezca. Os falta traspasar el muro interior, que ni siquiera yo mismo he pasado. Acostaos sobre el césped por esta noche y mañana hablaré de vosotros al señor jefe de personal para que os dé el empleo al que ya tenéis derecho.
Los cuatro servidores le hicieron una reverencia, conmovidos por las palabras de aliento de su protector.
- Te esperaremos aquí sin movernos y no obedeceremos a nadie más que a ti - dijeron los cuatro a coro.
- Perfectamente. Mi nombre es José. Si un emisario viene de mi parte, no le obedezcáis, amenos que pronuncie esas palabras de consigna: "José os llama".
Dicho lo cual, el noble preparó la bicicleta para partir.
- Tengo que irme - dijo.- Alguien me espera en el albergue - y saludando con el brazo a sus cuatro servidores, se alejó pedaleando por la explanada desierta.

Era ya de noche, pero la luz de la luna llena le permitía a José seguir el surco que dejaran las ruedas de su bicicleta en su viaje de ida, orientándose así de manera segura hacia el albergue. Cuando lo apercibió en la lejanía, con sus ventanas iluminadas, se apeó de su bicicleta y prosiguió el camino a pié.
El encuentro decisivo con el monstruo iba a tener lugar y José trato de prepararse interiormente, de comprender la esencia de aquella horrible criatura que le diera cita en el umbral de la Residencia del Sr. Barón.

La imagen del monstruo cobró vida en su espíritu y de esa visión mental, José retuvo detalles que se le habían escapado en los contactos reales. En primer lugar, el monstruo tenía exactamente su estatura. Su cuerpo y el de José parecían salidos del mismo molde, exceptuando los brazos y el busto. Luego existía la rara coincidencia de que ambos llevaran idéntico nombre.

Pero lo mas desconcertante no eran esas similitudes de tipo físico, sino la impresión sentida por José de que, a pesar del horror que le inspiraba, el monstruo tenía para él algo de familiar, inexpresable, ungido a las más profundas capas de su ser. Ya antes había experimentado semejante sensación con los Tuliferios, pero a éstos los veía como entidades externas a él, como amigos de otros tiempos; mientras que al monstruo, lo sentía oriundo de su propio interior, confundido, identificado a su propia personalidad o, más exactamente, como si él fuera su creador, el motor interno que impulsara el monstruo a burlarse de sus víctimas y a perseguirles, el generador de su pus.

Era como si todo lo que José aborreciese y odiase se encontrara encarnado en el monstruo; como si todas las lacras que a lo largo de su vida preservara cuidadosamente en su interior, procurando que no fueran apercibidas por las gentes que lo rodeaban, se encontraran puestas en relieve en la horrible figura del guardián del albergue.

Sí. Sin duda aquel era su monstruo. El que había ido edificando pacientemente en sus horas de inconsciencia y que, sin quererlo reconocer, formaba parte de su alma. El monstruo que no puede permanecer eternamente ignorado en el inconsciente y que un día u otro surge, irrumpiendo en vuestro mundo real, obligándoos a enfrentaros con él para que de esta lucha surja la conciencia de los actos que engendraron a la criatura deforme.

José se hallaba presto para la prueba. Iría a él y lo estrecharía entre sus brazos, se frotaría contra su piel, para que la suciedad y las lacras se adhirieran a su cuerpo.

El lo había engendrado y él destruiría su monstruosidad. Se adentró en las ruinas del albergue, pisando fuerte, a fin de que el guardián se apercibiese de su presencia. Nadie acudió a recibirle. Sólo las cucarachas y las lagartijas que habitaban en la hiedra parecieron sensibles a la presencia de José.

Las luces encendidas lo guiaron a través del caserón, desembocando finalmente en una habitación mejor guarnecida que las demás, en la que figuraban dos camastros. En uno de ellos se hallaba el monstruo completamente dormido.

José se quitó los zapatos para no despertarlo con el ruido de los tacones y desvistiéndose rápidamente, se metió en la cama. No esperaba salir tan bien librado del trance y sin mas incidentes pudo conciliar un sueño que momentos antes le pareciera difícilmente realizable.

Sin embargo, apenas liberado del monstruo en el mundo físico, éste hizo su aparición en el reino de los sueños, donde las posibilidades de angustiarse son mucho mayores.

José soñó episodios de su vida que ya tenía olvidados y en cada una de esas secuencias surgía, inexplicablemente, el monstruo, como si fuera absorbiendo vida en cada una de las anécdotas. El noble durmiente se agitaba, como para desprenderse de semejantes pesadillas que lo aterrorizaban, desposeído de su facultad de raciocinio, que pudiera haberle servido para comprender la situación y aceptarla.

La noche transcurrió rica en acontecimientos angustiosos en el mundo interior de José y al despertar con las luces del día, el hombre constató que el monstruo había desaparecido de la habitación.

Se levantó lleno de sudor frío y se sumergió desnudo en una cascada de agua que manaba de una rocas, sobre las que se sostenía el albergue. El contacto con el agua fría cambió su humor y regresó al albergue en espera del chofer del jeep, que debía conducirle en presencia del jefe de personal.

Desde la ventana más alta, José oteó el horizonte. Más allá de la muralla interior, resplandecían al sol las azoteas de lo que debía ser la Residencia del Sr. Barón. Esta visión anticipada del lugar que iba a constituir su campo de evolución, produjo en todo su cuerpo un estremecimiento emocionado. De aquel punto de mira, no le era posible percibir la estructura del edificio, pero José lo imaginó de una belleza deslumbrante, semejante a las ilustraciones de unos cuentos orientales que recordaba de su niñez.

Al poco rato, la nube de polvo con que solía envolverse el jeep le oculto toda visión. José descendió rápidamente para acoger a su introductor.

- En las oficinas le esperan - le dijo el chofer a guisa de saludo, sin detener el motor.- Suba.
José obedeció y un instante después el jeep atravesaba la puerta de la muralla interior de la Residencia del Sr. Barón.
Lo distinto de aquel mundo en que acababa de penetrar saltaba a la vista. Mientras en el exterior la tierra era rústica, casi yerma, de murallas para adentro todo resultaba fecundo y acogedor. La hierba crecía salvaje en ambos lados de la carretera asfaltada por la que transcurría el jeep. Aunque a José le chocó el hecho de que toda aquella extensión no fuera cultivada.
- ¿Es que aquí nadie se dedica a la agricultura? - preguntó a su introductor.
- ¡Qué quiere Vd.! - respondió el chofer - falta de brazos. A pesar de ser numerosos los servidores del Sr. Barón, no son suficientes para realizar todo el trabajo que sería necesario para la buena marcha de la empresa.
- Es una pena - comentó José.- Esta tierra parece ser fecunda y si se cultivara, representaría una gran economía para la Residencia. ¿Cree Vd. que en el pueblo no se encontrarían obreros?
- Mas de los necesarios sin duda - asintió el chofer - pero pocos que aceptaran el régimen de comunidad a que vienen sometidos los servidores del Sr. Barón. Ya sabe Vd. que para trabajar aquí es indispensable recibir una llamada de las oficinas y para que esa llamada se produzca es indispensable también que exista el deseo previo de laborar aquí por parte del futuro obrero.

- Un círculo vicioso - filosofó José.
- Si. Tal vez el reglamento peca de complejo. Pero aún así, de puertas para dentro las cosas no van a veces como sería de desear... ¡Imagine lo que ocurriría si dieran facilidades...!
- De esta forma el desarrollo es más lento, pero sin lugar a dudas más seguro - afirmó el noble.- Desde abajo, vemos siempre las cosas con impaciencia y exigimos resultados rápidos; pero contemplado desde arriba, el tiempo debe tener un valor completamente distinto.

- Así debe ser - asintió el chofer.- esta muralla interior es provisional y la muralla exterior también lo es. Día vendrá en que esa campiña exuberante será cultivada; el campo yermo se convertirá en fecundo y el dominio del Sr. Barón se expansionará por el pueblo. Las murallas caerán y ya no habrá diferencia entre ellos y nosotros, absorbidos todos en el seno de esta gran empresa.

José compartía emocionalmente el lirismo del conductor. Siempre se había sentido atraído por un ideal de unidad cósmica, que englobara a todo el universo en un solo sistema económico, un único sistema de convivencia que emanara de una sola filosofía. La Sociedad Anónima, a cuyo Presidente General iba a servir, aún sin conocerla en sus detalles, le parecía reunir las condiciones para la realización de ese ideal.

Un frenazo brusco cortó en seco esas divagaciones. El coche se había detenido en una explanada, frente a un viejo edificio que, visto del exterior tenía la apariencia de un hospital o un cuartel.

- Hemos llegado - anunció el chofer.
El rostro de José registró cierta decepción. Las imágenes que se imprimían en su retina no se ajustaban a los clisés que él mismo impresionara en su imaginación. A ambos lados del edificio cuartel u hospital se extendían unos hangares, incalculablemente largos, que podían muy bien haber sido depósitos de mercancía o abrevaderos de vacas.
Las edificaciones eran viejas y rudimentarias y en su construcción había pasado, sin lugar a dudas, por problemas de orden financiero.

- ¿Es ésta la Residencia del Sr. Barón? - preguntó José navegando en un mar de confusiones.
- Cierto que no - replicó el chofer, riendo la incongruencia.- Estas son las oficinas.
- ¿Las oficinas de la Residencia? - quiso precisar José.
- Las oficinas de las dependencias del ala Este, que es donde Vd. ha sido afectado. La Residencia del Sr. Barón se encuentra en aquella dirección - añadió el chofer señalando hacia el Oeste.

José recordó que efectivamente Tuliferio le había hablado de las dependencias que equivocadamente imaginó anexas a la Residencia del Sr. Barón. Después de todo, ¿qué importaba la apariencia exterior? Era el trabajo que se desarrollaba dentro lo que debía importarle y, por encima de todo, su trabajo.

Ambos habían descendido del coche y el chofer condujo a José a un despacho del primer piso del edificio principal.

En el interior del edificio el ambiente cambiaba. Todo lo que tenía de sórdido visto de fuera, se transmutaba en acogedor y hogareño de puertas para dentro. No era el hogar ideal para descansar de una vida de fatigas, pero sí el lugar acogedor para hacer acopio de nuevas energías en vistas a la lucha.
Tras unos minutos en el saloncito de espera, la puerta se abrió y un hombre vestido con chaleco y en mangas de camisa, se dirigió a José familiarmente.

- Pase Vd., José, - le dijo.- Le esperábamos desde ayer.
- ¿Es Vd. el Sr. jefe de personal? - preguntó el noble, una vez en su despacho.
- No. Yo no soy más que un subsecretario. El señor jefe de personal tenía cita con Vd. ayer a las siete, amigo José - dijo en tono de amable reproche.
- Mucho antes de las siete estaba ya buscando la puerta de entrada, pero hasta por la tarde no me fue posible franquearla – se disculpó.
El subsecretario se encogió de hombros, levantando las manos al cielo como para indicar que no era culpa suya que así ocurriera.

- Por otra parte - añadió José - el guardián de la falsa puerta me dijo que le reloj del despacho del Sr. jefe de personal estaba parado a las siete y que es por este motivo que me dieron cita a una tal hora.
- ¿Esto le ha dicho? - inquirió el subsecretario, y balanceando todo su cuerpo soltó una inmensa carcajada.- Cierto que le reloj se paró a esa hora, pero se le citó a Vd. a las siete de su reloj y no del péndulo del despacho del jefe.
El hombre dejó de reír y en tono confidencial añadió:
- Puede que visto del exterior se tenga la impresión de que las cosas lo mismo pueden ocurrir en un momento que en otro; pero no es así. Nos regimos por un horario muy preciso y aunque nos servimos poco de los relojes, el tiempo es para nosotros un factor primordial. Ya se irá Vd. dando cuenta de ello.
- El señor jefe de personal - prosiguió - sólo podía recibirle ayer a las siete. A efectos de su trabajo aquí, da lo mismo que lo reciba o no porque yo puedo darle todas las indicaciones que necesite. Pero a Vd. le hubiera interesado sin duda hablar con él de sus asuntos personales. Me refiero concretamente al objeto de su propiedad que lo ha traído hasta aquí.

Era evidente que el subsecretario se refería a la maleta y José se alegró de poder hablar de ello de manera franca.
- No quiero ocultarle que una de mis esperanzas al venir aquí, es la de poder entrevistarme, en momento oportuno, con el Sr. Barón respecto a la recuperación de mis papeles de nobleza.
- En esto no puedo serle de ninguna utilidad, ya que es el jefe de personal quien regula las relaciones de los servidores con el Sr. Barón.
- ¿Y cuando podré ser recibido por el Sr. jefe de personal?
- Tampoco sabría decírselo. Ya le he dicho que el tiempo es para nosotros un factor esencial. Cuando el tiempo sea propicio a este encuentro, será Vd. citado.
- El argumento era nuevo para José, quien quiso llegar al fondo del problema.
- Bueno - replicó, - según Vd., ¿cuando será el tiempo propicio?
- Lo ignoro - contestó el subsecretario.- Y el jefe de personal lo ignorará también. Es la Agencia que dirige el Sr. Barón la que se encarga de avisarnos cuando el tiempo es propicio para la realización de cualquier cosa.
- Entonces, el Sr. Barón lo sabe - aventuró José, ya en un terreno que escapaba a su comprensión.
- Lo sabe... - dijo el oficinista - como sabemos que África existe, sin que ese conocimiento nos inquiete lo más mínimo. Son los empleados de la Agencia quienes nos pasan las órdenes.

Por el momento, José renunció a profundizar. Se hallaba en el camino y debía preocuparse en afianzar su situación en el punto alcanzado. La ocasión de avanzar ya le sería dada en el futuro. Así pues, el noble desvió voluntariamente la conversación.
- Antes que otra cosa - dijo, - debo poner en su conocimiento que ayer ayudé a cuatro hombres a franquear la muralla exterior de la Residencia. Habían penetrado por la falsa puerta y buscaban desesperadamente la entrada verdadera. Yo tomé la responsabilidad de ayudarles y querría saber si es posible emplearles en cualquier menester.
- En efecto, nuestros aparatos de seguridad registraron ayer la presencia de cuatro intrusos - informó el subsecretario.- Supuse que había sido Vd. el responsable de su entrada clandestina ya que es raro que alguien tome por asalto la muralla si carece de ayuda. Pero Vd. ignora seguramente la responsabilidad en que ha incurrido al cometer una tal acción.
- Si he obrado mal, soportaré las consecuencias - respondió José con entereza.
- Sólo el futuro podrá decirnos si ha hecho bien o mal, ya que de acuerdo con nuestros reglamentos, en lo que respecta a su trabajo en la Residencia, Vd. se ha encadenado a la vida de esos cuatro individuos. Ellos formarán con Vd. un equipo de labor, del cual será Vd. el jefe. La responsabilidad de sus errores recaerá pues en gran parte sobre Vd. y también participará en sus triunfos si los hay.
El subsecretario se acercó a José y poniendo amistosamente la mano sobre su hombro, añadió:
- Su labor en la Residencia empieza teniendo que soportar la carga de cuatro hombres. Ello delata en Vd., sea consciente o no de hecho, una fibra de líder. No le faltarán ocasiones de escalar puestos más altos, pero el peligro de hundirse se multiplica por cuatro. Sólo puedo decirle que le deseo suerte y valor.

Así fue como el noble José, gracias a un acto dictado por su corazón, se vio convertido en jefe de grupo. El subsecretario de la oficina de personal le señaló la habitación en las dependencias de servidores y más tarde sus cuatro subordinados se presentaron ante él, acompañados del subsecretario.
- He aquí sus hombres, José - le dijo.- Deberán compartir su habitación a fin de que no escapen a su control ni de día ni de noche. Su autoridad sobre ellos es total y no debe vacilar en castigarles si su comportamiento lo merece.
Luego, dirigiéndose a los cuatro, añadió:
- He avisado al economato que os den colchones y mantas. Id a por ellas, rápido.
Los cuatro salieron como una exhalación. El subsecretario, antes de desaparecer, habló de nuevo a José.
- Mañana a primera hora pasa por mi despacho. Visitaremos las naves de trabajo y le indicaré en que consistirá su labor.
- Muy bien. Estaré en su despacho.

Los dos hombres se estrecharon la mano y José quedó solo en una habitación que medía apenas cinco metros cuadrados y en la que debían dormir cinco hombres.
Sus cuatro ayudantes no tardaron en aparecer cargados con los colchones y las mantas. Una vez extendidos por el suelo, en la habitación no quedó ni un centímetro de espacio vacío.
Pero a todos les animaba un espíritu de superación que se negaba a reconocer las dificultades. Por otra parte, los cuatro ayudantes, cansados después de la noche pasada a la intemperie, apenas preparadas las camas, no resistieron largo tiempo al sueño.
Sólo José, acostado en el lecho, permanecía despierto, meditando en retrospectiva la lección que cabía extraer de los acontecimientos de la jornada.
Kabaleb

La maleta 9 (el monstruo)

(Capítulo V (1ª parte). José anduvo toda la noche sin experimentar el menor cansancio. Mientras andaba, recorría mentalmente las distintas etapas de su vida y se hacía el propósito de ser más útil a sus semejantes en el porvenir.

En las primeras horas de la noche, le fue difícil encontrar la pista de la Residencia del Sr. Barón, pero al comenzar el nuevo día, un camión, con el sello de la Residencia le dio el primer indicio serio sobre la dirección que debía tomar. El resto lo hizo su percepción interior, guiándose por la imagen que se hacía de la mansión, tal como se presentan las cosas en el mundo de los sueños...

Al amanecer, José se encontraba ya muy próximo a su destino, dándole la medida de su proximidad el desfile constante de camiones que, procedentes del mercado central, efectuaban el servicio de abastecimiento de la Residencia y sub dependencias anexas.

Por fin alcanzó la muralla exterior de la Residencia, una de cuyas paredes se extendía paralela al camino que seguía. Después de recorrer unos centenares de metros de esta inacabable muralla, José se encontró ante la puerta, por la que iban entrando los camiones.
José entró, pero un hombre fornido, equipado con un mono azul y una camisa caqui, le cortó el paso.

- ¿Qué desea? – le preguntó en tono severo.
- ¿Es ésta la Residencia del Sr. Barón? - inquirió José.
- Es ésta. Pero esta puerta sólo es accesible a los coches – le informó.- La puerta para los peatones se encuentra un poco más allá, en línea recta.

José saludó y prosiguió el camino que le indicara el empleado. Sin embargo, una cosa le extrañó. En el interior de la muralla, ninguna edificación era visible desde la puerta de coches. Sólo una explanada inmensa, desprovista de árboles y vegetación. Sin duda alguna, aquella muralla constituía un simple límite de propiedad y la Residencia debía encontrarse aún muy lejos de allí.

José anduvo más de un kilómetro sin que la puerta de peatones apareciera por ningún lado. La muralla lisa y sin fisuras proseguía mucho más allá del alcance de su vista. Siguió andando; un poblado había sucedido al anterior y sin embargo la muralla seguía inacabable.

Finalmente alcanzó uno de sus ángulos, sin que la puerta de peatones apareciera por parte alguna. El empleado le indicó que siguiera en línea recta, pero si tal hacía, le era forzoso abandonar el muro, que se extendía ahora a través del campo desierto. Por otra parte, unos alambres seguían paralelos al camino, como una prolongación provisional de la muralla que hasta entonces José había fielmente recorrido.

Cierto que los alambres permitían holgadamente la entrada de un hombre en la propiedad privada, pero José se dijo que habiendo sido aceptado para trabajar al servicio del Sr. Barón, no tenía porque violentar su propiedad, aunque se tratara de forzar la entrada de un campo aparentemente rústico y sin importancia.

Siguió pues el alambre y varios villorrios se sucedieron, del otro lado de la carretera, antes de que la puerta de peatones apareciera. Se trataba de una simple caseta y una columna de yeso, que abrían una intermitencia en el alambre. Un hombre uniformado de azul, sentado en una silla de mimbre, completaba el modesto cuadro.

- ¿Es ésta la entrada de peatones de la Residencia del Sr. Barón? - preguntó José al anciano conserje.
- Esta es. ¿En que puedo servirle? - inquirió el hombre.
- He sido llamado al servicio del Sr. Barón - explicó José.- El jefe de personal me espera esta mañana. Me ha dado cita a las siete...
El conserje se levantó, dirigiéndose al interior de la caseta.
- Voy a comprobar si es cierto - dijo.
Descolgó el teléfono y dando vueltas al manubrio de llamada, esperó la respuesta de las oficinas. Esperó mucho tiempo. Sin duda las oficinas estaban desiertas.

- Se interesan poco por las llamadas procedentes de la puerta - comentó el conserje mientras esperaba.- Si se les llamara del interior, habría que verlos correr.
Por fin obtuvo contestación y la personalidad de José fue reconocida.
- Ya puede Vd. entrar.
José exhaló un suspiro de alivio. Pero la muralla había desaparecido del alcance de su vista y al cruzar la puerta de peatones, creyó oportuno preguntar al conserje qué camino debía seguir.

- Espere el jeep - le contestó - ya que esto no es ninguna puerta y por aquí no se va a parte alguna. La única puerta que tiene acceso a la Residencia es la de coches.
- Entonces, ¿por qué me han dirigido hacía aquí? – se indignó José, - ¿he sido acaso víctima de una broma?
- Yo no sabría decirle – se disculpó el conserje. - Llevo ya años guardando esta falsa puerta. Tal vez se proyectara en un principio abrir aquí una verdadera puerta y en consecuencia se instaló a un portero, y luego ese proyecto fuera abandonado y se me dejara aquí por lástima de despedirme. Tal vez lo hayan hecho para despistar a los numerosos aspirantes al servicio el Sr. Barón, quienes al no encontrar la puerta de entrada, acaban cansándose de dar vueltas y se marchan, renunciando a su propósito.

- Si, debe ser eso - reflexionó el hombre, sentándose de nuevo en su silla.- En las horas que paso aquí solo, me pregunto muchas veces cuál es mi función. A veces mi respuesta parece satisfacerme y otras no. A veces creo que mi labor es útil al indicar falsas puertas a los que vienen sin ser llamados y otras veces pienso que esas mentiras acabarán perjudicándome. Pero no sé... No sé porque estoy aquí...

José no insistió más y se sentó en el suelo en espera del jeep. No obstante, el conserje continuó expresando en voz alta sus dudas.
- ¿Por qué? Por qué habrán construido esa puerta que no conduce a ninguna parte y, sobre todo, ¿por qué, mandan aquí a los llamados, si saben que no podrán entrar? Y yo, ¿qué hago? ¿Qué represento? ¿En qué soy útil?

José no intentó responder a tales interrogantes. Su encuentro con el guardián de la falsa puerta le confirmaba en su idea de que la vida en la Residencia estaría llena de dificultades. Sin lugar a dudas, vivir cerca del Sr. Barón y servirle no era el paraíso que parecía desprenderse del relato que le hiciera Tuliferio-cocinero en sus idas y venidas de la Interplanetaria.

Varias horas transcurrieron. El sol iba ascendiendo hacia el cenit sin que en la inmensa explanada se presintiera la llegada del jeep. José se impacientaba y de lo hondo de su ser surgía la duda de si valía la pena de ir al encuentro de tantas contingencias manifiestamente absurdas. El cansancio influía de nuevo sobre su ánimo y el calor del sol reducía su cuerpo a un estado de somnolencia próximo al abandono.

Habría quizá renunciado a su maleta de no hallarse tan próximo a la Residencia. Si renunciaba, debería regresar a la ciudad y José no se sentía con fuerzas para hacerlo. Estaba ya allí y allí quedaría esperando la llegada del jeep. Su vida estaba ya limitada y condicionada por el esfuerzo hecho la noche anterior, viéndose así impedido de hacer marcha atrás.

Esa constatación dio a José nuevas fuerzas para resistir la espera sin dormirse. Pero, se acordó de pronto que el jefe de personal, según le dijera Tulita, le esperaba a las siete de la mañana. Al no encontrarse en su despacho a esa hora, pudiera bien ocurrir que diera a otro el empleo que le reservaran.

- ¿Qué hora debe ser? - preguntó al conserje con inquietud.
- Hace ya años que se paró mi reloj, pero por lo subido que está el sol, deben estar cerca las doce.
- ¡Y mi cita era para las siete de la mañana! - se lamentó José.- Vd. podrá en todo caso decirle al señor jefe de personal que ya estaba aquí esta mañana a las siete.
- No se preocupe por eso – le tranquilzó el conserje.- El reloj del despacho del jefe de personal está también parado. Se paró un día justamente a las siete y a partir de entonces, da sus citas a las siete, queriendo indicar con ello que a cualquier momento en que le visitante aparezca, será siempre la buena hora, las siete.

La explicación satisfizo a José, quien incluso sonrió, como celebrando ese sentido del humor tan particular que era común a las gentes de la Residencia.
- Y el jeep, ¿es seguro que vendrá? - preguntó aún.
- Pasa todos los días, pero no tiene hora fija.

José suspiró y se resignó a esperar. Era evidente que en la Residencia los relojes andaban muy mal.
Por fin el jeep apareció entre una nube de polvo, justo cuando José comenzaba de nuevo a despertar.
El noble tomó plaza en el asiento trasero y saludó con la mano levantada al conserje, quien correspondió a su saludo hasta perderlo de vista en la lejanía y el polvo.
Apenas instalado en el vehículo, como el chofer no le dijera palabra, José no pudo resistir sus ganas de dormir y, acunado por el ruido del motor, cayó en un sueño profundo.

Despertó bruscamente cuando el motor del jeep se paró. Al abrir los ojos tuvo que hacer un esfuerzo para tomar conciencia del lugar en que se encontraba. A menudo le ocurría que al despertar de golpe le parecía encontrarse en su antigua patria, gozando aún de sus privilegios nobles.
Las primeras imágenes que se presentaron ante sus ojos en lo que debía ser el interior de la Residencia, fueron desconcertantes. José miró hacía el cielo, buscando una medida del tiempo transcurrido. El sol se hallaba próximo a su caída, prueba de que habían pasado varias horas desde que subiera al jeep.

El vehículo se encontraba parado delante de un viejo caserón en ruinas, cubierto de hiedra y musgo. El muro estaba perforado por numerosas grietas, recubiertas de vegetación. Unos árboles, con el tronco podrido, lo circundaban. En ningún modo podía tratarse de la Residencia del Sr. Barón. El primer pensamiento que acudió al espíritu de José fue que el chofer, aprovechando la inconsciencia de su sueño, lo había conducido a un falso lugar. El tiempo empleado en la carrera justificaba esta convicción. Por amplia que fuera la muralla exterior, resultaba inimaginable que pudieran tardarse cuatro horas para alcanzar aquellas ruinas.

El chofer del jeep no le pasó desapercibida la extrañeza de José.
- Hoy ha llegado Vd. a su destino - le dijo.
Ello hacía suponer que ese destino era provisional.
- ¿Es ésta la Residencia? - inquirió José, a fin de obtener la negativa que lo tranquilizara.
- De ningún modo - respondió el chofer con un gesto que daba a comprender la magnitud del absurdo.- Este es el albergue para los recién llegados que no pueden ser recibidos en las oficinas.
- Pero yo tengo cita con el Sr. jefe de personal - protestó José.
- Lo verá Vd. mañana. Hoy las oficinas han cerrado ya y no puede Vd. ser presentado - explicó el chofer.- Mañana a primera hora yo mismo vendré a por Vd.

José contempló el albergue visiblemente decepcionado.
- No le extrañe su estado ruinoso - dijo el chofer.- Como el albergue se utiliza únicamente para dar acogida a los servidores por una sola noche, la administración de la Residencia aplaza siempre la aplicación de las reformas que hace tiempo fueron decididas. Mañana le darán alojamiento en las dependencias. Por esta noche, espero que no la pase demasiado mal.
El chofer descendió del coche y enfrentándose con las paredes del albergue, gritó repetidas veces: "José", "José", "José".
El noble exilado se aproximo al chofer, siguiendo con inquietud esa nueva maniobra.
- No le llamo a Vd. - aclaró el chofer - sino al guardián de turno en el albergue, que también se llama José.
No tardó en aparecer entre las yedras el guardián del albergue. José no pudo reprimir un gesto de horror y de asco al ver al extraño personaje. Se trataba de un monstruo inimaginablemente horrible. Le extrañó quizá más cuando en su imaginación se había forjado la idea de que en la Residencia todo era armonía y perfección.

A medida que se acercaba a ellos, José constataba la exuberancia de su monstruosidad. Sus brazos eran largos y deformes, más parecidos a los de un gorila que a los de un hombre. Su cabeza tenía unas proporciones dobles con respecto a lo normal y en su cara no había un solo rasgo que no fuera desorbitado y caótico. Su boca se extendía casi hasta las mandíbulas y cuando reía dejaba ver unos colmillos afilados como los de un perro. Sus ojos eran grandes y purulentos y en su inmenso cogote se había instalado un furúnculo, rodeado de mugre, del que manaba abundante pus, que se empapaba en el sucio cuello de su camisa. Sus vestidos eran harapos sucios y malolientes.

El chofer, que no parecía afectado por aquella visión repugnante, hizo las presentaciones. El monstruo se mostró con José extremadamente cordial, no contentándose con apretarle la mano, que el noble le diera de mala gana, sino que se abrazó a su cuello, tan estrechamente, que José sintió correr por su piel una emanación espesa de pus.
Al noble exilado le entró un tal asco, que todo su cuerpo crispado se puso a temblar, cosa que el monstruo interpretó como una demostración de afecto, estimulando así la prolongación de la cordialidad.

El chofer tuvo que intervenir para poner fin a la escena.
- Vamos, vamos, José - reprochó al monstruo.- Nuestro amigo está fatigado y harías bien ocupándote de su alojamiento de esta noche.
El monstruo se acercó al chofer, sonriente, y señalando a José, que se secaba el cuello con un pañuelo, dijo con una pronunciación defectuosa que daba un extraño tono de burla a sus palabras:
- ¡Me ha sido simpático! - y se rió con socarronería, intentando abrazar de nuevo a José, que se refugió corriendo detrás del jeep.
- José, ¡vete a preparar el albergue! – le ordenó el chofer con autoridad.
Esta vez el monstruo obedeció, desapareciendo en el interior del caserón en ruinas.
José se acercó al chofer aún con los nervios sensibilizados.

- Por favor - le dijo - lléveme lejos de aquí. Dormiré en cualquier parte, en cielo raso, no me importa, con tal de que esté lejos del monstruo.
- Lo que me pide es imposible - replicó el chofer tomando asiento junto al volante.- Las normas que nos rigen son muy severas y en ningún modo puedo quebrantarlas.
- ¿Pero es que hay alguna norma que pueda obligarme a pasar una noche con un monstruo? - inquirió José en plena rebeldía interior.
El chofer lo miró fijamente como dudando entre decirle la verdad o dejar que José la averiguara por su propia cuenta. Finalmente se decidió a hablar.

- Puesto que ha sido llamado al servicio del Sr. Barón, tiene Vd. derecho a la verdad sobre las normas y reglamentos a que estamos sometidos; - hizo una pausa y añadió.- Este monstruo le está destinado, José. Le pertenece y para poder entrar en la Residencia, esta noche tendrá que afrontarlo solo. Por otra parte, ya ha visto que le monstruo es totalmente inofensivo.
- ¿Quiere Vd. decir que todos los que están hoy al servicio del Sr. Barón han tenido que pasar una noche en este albergue con semejante monstruo?

- No todos - respondió el chofer - porque si bien existen reglamentos que nos gobiernan a todos en general, cada uno obedece a una ley particular que es inoperante para cualquier otro. Así pues, todos los que trabajan en la Residencia han librado, en un momento de su vida, combate con el monstruo, pero no en las mismas circunstancias ni con el mismo monstruo.
José no preguntó más y esperó que la comprensión surgiera, como siempre por análisis interno.
El chofer puso el motor en marcha.
- Le dejo, José. Mañana a primera hora vendré a por usted.

El jeep desapareció detrás del albergue, dejando a José pensativo, eterno solitario ente el caserón en ruinas.
Contempló, a la luz del crepúsculo, la explanada desierta que lo rodeaba. Se dio cuenta entonces que más allá del albergue se alzaba una nueva muralla; sin duda la muralla interior que daba acceso definitivo a la Residencia.
José avanzó contorneando el albergue, que le ocultaba parte del paisaje. Confiaba en que el monstruo, ocupado en preparar la cama, le molestaría lo menos posible. Pero se equivocaba. Al cruzar sigilosamente la pared lateral, de una de las grietas, entre la hiedra, el monstruo dejo oír su voz.

- Tu cama está preparada, José - dijo con su pronunciación defectuosa que parecía hecha adrede para burlarse de la gente.- Ven a acostarte, que estás cansado - añadió con una monstruosa risotada.
De un salto se plantó junto a José, tratando de levantarlo para conducirlo al interior del albergue. Los esfuerzos del noble para librarse de la presa provocaban en José-monstruo inacabables ataques de hilaridad.

Por la pestilencia de su aliento, José comprendió que el monstruo estaba borracho y al asco que le inspiraba aquella criatura se añadió la indignación. Podía aún admitir que en virtud de un extraño reglamento se le obligara a pasar una noche con el monstruo, pero caía fuera de lo imaginable el hecho que se emborrachara al individuo en virtud de otro reglamento, o ley, o norma, de las que tanto gustaba hablar a las gentes de la Sociedad. Como era impensable una tal cosa, el monstruo se encontraba borracho por propia iniciativa y era intolerable que los encargados de la administración permitieran a un guardián de albergue recibir a sus huéspedes borrachos.

Sus pensamientos no le hicieron olvidar su lucha, logrando librarse al fin de los brazos del monstruo. Huyó hacia la muralla interior, esperando que el guardián se quedara guardando el albergue. Pero José-monstruo no estaba dispuesto a perder a su huésped y corrió tras él, mientras no dejaba de aconsejarle:
- Es inútil que sigas fatigándote; vete a descansar - y acompañaba sus palabras de grandes risotadas.
José alcanzó la muralla interior y viendo unas brechas abiertas en la pared, decidiose a escalarla. Si pudiera penetrar en el recinto interior de la Residencia, allí aguardaría el jeep, quizá infringiendo una ley, pero librándose de la repugnancia insoportable a su sensibilidad.

Empezó a escalar la muralla lleno de esperanzas, pero el monstruo llegó a tiempo de retenerlo por los pies.
- ¿Qué haces, José? - le dijo con su sonrisa burlona.- Te fatigas en vano, puesto que esta noche debes dormir conmigo en el albergue - y dando un brusco tirón de los pies de José, lo arrojó al suelo.
El noble, caído de bruces, contemplaba a su monstruo en pleno ataque de hilaridad.
- Déjame que te ayude a levantarte - le dijo.
Pero antes de que lo tocara, José logró escurrirse y siguió corriendo, esta vez en dirección del albergue. El monstruo, con mayor lentitud, seguía tras él y aquella carrera parecía divertirle enormemente.
José cruzó el albergue a través del campo, hacia el lugar en que debía encontrarse la muralla exterior. Al poco tiempo se dio cuenta de que el monstruo ya no le seguía, sino que se había detenido junto al caserón en ruinas y desde allí lanzaba gritos y signos a su huésped para que regresara.

José se tumbó en el suelo para descansar, al tiempo que analizaba la conducta del monstruo.
- Es demasiado curioso para que no sea también una ley - se dijo - el hecho de que el monstruo me persiga cuando intento avanzar hacia el interior de la Residencia y me deje en paz cuando me dirijo al exterior. Aquí, hasta los monstruos están sujetos a leyes.
No lejos del lugar en que descansaba, José descubrió una bicicleta, aparentemente abandonada. Ella le dio la idea de dar un paseo hasta la muralla exterior. De este modo podría adquirir la certidumbre de que estaba realmente en la antesala de la Residencia, puesto que cruzó la puerta estando dormido, y por otra parte lo alejaría del monstruo durante unas horas. Si para cruzar el umbral era indispensable pasar una noche con la horrible criatura, ¿por qué prolongar voluntariamente el contacto a lo largo del crepúsculo?
Kabaleb

La Rosa y la cruz (el símbolo Rosacruz)

La cruz es el símbolo del ser realizado, del que ha pasado por todas las fases de las experiencias humanas. Cuando este ser no era más que un cuerpo físico manipulado por la generación de los dioses, el símbolo de esta relación era una I. Un palo erecto que significaba que las fuerzas espirituales comunicaban con nuestro cuerpo material sin interferencias, dirigiéndonos como perfectos autómatas...

Cuando la generación de Luciferes (los llamados ángeles caídos) entró en actividad, para alimentar nuestro cuerpo de Deseos recién creado,, su corriente circular interceptó nuestra relación con la generación de los creadores u el símbolo de nuestras relaciones se escribió con una T. Por ello la cruz en forma de T está considerada con la cruz del diablo y es el signo del ser abocado exclusivamente hacia los placeres materiales.

Para liberarnos del círculo vicioso que representa para la humanidad la corriente circular de los espíritus de Lucifer, vino Cristo, un representante de la generación de los Dioses, a restablecer el contacto perdido y esta nueva forma de relación encuentra su símbolo en la cruz +. La cruz significa que se ha superado el primer periodo de dependencia total; que se ha superado también el segundo en el que el conocimiento se obtenía tan sólo por la vía de la experiencia y era preciso sufrir para descubrir, de rechazo, el bien; y que se está viviendo en el tercer periodo, de contacto con la espiritualidad, pero con la propia conciencia para decidir cómo realizar su obra.

La Rosa blanca que aparece en el centro de la cruz, es el emblema de la pureza primordial, de la etapa en que el ser humano era inocente, antes del pecado original, y a la que está destinado a volver, una vez superados los lazos de la pasión.

Esta pasión vencida está simbolizada por las 7 rosas rojas, colocadas en forma de corona alrededor del entrecruce de los maderos. Cada rosa representa uno de los astros de nuestro sistema solar: Mercurio, Venus, Luna, Marte, Júpiter, Saturno y Urano.

El rojo es el color de la pasión. Nuestra sangre es roja porque es una sangre apasionada y se dice que los nobles –no los titulados, sino los que poseen esa cualidad en su fuero interno- tiene sangre azul, porque ya no viven en estado de pasión.

Cuando consigamos eliminar la pasión de nuestros cuerpos, nuestra sangre ya no será roja porque no absorberá el color marciano de la pasión y ese color saldrá al exterior, coloreando los siete centros de nuestro cuerpo, que son la puerta de entrada de las energías provinentes de los siete planetas. Los hindúes conocen estos centros energéticos con el nombre de chacras.

Cuando en lugares correspondientes a los chacras aparecen unos estigmas de color rojo, es la señal de que las 7 rosas empiezan a florecer alrededor de la cruz de nuestras experiencias humanas, significando que las corrientes energéticas de los siete planetas que circulan en el interior de nuestro cuerpo, ya no absorben el color rojo y lo rechazan al exterior.

Cuando este fenómeno ocurre, del mismo modo que las rosas pierden sus pétalos y derraman su semilla pura a la tierra, para ser fecundada, también las manchas rojas desaparecerán del cuerpo para dar paso a un puro color blanco, marmóreo. Será señal que el adepto ha empezado a derramar su semilla espiritual para realizar en el mundo su obra.

La rosa y la cruz es pues el símbolo del obrero consciente que realiza su trabajo en la obra de la creación, superadas ya las pasiones, sin egoísmos y sin ambiciones personales, al servicio de los demás.

Kabaleb

La Maleta 8 (el dossier)

(Capítulo IV, 2ª parte) La primera hora de la tarde llegó y en el pasillo se reanudó la actividad. José pudo ver a través de la reja como el dossier violeta salía de la "Comisión de Expulsión" para entrar en una de las últimas puertas del pasillo, donde debía encontrarse la sede del Bureau de las Naciones.

Unos minutos mas tarde, tres policías morenos salían del Bureau de las Naciones y a paso de ceremonia avanzaban en dirección a la sala de espera de los encausados. Una vez ante la reja, se detuvieron y esperaron a que le telón se levantara. El que iba en el centro llevaba en la mano un papel y por la expresión de su rostro se adivinaba que era portador de una misión. Los otros dos tenían aire de simple escolta...

Los tres penetraron en la sala y la reja cayo tras ellos. Se detuvieron en el centro y el que sostenía el papel leyó un nombre. Nadie respondió a su llamada, pero los tres hombres que se metían los dedos en la nariz, señalaron disimuladamente al encausado que dormía en el suelo.

- Traidores y soplones!, están en todas partes - le susurró al oído el compañero de José.
Los tres policías morenos avanzaron hacía el encausado dormido y se detuvieron ante su cuerpo.

- ¡Despertadle! - ordenó el que sostenía el papel.
Como si sólo aguardaran este imperativo, los dos policías de la escolta se precipitaron sobre el dormido, arrastrándolo hasta el banco mas próximo y sentándolo en él, sostenido por ambas axilas para que no cayera de nuevo.
- ¿Está despierto? - inquirió el policía que llevaba el peso de la ceremonia.

Sus dos colegas movieron la cabeza afirmativamente repetidas veces, agarrando por los cabellos al encausado para evitar que su cabeza cayera inerte.
Cumplidas las condiciones que sin duda requería el reglamento, el policía extendió ante su vista el papel y repitió el nombre del encausado, al que iba dirigido el oficio.

- Por infracción a la legislación de extranjeros, el Ministerio del Interior niega su permiso de residencia en todo el territorio nacional y en consecuencia decreta su expulsión del país.- Hizo una pausa y añadió: - Vistas las circunstancias particulares del encausado, ningún país ha manifestado su deseo de darle acogida.
Leyó la fecha y dando media vuelta se marchó.

Los policías que sostenían al encausado, por el contrario, se quedaron en el interior de la sala, en la que penetró también uno de los conserjes cojos llevando un gran saco y refunfuñando en alta voz.
- Otra vez la misma historia - gruñía -. Y ha sido inútil que pida el traslado a otra sección en la que se pueda trabajar de acuerdo con el reglamento.

Mientras hablaba extendía en el suelo el saco, al tiempo que los policías habían acostado en el banco al expulsado, que dormía de nuevo.
- Metedle ahí - ordenó el conserje a los dos policías, señalando el saco.
Los policías eran muy jóvenes y se dispusieron a obedecer, colocando el cuerpo dormido del expulsado de manera que reposara enteramente encima del saco.
José y los encausados despiertos seguían con curiosidad la operación.

Uno de los policías se quitó la chaqueta y se puso un mandil que había tenido la precaución de traerse en uno de los bolsillos. Fue al descubrir un enorme y afilado cuchillo, que los encausados se dieron cuenta de lo que se proponía hacer.

- Lo van a matar? - preguntó José con un sobresalto.
- ¡Qué remedio! - contestó el conserje en tono abrumado.- Qué quiere que hagamos con él si le han denegado el permiso de residencia y ningún país quiere aceptarlo. Anteriormente se concedía a los encausados uno o dos días de residencia, lo cual permitía cogerlos y transportarlos hasta la frontera más próxima, obligándoles a pasarla clandestinamente. Pero los países vecinos nos pagaban con la misma moneda y así teníamos un constante tráfico de fronteras, un aumento del contrabando... En fin, que no era solución. Se decidió pues no conceder un solo día de permiso a los expulsados y es forzoso hacerlos desaparecer para que no se conviertan en una anomalía, que inevitablemente estimularía otros abusos contra la legalidad. Pero como no han sido, ni mucho menos, condenados a muerte, nos vemos obligados a hacerlos desaparecer con una falta total de medios.

- Estos pobres muchachos - añadió señalando a los policías jóvenes - se encargan de esas tareas por puro celo profesional y sin percibir ninguna prima. Y lo que es peor, si como a menudo ocurre, después de este servicio salen con los trajes manchados de sangre, la administración se niega incluso a pagarles los gastos del tinte. Así son todas las administraciones, una vergüenza.

Entretanto, el policía encargado del sacrificio examinaba meticulosamente el cuello del expulsado, sin duda a fin de escoger el mejor punto en que hundir el cuchillo.
- Mucho cuidado - aconsejó el conserje.- Según como le pinches la vena, puede salir un chorro de sangre que nos salpique a todos.

El expulsado continuaba durmiendo, extenuado por varios días de ayuno y cuando el policía le hundió el cuchillo en el cuello, apenas se movió.
- Muy bien. Se ve que vas aprendiendo - dijo el conserje al policía, a manera de felicitación.
El muchacho parecía satisfecho de su obra y contemplaba como la sangre espesa iba saliendo a borbotones por el cuello del expulsado, empapando el saco.

- Lleváoslo pronto - ordenó el conserje.- Conviene no manchar el suelo de sangre, ya que las mujeres de la limpieza no están obligadas a quitar ese género de manchas, que se resisten a desaparecer con un lavado normal.
Con grandes precauciones, el cuerpo del expulsado fue arrastrado con el saco hasta el pasillo.

- ¿Qué es lo que harán ahora con él? - preguntó uno de los encausados al conserje cojo.
- Ese es un problema que hemos resuelto recientemente - explicó el conserje.- Nos es imposible trasladarlo al depósito de cadáveres, donde no aceptarían un cliente tan irregular. Además, ¿quien iba a pagar los gastos de sus traslado hasta allí?. Anteriormente, algunos policías jóvenes se habían comprometido a incinerar los cadáveres por su propia cuenta, pero jamás fueron reintegrados en sus gastos por la administración. Finalmente, hemos optado por una solución bien simple: como sea que cerca de la Prefectura pasa el rió, arrojamos allí los cadáveres de los expulsados. La brigada fluvial acaba, un día u otro, descubriendo los cuerpos. Entonces se inicia una información contra X para averiguar quien ha dado muerte al expulsado, y al cabo de un tiempo, al no surgir un culpable, el dossier se archiva y no se habla más del asunto. O bien caen sobre un infeliz que se confiesa culpable del crimen y lo meten en la cárcel. Ocurra lo que ocurra, el asunto ya no nos concierne y si lo seguimos es por pura curiosidad.

El telón de reja cayó sobre la puerta de la Sala de espera y por unos momentos todo volvió a su quietud. José se sentía anonadado. La magnitud de la tragedia que se había desarrollado ante sus ojos paralizaba su facultad de pensar. Triste condición la del hombre flotando en una pleamar de acontecimientos que ordena, braceando desesperadamente para moldear, para construir a su imagen una materia que es patrimonio común de la especie humana y que se desfigura apenas sensibilizada con nuestra huella personal.

Tal pensamiento cruzó el cerebro de José como algo independiente de su materia gris. A veces tenía la sensación de que su intelecto no era más que un teclado, sobre el cual entes extrañas imprimían intrincados pensamientos, empujando su cuerpo a la acción como un autómata. En ese preciso instante le parecía que una legión de individuos se servía de su cerebro para transmitir mensajes que no llegaba a descifrar. Ello le hizo ponerse de pie nerviosamente y acercarse a la reja.

En el pasillo había recomenzado la actividad. Agentes rubios y morenos circulaban con prisa y en gran número. Un dossier de color azul no tardó en hacer su aparición. José lo contemplaba con las manos crispadas, apretujando los hierros de la reja.
- Este soy yo - confesó a su compañero.- Me siento participar en la vida de este dossier azul.
- Pues el comienzo es bueno - observó el encausado.- Son los rubios quienes lo conducen.

- Si, pero los morenos forman legión, y...
José se interrumpió de pronto. Algo insólito acababa de ocurrir en el pasillo. Algo que hizo que los dos encausados se miraran siniestramente en los ojos. Los morenos acababan de sacar al pasillo un dossier de color negro, que iban llenando de papeles, en acción simultánea con los rubios, quienes continuaban en posesión de un dossier azul.
- Dos dossiers! - exclamó el compañero de José.
- Si, y los dos me pertenecen - confesó el noble exilado. Y con un suspiro cargado de remembranzas, añadió: - Así ha sido siempre mi vida.

Una lucha gigantesca empezó en el interior de José. En cada uno de los agentes morenos veía simbolizado, con una imagen esquemática y viva en su espíritu, sus errores. Sus grandes y monstruosos errores que le condujeron, primero al exilio, a la pérdida de su nobleza después, y a la pérdida incluso de los papeles susceptibles de hacerle recuperar sus títulos, para alcanzar, en un máximo declive, la triste situación de un indocumentado en instancia de expulsión.
Pero en los agentes rubios se hallaban vivificados sus triunfos parciales, los pequeños éxitos que le permitieron viajar, sin destruirse, de error en error.

Era como si dos fuerzas tiraran de su cuerpo en sentido contrario, como si estuvieran descuartizando su alma, separando los errores de las verdades. El film de su vida fue proyectado sobre la pantalla de su memoria en sentido inverso al de su evolución, comenzando por la última escena vivida y avanzando de forma metódica hacia su principio. Un tal proceso le permitía ver la relación causa-efecto en episodios que habían constituido su campo de experiencias.

Era un film monstruoso, irreconocible, el que pasaba ante su memoria. Los personajes no hablaban, ni siquiera tenían bien dibujado el rostro. Su única dialéctica eran los gestos y más que éstos, el sentido último de sus acciones. Así, el policía presentándose en el Hotel para pedirle los papeles, se le antojaba a José como la consecuencia directa de su actitud de unas horas antes, cuando se entregó al placer sexual que le brindaba Tulita. José se sentía representado, se sentía inductor, como si una partícula de su propia alma viviera en el policía y constituyera la fuerza que lo empujara hacía él para aportarle su pedazo de experiencia. Del mismo modo se sentía representado en el alma de Tulita, solicitando a través de ella su propia sexualidad.

José comprendió de golpe, visionando esas imágenes, toda la magnitud desoladora de su libertad. Era libre de crear su vida y contaba con medios poderosos para orientar a su vehículo físico hacia el bien o lanzarlo por el camino de la inconsciencia, que tan fielmente había seguido a lo largo de su existencia.

A la luz de esta revelación, José se dio perfecta cuenta de que los agente rubios y morenos eran, por así decirlo, partículas de su propio ser y recíprocamente, él era una partícula de ellos. Si era cierto, José podría mentalmente, y en cierta medida, dirigirlos, hacerse defensor de su propia causa.

Apenas formulado el pensamiento, José constató que el tráfico de agentes morenos había disminuido de forma considerable en el pasillo. Era evidente que para el dossier negro se había agotado el filón y los agentes que lo conducían viajaban de una puerta a otra, sin entrar en los despachos, como si se equivocaran de puerta, en plena deriva, vacilando caminar.

De pronto, el milagro se produjo. Los ojos de José y de su compañero se iluminaron con una suprema alegría, con un grito de triunfo. El dossier negro acababa de desaparecer. Cierto que el dossier azul, blasón de los agentes rubios, había desaparecido también. Una fusión acababa de operarse, dando vida a un nuevo y más resistente dossier de color rojo, que conducían con gran aplomo los agente rubios.

- Enhorabuena! - exclamó el compañero de José.
- Gracias. Pero a decir verdad, esperaba este cambio - aseguró el noble exilado.
No dio más razones a su compañero y continuó observado con una sonrisa que testimoniaba su gran contento interior. José se sentía satisfecho de sí y de la calidad de su espíritu, que le hacía intuir verdades tan esenciales para mejor conducir su vida.

- Es uno mismo y nadie más quien puede otorgarse un permiso de residencia en el país - se dijo.- Ese expulsado que con mis propios ojos he visto degollar, ya estaba en realidad muerto. Las fuerzas vitales que alimentan el cerebro y el sistema emotivo no lograban ya dar movimiento a su cuerpo. Las condiciones requeridas para morir estaban así creadas y era necesario que alguien certificara, por decirlo así, su defunción. El policía joven fue el encargado de esa tarea.

- Así debe ser como ocurre – se dijo José.- Nadie puede morir asesinado, si previamente no se ha tomado la molestia de crearse a su propio asesino.
Entretanto, en esos instantes de inatención, las cosas habían cambiado en el pasillo. Los agentes morenos desarrollaban una ofensiva; su número había aumentado y aún cuando los rubios continuaban conduciendo el dossier, sus fuerzas flaqueaban, apoyándose en la pared como para descansar, extenuados por la lucha.

José observaba con el alma en un hilo los vaivenes del dossier. Algo fallaba. El razonamiento que tanto orgullo le produjera estaba a punto de hundirse. Pero si era cierto su postulado, ello sólo podía significar que José, en sus instantes de reflexión, había vivificado sus errores, materializados en policías morenos, que adquirían preponderancia en el pasillo. Tal vez fuera su orgullo, su vanidad, la causante de aquel trastorno. Tal vez no pudiera influir sobre sus errores con la sola arma del pensamiento. Tal vez los errores, una vez diferenciados, cobraran vida propia y negaran obediencia al ser que los engendró.

Sea lo que fuera, José vio, impotente y crispado, como los agentes morenos arrebataban de las manos de sus colegas rubios el dossier.
Su compañero lo miró con incomprensión. José desfallecía. El mundo tan sólido que se creara un momento antes se volvía vaporoso y vago. Gruesas gotas de sudor inundaban sus mejillas y su frente. Las fuerzas le faltaban y José cayó de rodillas en un lamentable estado de postración.

- Dios mío, ayúdame - suplicó.- Todos mis errores han sido debidos a la incertidumbre, a mi ignorancia y también a mis deseos de hacer felices a los demás. Me arrepiento de mi último error. No era Tulita el camino para encontrar mi maleta. No lo fue nunca. Lo sé. Lo sé... Si es esto lo que debía comprender, comprendido está.
Era la primera vez que José se humillaba voluntariamente, confesando su error por ignorancia y no debido a supuestos tácticos, con que a menudo justificaba su acción.

Ese estado de humildad pareció tener efectos benéficos en el pasillo. Los rubios se habían recuperado y libraban a los morenos una batalla sin cuartel. Pero por desgracia, ya era tarde. La instrucción del dossier había tocado a su fin y un agente moreno lo conducía, debidamente atado, pasillo arriba, camino de la Comisión de Expulsión.
Cuando ya todo parecía perdido, allá en lo hondo del pasillo surge un sobrenatural resplandor, mientras un toque de cornetas anuncia la llegada de alguien o algo excepcional. Los agentes morenos echan a correr por el pasillo, tratando de encontrar refugio en las puertas laterales, pero éstas fueron violentamente cerradas por lo rubios, dejando a sus colegas en un estado de pánico atroz.

Los encausados observaban a través de la reja. La esperanza había vuelto en el corazón de José. Por fin apareció en el fondo del pasillo una mujer de larga cabellera rubia, montada en un deslumbrante caballo blanco y enarbolando un látigo amenazador en su mano derecha. Tras ella, todo un escuadrón de mujeres a caballo y armadas de látigos aparecen.

- Son las Asistentas Sociales - informa uno de los conserjes cojos, buscando la salvación detrás de la reja de la sala de espera.- Vienen tan solo cuando se ventila un dossier que vale la pena defender.
José lloraba de agradecimiento ante esa ayuda inesperada y casi milagrosa. Las Asistentas cabalgaban por el pasillo, prodigando latigazos a diestro y siniestro sobre las espaldas de los agentes morenos, que lanzaban gritos de terror.

Cuando el pasillo quedó libre de agentes morenos, bien porque yacieran inconscientes o porque emprendieran la huída por los pasillos laterales, las Asistentas Sociales se reagruparon, retirándose entre cantos gloriosos de triunfo de una polifonía imponente y perfecta.
Cuando el ruido de cascos de los caballos que montaban las Asistentas se hubo desvanecido, José se fijó en que su dossier yacía por el suelo, junto al cuerpo examine de un agente moreno. Pasado el peligro, un agente rubio recogió el dossier rojo y enarbolándolo por encima de sus espaldas, como para confirmar su triunfo, lo mostró a sus camaradas, que habían surgido de todas las puertas y armaban gran alboroto por el pasillo.

Pasaron aún varias horas antes de que José fuera llamado a las oficinas administrativas, de donde salió con un nuevo permiso de residencia en el país.
- Busque trabajo - fue la recomendación que le hizo el policía al entregarle el papel.

Anochecía cuando José salió de la Prefectura. En la puerta principal del edificio encontró a Tulita que lo esperaba. Estaba sola en la calle y vista de lejos, su silueta se recortaba sobre el fondo de nubes iluminadas por el último sol. Más que una mujer, a José le pareció un símbolo dibujado en pleno espacio. El símbolo de la soledad y de la compañía al mismo tiempo; lo impenetrable y lo familiar. Sentía a Tulita ya lejos de su mundo concreto, pero cerca, muy cerca del ser trascendente que vivía prisionero dentro de su piel.


Al apercibirlo, ella corrió a lanzarse contra sus brazos.
- ¡Por fin, José! - le dijo con una voz en la que se mezclaba el gozo, el sosiego y el llanto.
- Tulita, el único ser que podía esperarme - reflexionó tiernamente José acariciando los cabellos de la muchacha.
Se alejaron de la Prefectura enlazados por la cintura.
- Debes estar muy cansado - dijo Tulita y añadió:- En casa podrás descansar.
En lugar de responder, José hizo signo de que deseaba entrar en un café. Una vez instalados, el hombre cogió entre las suyas las manos de Tulita, para hablarle con una serenidad y unos deseos de comprensión poco habituales en él.

- Tulita - dijo.- Deseo que nos separemos un tiempo.
Hizo una pausa para observar la reacción de la mucha y al constatar su serenidad, prosiguió:
- Ambos nos hemos dado, por lo menos en lo que a mí respecta, experiencias fundamentales, que contarán sin duda al resumir nuestras vidas. Ello nos impedirá ser extraños el uno a otro y estoy persuadido de que nos encontraremos más tarde para amarnos de un modo puro y desinteresado, sin que ese amor sea, como ahora, condicionado a ciertas anécdotas, y que mirando la vida de un modo superficial, podríamos incluso creer que han sido esas anécdotas las que lo han creado.

Tulita seguía los razonamientos de José con una sonrisa de serenidad y altruismo en los labios. Parecía un símbolo y contemplándola, José se sentía estimulado a hablar.
- Yo sé que ese amor ya existía entre tú y yo - prosiguió - y que ha sido el amor lo que nos ha juntado para que, al encontrarnos frente a frente, de nuestras divergencias naciera la comprensión de ciertas verdades que no podían ser asimiladas en su estado puro por nuestro intelecto. En nombre de este amor, te pido que dejes que siga mi camino lejos de ti para volver, portador de mayores riquezas, a tu lado.

La sonrisa de Tulita era radiante cuando José terminó de hablar.
- La maleta... ¿José? - inquirió con un mohín de aprobación en los labios.
- Si - asintió él.- Ya nada logrará desviarme...
- Bien, José - repuso la muchacha.- Durante el tiempo en que hemos vivido juntos he podido admirar tu fidelidad por ese ideal. Si has pactado, si te has comprometido, ha sido siempre con la esperanza de mejor alcanzar tus fines. Puede que hayas errado en los medios, pero ni un solo momento has renunciado a tu ideal. Al llevarte preso esta mañana, he decidido ayudarte en la consecución de tu propósito y a tal fin me he entrevistado con Tuliferio-camarero. En resumen, hemos conseguido que te den un empleo en la Residencia del Sr. Barón. El jefe de personal te espera mañana a las siete.

José apenas podía creer lo que oía y la emoción y la gratitud que sentía hacia Tulita le impedían hablar.
- Así... ¿me han admitido en la casa del Sr. Barón...? - balbuceó.- Allí podré hablarle y él que está por encima de todo reglamento, me devolverá la maleta.
- Si, José - asintió Tulita.- Tu maleta está en casa del Sr. Barón y yendo a trabajar allí, no te será difícil recuperarla.

José abrazó a Tulita, estrechándola hasta que sus huesos crujieron, como para dar la medida del sentimiento anidado en el alma del noble extranjero. Luego se levantó con gran energía y dijo:
- Me voy.
- ¿Dónde José?
- A la Residencia del Sr. Barón.
- Ahora no, sino mañana de madrugada, a las siete - puntualizó Tulita.
- Me voy ahora y a pie - afirmó José con decisión.
- ¡Qué locura!. La Residencia está por lo menos a cincuenta kilómetros.
- No es locura, Tulita. Según mis referencias, la Residencia el Sr. Barón no es lugar al que se vaya descendiendo de un tren y con autobús hasta la puerta. Hay que ir allí en peregrinaje y buscando en la noche la mansión. Así iré yo. No me digas siquiera en que dirección debo ir, le quitaría grandeza a la epopeya. Un sexto sentido me guiará, como me ha guiado hasta ahora al encontrar sin proponérmelo, a gentes que trabajan en los negocios del Sr. Barón. De igual modo que caí en el Hotel de Extranjeros cuando mi vida precisaba esa experiencia fundamental, así también llamaré en la puerta de la Residencia mañana a las siete, puntual a la cita fijada. Adiós, Tulita. Nos veremos, nos veremos...

Al terminar las últimas palabras, estaba ya lejos de la muchacha, perdiéndose en los claroscuros de la ciudad mal alumbrada.

Tulita sólo pudo responder al gesto de adiós que le hacía con la mano y lo siguió con la vista hasta que se perdió entre la oscuridad y la muchedumbre de la calle.
Kabaleb

La Maleta 7 (entre rejas)

(Capítulo IV, 1ª parte)Tulita y José dormían profundamente cuando al amanecer fueron despertados por unos golpes insistentes en la puerta de su habitación.

- Quién es? - preguntó Tulita.
- ¡La policía!
José se sobresaltó. ¿Qué podía querer la policía en hora semejante? No recordaba haber infringido la ley en ninguna de sus normas.

Tulita abrió la puerta y un policía alto y moreno apareció en el umbral. Mostró su chapa en el reverso de la solapa y dijo:
- Documentación, por favor...

Tulita le entregó su carné de identidad, pero José no pudo darle mas que un papel caducado. Hacía ya tiempo que José había dejado de lado los problemas de la documentación. Como extranjero que era, el país en que residía autorizaba su permanencia en él a condición de que se procurara el carné de trabajador. José no pudo nunca presentar ese documento, puesto que vivió los últimos tiempos en la espera de recuperar sus derechos, y así se encontró un día con que el permiso de residencia le caducaba y no era posible su renovación. José empezó a vivir una existencia ilegal, pero se dijo que en cuanto sus derechos le fueran reconocidos, con dinero arreglaría la anormalidad. Con el tiempo, acabó por olvidar su circunstancia, que ahora le era recordada de manera tan brutal por la policía.

- Su documentación está caducada desde hace mucho tiempo. ¿Por qué no la ha renovado? - inquirió el policía.
- No podía presentar los papeles que me pedían como condición indispensable -dio José por toda excusa.
- así, ¿ha preferido Vd. la vida ilegal? - hizo una pausa y añadió: - Tendrá que acompañarme a la Prefectura.
- ¿Qué van a hacerle? - intervino Tulita.
- La encuesta reglamentaria - respondió el policía moreno, sin mayor explicitud sobre el asunto.

José se vistió sin decir palabra. El policía salió de la habitación para llamar en las puertas vecinas y al terminar el recorrido volvió para recoger al indocumentado.
José le siguió dócilmente y ya no volvió a cruzar palabra con el policía. Al llegar a la Prefectura subieron al quinto piso y José fue conducido a la "Sala de Espera" de los acusados.

La "Sala de Espera" se hallaba en un ángulo de un inacabable pasillo cuadrangular que daba la vuelta a todo el edificio. Ningún obstáculo le había impedido a José el acceso a esa "Sala de Espera", pero al penetrar en su interior, se dio cuenta de que una reja de hierro macizo caía verticalmente, a manera de telón, separando la "Sala" del pasillo. Se acercó a la reja en un movimiento instintivo de protesta y se dirigió al conserje cojo que, desde el pasillo, observaba la operación.

- Cómo ¿Estoy detenido?
- Nada de eso - informó el conserje con amabilidad.- Vd., como todos los que se encuentran en esta sala, está solo guardado a vista.
- Entonces, ¿para qué esa reja? - protestó José.
- Pura cuestión administrativa para facilitar el servicio. Habrá observado que es una simple reja sin cerradura. Cualquiera podría levantarla con la ayuda de las manos, aunque se precisaría una fuerza prodigiosa para ello. Trato pues de demostrarle que la Administración no los considera detenidos; ahora bien, como necesitaran de Vds. para entregarles los papeles, a fin de que no se cansen de esperar y se marchen, se les guarda a vista en esa "Sala de Espera".

Esa explicación detallada no satisfizo a José, pero como el conserje cojo se alejó, no le quedó más alternativa que internarse en la sala. Fue en ese momento que descubrió a sus compañeros. Eran ocho los hombres guardados a vista aquella mañana. Cuatro de ellos dormían tendidos en los bancos, colocados en paralelo a las paredes de la sala. Otros tres estaban sentados, reflexionando tal vez, con los dedos metidos en las narices. El último paseaba fumando un cigarrillo, aparentemente despreocupado de su circunstancia. En el punto en que se cruzaba con José, a guisa de saludo, le dijo:

- Despapelado, ¿eh? - y sin aguardar la respuesta, prosiguió su circuito alrededor de la habitación. al producirse la nueva conjunción con José, añadió:
- Yo entré ayer. Algunos de esos ya estaban - y continuó su ruta circular en torno a la sala.
José se acercó a la reja y apoyado en ella contempló la actividad que se desarrollaba en el pasillo. En ambos lados del pasillo se apercibían numerosas puertas, que conducían a los despachos de los agentes de policía. Continuamente entraban y salían hombres de los despachos, y al cerrarse las puertas de golpe, despertaban un eco en el pasillo, que era como una nota de la inacabada sinfonía de los papeles.

Los conserjes cojos eran los elementos más activos de aquel pasillo en que se desarrollaba el drama de los indocumentados. Entraban por una puerta, salían un minuto mas tarde con un dossier bajo el brazo y se introducían en otra puerta, donde dejaban el dossier, saliendo a su vez con otra carpeta de distinto color.
Contemplado con detalle, el espectáculo tenía algo de ballet, sólo que en lugar de bailarines, eran los conserjes cojos quienes sustentaban el estrellato, y la policromía se sintetizaba en los colores vivos de las cubiertas de los dossiers. El hecho de que todos los conserjes fueran cojos - heridos de guerra seguramente - daba al espectáculo un clima muy particular, único, que ejercía sobre José una extraña fascinación.

Cuanto más se concentraba en la actividad del pasillo, mayor número de detalles eran percibidos por su intelecto. De este modo pudo comprobar que todos los conserjes cojos padecían la misma clase de cojera, que consistía en mantener la pierna derecha rígida, de forma que para evitar que rozara el suelo, debían levantarse sobre la punta del pié izquierdo al avanzar. Los efectos visuales de un sistema tal hubieran sido nulos si únicamente hubiese estado activo en el pasillo un solo conserje. Pero ver a una docena de personas andar dando saltos matemáticamente regulares, era un placer para el espíritu selecto de José. No cabía duda que el cerebro que había concebido semejante espectáculo, poseía en alto grado el sentido de la coreografía.

Cuando sus ojos se hubieron saciado del espectáculo, José se entretuvo leyendo los rótulos que figuraban en cada puerta, en ambos lados del pasillo: "Informes", "Informes generales","Alejamiento","Comité de expulsión","Jefe de Servicio","Agentes","Agentes","Agentes"... Su vista no alcanzaba a leer los rótulos de las puertas que se extendían más allá.
De pronto, la actividad en el pasillo fue ralentizándose, hasta quedar totalmente despejado de conserjes cojos. El eco de la última puerta al cerrarse se diluyó en el aire y el pasillo quedó desierto. Era como si un primer acto acabara y se presentía ya el germen de una actividad preparada entre bastidores.

De forma paulatina, casi majestuosamente, la actividad en el pasillo recomenzó. Pero ya no eran conserjes quienes llevaban el peso de la danza de los dossiers, sino los propios agentes. No era necesario verlos para adivinarlo. Eran quizá agentes sin responsabilidad, subalternos, pero agentes al fin y al cabo.

José se dio cuenta de algo que le había pasado desapercibido; los conserjes iban calzados con zapatillas y sus pisadas no retumbaban en el pasillo. En cambio los agentes calzaban zapatos, con terminales de hierro en ambos extremos, de forma que al eco de las puertas al cerrarse se añadía la orquestación prodigiosa de las pisadas de los agentes, transportando de una puerta a otra sus dossiers.

El hombre que daba vueltas por la sala de espera de los encausados, se acercó a José y con los ojos desorbitados por un terror interno, le dijo:
- Ya vuelven! - y tras una pausa llena de consternación, añadió: - ¿Los oye? Están otra vez en el pasillo con los dossiers.
José no apercibía aún la importancia que para su futuro pudiera tener ese segundo acto de la danza de los dossiers, pero el acento trágico de su compañero de infortunio, con mas experiencia que él de los problemas de la documentación, impregnaba su ser de presentimientos funestos.

José y su compañero observaron en silencio, apoyados en la reja.
La actividad en el pasillo se hallaba en su punto culminante. Todas las puertas daban su rendimiento máximo y las entradas y salidas eran incontables.
- ¿No observa una cosa? - inquirió el encausado con reticencia.
- ¿Qué? - preguntó José sin mirarlo.
- En el pasillo está en juego un único dossier de color rojo-granada.
En efecto, no le fue difícil a José constatar que la observación había sido correcta. De los numerosos agentes que deambulaban por el pasillo, uno sólo ostentaba un dossier, que apretaba con las dos manos contra su pecho, como si temiera que se lo arrebataran.

- ¿Que significado le da Vd. a este hecho? - preguntó José.
- Es el dossier de uno de nosotros que está en estudio - respondió el encausado, como un lamento, y añadió: - Son los morenos quienes lo conducen...

Había tanta consternación en esta última frase que José se creyó obligado a pedir una aclaración.
- No comprendo que quiere insinuar.
- Llevo ya veinticuatro horas en esta sala de espera y he podido observar ciertas técnicas del reglamento.- Hizo una pausa y señalando el pasillo, prosiguió: - Vea Vd. como unos agentes son rubios y otros morenos.

José fijó la mirada en el infinito del pasillo.
Los agentes rubios, en menor número, intentaban en vano apoderarse del dossier, protegido ardientemente por los morenos. En uno de los frecuentes eclipses que sufría la carpeta en los despachos de los agentes, sus cubiertas cambiaron de color. Tal circunstancia inquietó enormemente al compañero de José, quien exclamó alarmado.

- ¡Ha visto! El dossier ya no es rojo sino morado. Además, lo sé porque he trabajado en una papelería, la antigua cubierta tenía una resistencia de cinco kilos, mientras que la morada tiene una resistencia de diez.
- ¿Qué significado puede tener? - inquirió José.
- Está claro - respondió el hombre - el expediente tiene ramificaciones, se complica, y las cubiertas previstas en un principio ya son inutilizables. Si hubieran sido rubios los responsables de ese aumento de peso, el augurio hubiese sido bueno; pero son los morenos quienes meten papeles, sin duda acusadores.

En ese instante, uno de los guardados a vista que dormía encima de un banco, comenzó a sufrir extrañas sacudidas que convulsionaban todo su cuerpo.
- ¡Mire! - gritó el compañero de José.- Este debe ser el titular del expediente. Observe como se sobresalta. Su sensibilidad le avisa de que un peligro inminente le acecha.
Durante unos segundos ambos expedientados contemplaron inmóviles el cuerpo de su compañero, preso de dramáticas convulsiones. Los tres hombres sentados que metían los dedos en sus narices, eran también testigos impasibles de aquella impresionante escena.

En una convulsión de mayor calibre, el cuerpo del expedientado cayó al suelo. Todos esperaban que el golpe lo despertara, pero tanta sería su fatiga que el hombre continuó durmiendo, preso de convulsiones cada vez más violentas.
Mientras tanto, en el pasillo, el dossier morado iba aumentando de volumen. Los agentes rubios eran incapaces de contener la avalancha de sus colegas morenos, quienes se pasaban el dossier con la mayor prudencia. Parecía que el pasillo se hubiera convertido en un campo de rugby, donde se jugara un gran match.

- Los rubios han perdido la partida - comentó el compañero de José, y añadió: - No daría dos céntimos por la vida de este hombre - al tiempo que señalaba al infeliz durmiente, que se desplazaba en el suelo al ritmo de sus convulsiones.
- Pero antes de decidir su suerte, tendrán que interrogarle - hizo notar José.
- No, no... - negó el hombre, moviendo la cabeza con fatalismo, y le susurró al oído - Lo saben todo! Todo...
Luego, como queriendo justificar la actitud de los policías, añadió:
- ¿Por qué iban a interrogarle? Bien saben que se defendería, tal vez negando lo que es verdad. el dossier no debe comportar la más mínima contradicción. Si los agentes rubios se ven impotentes, poca cosa podría hacer ese desgraciado.

En el pasillo, la instrucción del expediente tocaba a su fin y José y su compañero pudieron ver como un agente moreno, llevando en brazos el dossier violeta, debidamente atado con un cordel, entraba en la puerta que sustentaba el rótulo "Comité de Expulsión". El agente volvió a salir, ya con las manos vacías y la actividad en el pasillo fue decreciendo hasta llegar a un reposo completo.
Poco después sonó la sirena del mediodía y los agentes se marcharon a comer.

Uno de los conserjes cojos quedó en el pasillo de permanencia y se acercó a los encausados para hablarles.
- Por ahora no ha tenido suerte su compañero - les dijo, señalando con la cabeza al hombre que dormía en el suelo, el cual parecía haber reencontrado su placidez.
- ¿Qué le harán? - inquirió José.
- Su dossier se encuentra en la mesa del Comité de Expulsión. Es probable que su expulsión sea decretada, pero no todo está perdido para él, ya que en el fondo del pasillo, en el último despacho a la derecha, se halla el Bureau de las Naciones, que es la oficina internacional donde el dossier rechazado desemboca finalmente, a fin de que sea examinado por los representantes de los distintos países, por si el encausado puede ser útil en alguno de ellos. Allí se estudia su profesión, capacidades, edad. etc. y si alguien lo acepta, entonces el detenido queda autorizado a ganar el país en cuestión.

Hubo una pausa en la que todos reflexionaron, y el conserje prosiguió:
- Pero no cabe hacerse ilusiones sobre el resultado de esta gestión in-extremis, porque si el país en que el encausado se encuentra lo rechaza, hay pocas posibilidades de que lo acepten los demás, que en caso de aceptación, tendrá que satisfacer la mitad de los gastos de transporte. No obstante, recuerdo algunos casos.

Escuchando al conserje cojo, José tuvo de pronto conciencia de la situación y pensó que estaba viviendo en un mundo de locos. Sin embargo, aquel era el universo real, el de las instituciones, el organizado por la sociedad en bloque. Un universo, cuya legalidad era defendida por millones de policías y de soldados, centenares de miles de jueces y abogados, al mando de legiones impresionantes de agentes y subalternos.

El conserje cojo, afanado en la exhibición de sus conocimientos, sacó a José de su meditación.
- No todo termina ahí - reanudó el mutilado.- Como acabo de decirles, el país que acepta el extender un permiso de residencia al encausado, debe correr con la mitad de los gastos de transporte. La otra mitad corre a cargo de la administración de nuestro Ministerio del Interior. En caso de decisión favorable en el Bureau de las Naciones, hay que pedir al país aceptante si está dispuesto a sufragar la mitad de los gastos, ya que de negarse a ello, el ofrecimiento del país en cuestión queda sin validez y para el detenido es lo mismo que si no lo hubieran aceptado.

- La verdad es que las administraciones de los países extranjeros, sobrecargados de gastos, no ven con buenos ojos tales operaciones, que se saldan inevitablemente con una pérdida; ya que la importación de un individuo expulsado de un país, según se ha demostrado en más de una ocasión, es ruinosa para cualquier otra economía, debido a las pocas afinidades que sienten esos individuos para con el trabajo. De modo que raras veces responden afirmativamente, y si lo hacen, tardan tanto tiempo, que el encausado ha expirado ya, puesto que mientras se encuentra sometido al régimen de los "guardados a vista", al no entrar en los beneficios de la administración penal - ya que en realidad no está detenido - no recibe indemnización alguna ni en metálico ni en especies.

En otras palabras, no hay presupuesto para la comida y cada "guardado a vista" debe pagarla de su propio bolsillo, siempre que encuentre un funcionario de la sección de investigaciones que se preste a irla a buscar, lo cual es raro también puesto que los conserjes, a quienes correspondería la gestión, son todos cojos y no pueden permitirse el lujo de subir y bajar de un quinto piso cuatro veces por día.

El conserje se alejó unos pasos para dar una ojeada a los dos pasillos que convergían en aquel punto. José y su compañero se miraron en silencio y contemplaron después el resto de los encausados, con una mirada curiosa y ausente a la vez, como las gallinas se observan unas a otras en los gallineros. Si quedaba en ellos un residuo de dignidad humana, la exposición metódica del conserje la acababa de arrancar.

En los últimos tiempos, José había conocido momentos de adversidad, pero jamás su personalidad biológica y psíquica estuvo más próxima a la desintegración que en aquellos instantes en la sala de espera. José se sentía bulto en trámite de importación, no como viajero, sino como carga. De pronto, un gran cansancio le invadió. Recordó que el policía lo había despertado muy temprano y decidió acostarse encima de un banco, imitando a sus cuatro compañeros. Pero en ese instante, el conserje se acercó de nuevo y reemprendió su monólogo informativo.

- Tal como les decía, como generalmente los encausados no son gente rica, si deben esperar la respuesta de la administración extranjera, se mueren de hambre aguardando. Pero suponiendo que un encausado sea lo bastante fuerte para resistir la espera, hay que arreglarse aún con la administración de la compañía de ferrocarriles para que el transporte pueda efectuarse. Y he aquí que la compañía viene obligada a transportar al encausado a una tarifa especial que no va mas allá del 50% de la corriente, cantidad que le es embolsada, la mitad por la administración del Estado y la otra mitad por el país que ha aceptado al sujeto. Pero la administración del Estado y la de los ferrocarriles no se llevan bien. La una tarda en pagar a la otra y a ésta no le interesa efectuar transportes por cuenta del Estado, dado que paga tarde y mal. Sin embargo, como la misma compañía de ferrocarriles pertenece al Estado, es evidente que no puede negarse a transportar a los encausados, una vez la administración ha dado su acuerdo. Lo que hace únicamente es retrasar la fecha del transporte, pretextando que no hay plazas vacantes o que los cupos de sujetos que viajan por cuenta del Estado están cubiertos. Ese doble retraso, el de la administración extranjera y el de los ferrocarriles, es fatal para el encausado, y cuando la decisión llega, hace ya tiempo que ha expiado.

El conserje cojo gozaba de un placer sádico viendo las caras descompuestas de los encausados una vez al corriente del triste fin que les esperaba en el caso de ser expulsados.
- En realidad el problema es mas complejo - prosiguió como para animarles - ya que la sección de investigadores carece de presupuesto para pagar los entierros, en caso de defunción en la sala de espera, y lo que les interesa es desembarazarse pronto de los encausados que han sido aceptados por otro país. Si la muerte les sobreviene en esta sala, el reglamento exige que, no tratándose de detenidos vulgares, se les haga un entierro con ceremonia, corona y sacerdotes. Los gastos del entierro deben ser sufragados por los agentes que prestan su servicio en esta sección, razón por la cual tanto rubios como morenos se hacen abogados de los encausados, para que su transporte sea efectuado lo mas pronto posible.

El conserje se alejó definitivamente y José fue a sentarse en un banquillo para mejor meditar. Estaba cansado, pero su cansancio no era de los que se calman durmiendo. Tenía la impresión de que llevaba persiguiendo una maleta que no acertaba a alcanzar. A veces cambiaba de forma y José pasaba años, décadas, siglos viviendo a su lado sin reconocerla, hasta que un día, de pronto, sin que nada hiciera esperarlo, el objeto anhelado se hacía perceptible a sus sentidos y se materializaba en un lugar inalcanzable. Toda su vida podía resumirse en esas épocas de persecución, seguidos de períodos de caída, de desánimo, de deseos de desaparecer como el que ahora se iniciaba. Cuanto más grandes eran sus esperanzas de conquistar la felicidad, más intensos eran después sus deseos de abandono.
Kabaleb

La Maleta 6 (la proposición de matrimonio)

(Capítulo III, 2ª parte). Fue paseando por la orilla del rio cuando su decisión se fraguó. José había procurado siempre buscar en su propia vida la razón de sus fracasos, en lugar de pensar, como tantos otros, que la culpa reside en la maldad, la tontería o el egoísmo de los demás. La ventaja de su sistema residía en el hecho que tomándose a si mismo como culpable, le era posible modificar su conducta, de manera que atrajese hacía si un género nuevo de acontecimientos.

- Mi equivocación - se dijo - está en que abordé a Tulita con una óptica equivocada. Fui a ella como si fuera mi único problema el que estuviese en juego y como si ella sólo hubiese sido creada para servirme en esta ocasión. Pero ella también forma parte de esa circunstancia que nos ha unido y tiene que cosechar el fruto, para cuya operación yo soy su instrumento. Debo ayudarla a servirse de mí como yo me sirvo de ella.

Una vez planteado el problema en esos términos, faltaba únicamente la solución. Solución que José había descubierto ya.
- De qué modo puedo yo servirle? - continuó razonando.- Casándome con ella. Si gracias a ella recupero mis títulos de nobleza, no es acaso justo que consienta ese sacrificio? Así Tulita se transformará en noble, como yo, y será co-participe de todos mis privilegios.

Ese sacrificio, que sólo su egoísmo le impidió consentir antes, transformaría la naturaleza de las relaciones con Tulita y lo pondría de nuevo en la ruta de sus fines.
Aquella noche, después de cenar, José pidió a Tulita que le escuchara y con modulaciones adecuadas a la importancia de su exposición, dijo:
- Llevamos ya días juntos, semanas, y tengo la impresión de que son meses o años el tiempo pasado a tu lado. Y sin embargo, Tulita, cuán poco nos conocemos! - hizo una pausa. Las pausas ocupaban un importante lugar en las observaciones de José. Él lo sabía y las lanzaba con arte, sometiendo a su ritmo al interlocutor.

- Yo sé de tí, que has pasado tu infancia en el campo y que eres huérfana de padre y madre. Tú, de mí, no sabes nada.- Una pausa y prosiguió: - Me has visto llegar a tí, he aceptado tu hospitalidad y jamás te has preguntado que motor ha movido mis músculos cuando te solicité aquella mañana en el café.
Tulita lo escuchaba sin interrumpirle, medio incorporada en la cama. Fue una sorpresa para José el hecho que la muchacha, en una de sus pausas, rompiera a hablar.

- Te equivocas, José - dijo sin mirarlo.- Estoy perfectamente enterada, lo estuve siempre, de los móviles que te impulsaron hacia mí. Sabía que querías recuperar la maleta abandonada en el sótano del Hotel y suponías que yo me prestaría a esa tarea ingrata.
El asombro de José no tenía límites.
- Pero, quien te dijo? Cómo supiste? - exclamó.
- Fue la misma patrona del Hotel quien me puso en guardia ya antes de conocerte.
- Así, cuando viniste al café, ya sabías...
- Si, ya sabía. Y sin embargo vine porque esperaba hallar en tí la compañía que tanto me faltaba. Fingí primero un carácter que no era el mío, a fin de poner a prueba tu interés hacia mi. Pasaste la prueba positivamente y me entregué a tí con la esperanza de que mi amor te haría olvidar la maleta. Por momentos pensaba haberlo conseguido, pero después comprobaba que la maleta seguía fija en tu mente como una obsesión.

La voz de Tulita estaba impregnada de una inmensa tristeza al confesarse ante el asombrado José, quien se hallaba dividido entre su deseo de estrecharla en sus brazos y las ganas de gritarle "Loca!", como has podido imaginar ni siquiera un momento que iba a renunciar por ti a por otra cualquiera a mi maleta?.

Tulita se incorporó y sin mirarlo, con la vista fija en sus propios pensamientos, o, más exactamente, en sus ilusiones, prosiguió su monólogo:
- Yo pensé, cuando me hablaron de tí: La maleta no es más que el pretexto que nos permitirá ponernos en contacto, Lo real es que Dios me lo manda para colmar mi soledad, para que sea mi amigo, el compañero de mi vida. Mi amor hará que olvide el pretexto que lo ha traído a mí y después, pasado un tiempo, sólo pensará en amarme.

El asombro impedía a José dar rienda suelta a su indignación. Cómo pudo llegar a pensar que la maleta fuera el pretexto, cuando en realidad ocurría exactamente lo contrario, que su amor era el pretexto que hacía posible lo esencial, la recuperación de la maleta! Decididamente, el uno se encontraba en el polo opuesto del otro. Pero en su vida de exilado, José había adquirido la habilidad de la conciliación. José estrechó a Tulita entre sus brazos y con un entusiasmo que no iba con su acostumbrada frialdad, le dijo:
- hemos ido el uno al otro por caminos distintos. Pero fíjate bien, Tulita, que nuestros intereses convergen ahora. Fíjate como ambos podemos alcanzar nuestro objetivo dando plena satisfacción al otro. En el tiempo pasado juntos he aprendido a quererte y tú te has convertido en mi igual. Nada te impide participar con todo derecho a mi nobleza. Ahora que hemos llegado a esa comprensión, apoderate de mis papeles y casémonos, Tulita.

Su entusiasmo y sus ganas de convencer salían de él demásiado exageradas para que Tulita pudiese aceptar sus palabras como verdaderas. Fue con amargura inmensa que la muchacha respondió a José.
- No te engañes acerca de mis posibilidades, querido mío. Ahora parecemos iguales. Lo parecemos porque tú vienes obligado a vivir de una manera que no corresponde a tu alcurnia y yo puedo adaptarme a un noble desposeído. Pero, ya ves, no soy más que una campesina, jamás podría ser la mujer de un noble. Si llegara el caso, lo verías tan claro, que te separarías inmediatamente de mí.
Tú idealizas la condición de noble, Tulita. Es seguro que te adaptarías y yo, por mi parte, el agradecimiento de por sí haría que te amara eternamente.
Tulita imprimió en sus labios un nuevo rictus de amargura.

- Agradecimiento..., eso es precisamente lo que no quiero, José, que me estés agradecido.- Hizo una pausa, impregnada de vibraciones melancólicas, y prosiguió: - Lo había soñado tan bello...! Por qué no podríamos tratar de vivir una vida simple, gozando de nuestra pequeña felicidad...? Yo trabajaría para tí... Solo te pido tu compañía... Dios lo quiera así, puesto que te ha mandado a mi lado.

José, que sus años de exilio habían sensibilizado, estaba próximo a enternecerse, pero la última frase de Tulita corto en seco ese proceso. Qué manía la de la chica, de considerar a José como un instrumento que Dios le ponía en manos para satisfacerla! Cuando la verdad era todo lo contrario. Fue él quien la solicitó, él quien calculó fríamente. Jamás la palabra instrumento estuvo mejor aplicada a un ser humano que a ella. Pero sólo la diplomacia podía hacerle ganar la partida y José contemporizó.

- La felicidad? No te digo que renunciemos a ella, sino que reclamo la felicidad en mayúscula. Por qué quieres estropearte las manos sirviendo, cuando podemos disfrutar de una fortuna que nos dispense para siempre de trabajar? La maleta, Tulita, la maleta! - clamó José.- Ayúdame a recuperarla y te prometo que seré tuyo para siempre, que estaré siempre a tu lado sin desfallecer.
Tulita hizo sentir su decepción, en la que no estaban ausentes unos tintes de agresividad.

- Yo te pido amor y tu me ofreces un contrato - dijo.
José tuvo que realizar un repliegue táctico, refugiándose en la generalidad.
- Si lo miras de este modo, todo son contratos en la vida. Contrato quiere decir compromiso. Pues bien, lo que yo he tratado de decirte es que yo te quiero por ti misma y tal como eres. Si gracias a tu apoyo puedo recuperar mis derechos y mi alcurnia, te garantizo que mis sentimientos hacia tí no cambiarán y que seguiré queriendote como ahora te quiero.
Tulita pareció más conforme con esa explicación.

- Pero dime, José - inquirió -. Si fuera otra persona la que se apoderara de tus papeles y te los trajera, sin que yo interviniese en el asunto, te casarías conmigo?
A José le pareció absurdo semejante razonamiento formulado en condicional. Era inútil y arriesgado predecir lo que haría si tal o cual cosa ocurriera. Lo mejor pues era dar la respuesta esperada por la muchacha, que era la que más favorecía sus propios intereses.
- Pues claro que si.

Tulita, por vez primera en el curso de la conversación, sonrió satisfecha y buscó el amparo del pecho de José para acurrucarse en él.
- Mira, hagamos una cosa. Deja que pase una semana. Si durante este tiempo no has renunciado a tu maleta, yo te traeré los papeles y aún la misma maleta, si es preciso - y acariciando su nuca, la muchacha añadió: -Pero pienso hacerte tan feliz durante esa semana, que es seguro que acabarás por decirme: Querida mía, deja los papeles allí donde están. Lo único que necesito son tus brazos para que me prodiguen caricias por la noche al acostarme y por la mañana al despertar.

José no añadió ningún comentario, limitándose a prestar su colaboración a la caricia. Lo importante era que una fecha había sido fijada y que era la propia Tulita quien la había propuesto. Había esperado tanto, que una semana más, bien podía soportarla.

Los días que siguieron a esta entrevista, que José calificó justamente de crucial, fueron vividos por uno y otro de manera nerviosa e incoherente, sobre todo por José, que era el más afectado por el plazo de espera. Si leía, si paseaba, si pensaba, se interrumpía de pronto, como si otra cosa urgente lo reclamáse. Vivía como esperando el tren, sin decidirse a empezar algo porque todo lo que le rodeaba llevaba el sello de lo provisional.

¿Por qué empezar nada nuevo si al cabo de una semana su vida debía sufrir un cambio profundo y todo cuanto le rodeaba no le interesaría ya más?
Por la mañana, José se obstinaba en dormir hasta que Tulita irrumpía en el cuarto con el plato de la comida. Por la tarde, pasaba horas y horas contemplando a los pescadores de caña en la orilla del rio.
Uno de ellos, un hombre viejo y mal afeitado, le sorprendió un día con una alusión directa a su asunto.
- Qué? - le dijo - Aún sin recuperar los papeles...?
Más que extrañado, José se sentía indignado y escandalizado. ¿Cómo un pescador de caña podía estar al corriente de sus asuntos? ¿De dónde había procedido la indiscreción? Adivinando sus dudas, fue el propio pescador quien le aclaró:

- No le extrañe mi pregunta. suelo vender mis carpas a la dueña del Hotel de Extranjeros. Desde hace tiempo no se habla allí de otra cosa que de su asunto.- Se interrumpió para tirar de la caña. Falsa alarma. Lanzó de nuevo el anzuelo al agua y prosiguió:
- Le he visto algunas veces acompañando a Tulita, y por ello supongo que usted debe de ser José.

- Así es, buen hombre – le confirmó el noble desposeído. Y con esa propensión a confiar al prójimo los problemás que todo hombre tiene, José añadió: - Me preocupa lo que acaba de decirme, porque significa que Tulita estará ahora muy vigilada.
- Mire, yo estoy al margen de sus problemás - puntualizó el pescador - y no sé si piensa usted en recuperar la maleta o si ha renunciado a ella. Pero puedo asegurarle que Tulita no será objeto de ninguna medida de vigilancia.
José se sentó junto al pescador, a fin de que éste pudiera hablarle y estar atento a su negocio al mismo tiempo.

- No pueden someterla a vigilancia - repitió el pescador - antes de efectuar la sustracción de documentos, porque si tal hicieran, quebrantarían las normas sobre la libertad individual, en virtud de las cuales no se considera que la intención de faltar constituya en sí una falta.
José iba asintiendo con la cabeza, mientras su vista seguía las incidencias del anzuelo en la superficie del agua.

- Tulita comenzará a ser culpable en el momento en que se apodere de los documentos de su maleta, pero ni un minuto antes. Ahora bien, ni la dueña del Hotel ni nadie está habilitado para abrir una maleta retenida a un cliente insolvente, ni siquiera para comprobar si falta algo. Con ello quiero decir que a menos que Tulita sea sorprendida en el momento de efectuar la sustracción, nadie podrá jamás saber si ha faltado o no al reglamento. La Administración del Hotel, todo lo más, sospechará esa falta, si se entera de que usted ha recuperado su dignidad. Pero siempre podrá decirles que se había usted equivocado al creer que los papeles estaban en la maleta y que en realidad los tenía en otro sitio. Ellos jamás podrán comprobarlo.

La interpretación del pescador llenó a José de optimismo. Por lo que conocía de la estructura complicada del reglamento, las cosas debían pasar tal como aquel hombre las refería y no dudaba ya que la maleta o los papeles estarían en sus manos en plazo breve.
La única dificultad, si dificultad era, residía en Tulita. La muchacha estaba dispuesta a luchar para salir victoriosa del match que la oponía a José. En el transcurso de la semana adelgazó aún más y solía venir sumergida en una profunda tristeza. José multiplicaba su solicitud en cuanto a ella, la acogía en sus brazos como una niña y llenaba su rostro de besos.

- Por qué estas triste? - le decía.
Ella esbozaba una sonrisa, que por contraste acentuaba aún más la tristeza de su semblante y trataba de explicar:
- Yo quisiera... - se interrumpía de pronto, como si diera previamente por sentada la inutilidad de formular su deseo, y se frotaba como una gata en el cuerpo de José.
- Dime lo que quisieras - insistía José, conocedor de lo dañinos que pueden ser los deseos retenidos sin encontrar posibilidad de expresión.
- Quisiera... - reanudaba la muchacha - que me dijeras que me quieres más que a tu maleta, que me prefieres a todo.
- Pues claro que si - clamaba José.- Son cosas distintas y sin posible comparación. Yo te quiero a tí independientemente y con exclusión de toda otra cosa.

Tulita parecía agradecer sus palabras y recuperaba la alegría durante unas horas.

Llegó por fin el vencimiento del plazo ofrecido por Tulita. Contrariamente a sus hábitos, José levase levantó antes que la muchacha, presa de un sueño pesado, hasta el punto de que tuvo que despertarla a fin de que no llegara tarde a su trabajo.
Tulita se lavó y peinó sin decir palabra, mientras José paseaba inquieto por la habitación. cuando se sentaron para tomar el desayuno, José rompió el silencio.

- Una semana ha pasado desde la importante conversación que tuvimos sobre nuestros sentimientos, en esa semana has podido darte cuenta de que mi amor hacia tí estaba más allá de toda consideración. Creo pues expresar tu pensamiento si digo que tu juzgas, como yo, que la recuperación de los papeles es esencial para nuestro futuro.

Hizo una pausa y ante el silencio de Tulita, añadió:
- No pierdas un minuto más, Tulita. Ha llegado el momento; de irrumpir en el destino por el cual has sido creada. Apoderate de mis papeles. No te será difícil encontrarlos. Se hallan dentro de un dosier azul.
Contra lo que era de esperar, Tulita habló sin ninguna amargura, incluso sin resignación, como si otorgara un premio a alguien que lo ha merecido.
- Está bien, José. Puesto que así lo quieres, así lo haré.- Y sin cambiar el tono añadió: - Muchas veces me has dicho en el curso de esta semana que me preferías a tus papeles y a tu maleta. Debo entender que me has mentido?
José hizo frente a esta última dificultad con serenidad.

- Creí haberlo aclarado. Te he dicho repetidas veces que es a ti a quien prefiero. Pero en este caso la vida no me sitúa en la obligación de escoger. Tú eres la única que podrías obligarme a ello y te pido que confies en mí.
- Muy bien - resumió Tulita - me place oírte hablar así y quiero que conste esa preferencia hacia mí. Si no he comprendido mal, en el caso de que la vida te obligara a elegir, me elegirias a mi, ¿no es eso?

José ya estaba acostumbrado a ese género de suposiciones que con tanta frecuencia formulaba Tulita y que parecían guiarla en el momento de las decisiones graves. Su respuesta era siempre la que más convenía a sus intereses del momento, sin preocuparse de si correspondía o no a la verdad de su instante mental.
- Has comprendido correctamente - atajó José, y dándole una palmada en la nalga dió por concluída la controversia.

- Te esperaré en el café, frente al Hotel. Así no tendrás que subir tantas escaleras.
Primero descendió Tulita y momentos después José. A pesar de sus deseos de dominarse y de pretender que aquel era un día como los demás, José no podía impedir que treparan a su garganta los compases de una canción. En vano, al darse cuenta, se callaba y acentuaba su gravedad. La canción surgía de nuevo, amenazando con terminar con varios años de austeridad.

José se instaló en el café, junto a la ventana, a fin de apercibir a Tulita apenas saliera de Hotel. Mientras sorbía su café, pensaba en los primeros pasos a dar cuando tuviera en mano los papeles. Lo primero sería buscar un buen abogado, capaz de hacerle obtener un préstamo en un Banco, para hacer frente a los primeros gastos. Después...

Tulita tardaba en llegar. Cierto que la muchacha debía aguardar el momento oportuno. Pero algo más llamó la atención de José. Desde hacía un rato el Hotel de Extranjeros se había convertido en centro de una extraña actividad. Primero fue un coche que se detuvo frente a la puerta del Hotel y tres señores vestidos de etiqueta descendieron del auto y entraron en el HOtel. Por sus vestidos impecables se adivinaba que no eran clientes. Otros coches se detuvieron frente al primero y nuevos señores vestidos de gala se metieron en el Hotel. En los minutos que siguieron el Hotel se convirtió en un verdadero lugar de peregrinación para señores enguantados. Algo anormal debía ocurrir. ¿Qué...?

José comprendió cuando vió llegar y detenerse junto al Hotel el coche de los difuntos. Alguien había muerto y a juzgar por el acompañamiento fúnebre, debía ser alguien de marca.
Pero ahí estaba Tulita, dispuesta a sentarse para tomar un café. José, que había aprendido a leer en los rasgos de su rostro, se dijo que la muchacha estaba más bien de buen humor.
- ¿Qué es lo que pasa? - inquirió José con tono apresurado.
- La patrona ha muerto esta noche de repente - comunicó Tulita.
- Entonces no tendrás dificultad ninguna en obtener los papeles - encadenó José.
- No la tendría - hizo observar la muchacha - si las maletas estuvieran en el sótano. Pero lo cierto es que han desaparecido.
Hubo un momento de silencio dramático. José contemplaba a Tulita sin acabar de admitir lo que oía.
- ¿Desaparecido? ¿Pero dónde? En algún sitio deben de estar. Es contrario al reglamento.

José lanzaba al azar frases de protesta, como si ellas tuvieran la virtud de devolverle la perdida maleta.
- Se dice que las han transportado a la Residencia del Sr. Barón - informó Tulita.- Lo han hecho al amanecer y la orden ha venido, por lo visto, de la superioridad.
- Pero es absurdo – se reveló José.- ¿Por qué sacar las maletas del Hotel?
- Porque ya no es Hotel - prosiguió Tulita.- Muerta la gerente, la Sociedad que lo explota ha decidido cerrar las puertas, al parecer porque no disponen de una persona de confianza que quiera ocupar este cargo - y echando un sobre encima de la mesa, añadió:- Estoy despedida. Me han pagado un mes adelantado y esta noche debo dejar libre la habitación.

José estaba anonadado ante esa derrota imprevista. Se sentía de nuevo juguete de aquella imponente máquina que era la Sociedad y pensaba que todos eran agentes que jugaban su vida contra él. ¿Por qué esa sincronización perfecta de todos los elementos? Cuando decidió abandonar a Tuliferio-cocinero, como por casualidad, Tulita empezaba su servicio en el Hotel, y al término del plazo que le impusiera la muchacha, fallecía la patrona del Hotel con un perfecto sentido de la coordinación.
Cierto. Los acontecimientos eran demásiado monstruosos como para pensar que fuera la Sociedad quien los ordenara. Era absurdo pensar que la gerente del Hotel murió con la única y exclusiva misión de impedir que su cliente recuperara la maleta. Pero, ¿no sería una pantomima lo de su muerte? Bastaba ver el número extraordinario de señores enlutados que habían acudido al entierro para convencerse de que no. José se volvía paranoico ante el peso de sus desgracias.

El cortejo fúnebre se ponía en marcha y José se levantó.
- ¿A dónde vas? - inquirió Tulita.
- No lo sé. Al entierro - decidió José.
- Tengo que retirar los trastos de la habitación. ¿Dónde te veré luego?
- No lo sé - repitió José.- Y dándose cuenta de la realidad, añadió:- Déjale recado a la conserje sobre tu paradero. Ya te encontraré.
Salió a la calle y se sumó a la comitiva fúnebre, como si en aquel entierro tuviera que encontrar un rastro de los papeles. Todos andaban en silencio y sin mirarse, como agobiados por un indecible dolor.
Llegaron a la iglesia y sin explicarse como, José se encontró en la primera fila, junto al coche fúnebre. Uno de los que acompañaban el duelo le señalo con el dedo y empujándole por los hombros, le condujo a no se sabe que extraña misión.

Fue al encontrarse ante el ataúd cuando José se dió cuenta de lo que esperaban de él. Se trataba de transportar el féretro desde el coche al interior de la iglesia; transportarlo en hombros, se entendía, y para esa tarea se solicitaba la colaboración de José.
Imposible ya retroceder sin llamar seriamente la atención. Sin las menores ganas, José tuvo que cargar con el cadáver de aquella a quien debía buena parte de su desgracia.

Ya en la iglesia, José y los tres caballeros que transportaron el ataúd fueron encuadrados en un grupo por un señor que realizaba las funciones de gran mayordomo. Se trataba de un coro y a un movimiento del director, todos entonaron un Réquiem. José, cuando niño, cantó un tiempo en un coro de iglesia, y dejándose llevar por el recuerdo, hizo una verdadera exhibición de sus facultades vocales, de tal modo, que los demás se callaron para dejarle a él solo la responsabilidad del canto.
Así José se encontró de improviso convertido en vedette del entierro de su enemiga, teniendo como público, sin duda alguna, importantes figuras del Consejo de Administración.
Sin poderse librar del engranaje, José se vió metido en un coche que siguió la carroza mortuoria hasta el cementerio. Sin embargo, allí les perdió la pista y José tuvo que recorrer a pié los kilómetros que separaban el cementerio de la capital.

En el camino de regreso, José pensaba en su fracaso. Después de todo, tal vez Tulita tuviera razón. Si renunciaba para siempre a sus títulos de nobleza, podría orientar su vida sin tener en cuenta su situación de postergado. Nuevas posibilidades surgirían y, quien sabe, tal vez llegara a ganar mucho dinero en los negocios.
Con esas ideas bailandole en la cabeza, llegó al inmueble donde Tulita tenía su aposento. La muchacha había alquilado una habitación en un hotel y José se dejó conducir a su nuevo techo.

Aquella noche y por primera vez, José se entregó plena y conscientemente al placer sexual. El cuerpo de Tulita fue recorrido una y otra vez con las yemás de los dedos y de ese teclado de carne parecían desprenderse ecos nuevos que excitaban los sentidos de José. La sexualidad, que ya no era para él más que un recuerdo de los años de su primera juventud, recobró vida en su mente y José hubiera deseado en aquel momento olvidar muchas cosas aprendidas para que ese deleite del cuerpo fuera más amplio, más total.

Al final se durmió y contrariamente a lo que sucedía de ordinario, soñó. En las primeras horas de somnolencia, soñó el entierro de la gerente, se vió transportando en hombros a la difunta, pero ya en el interior de la iglesia, su rol cambiaba y él, José, se convertía en el muerto. A los cantantes del responso les habían crecido largas barbas blancas y entonaban el canto con una grandiosidad y una perfección, que a él, como muerto, le producían gran deleite. Sin embargo, si bien la música del Réquiem era respetada de forma escrupulosa, no ocurría así con la letra, que era una pura invención que le estaba particularmente destinada. Según pudo oir en sueños, esta letra decía:
- Réquiem, por el pobre José que ha perdido su maleta en manos de la inconsiderada gerente. Réquiem, ya no es noble ni nada, sino un simple mortal sin honores. Pobre, pobre José. Descanse en paz su vanidad, su soberbia y su manía de querer dominar las cosas. Réquiem...

Desde su ataúd, José contemplaba asombrado y sin poderse mover como los ancianos cantaban. Pero lo inédito fue cuando, sin dejar de cantar, los ancianos de barba blanca se cruzaron de brazos y empezaron a mover las piernas, como si interpretarán una danza cosaca. Sin dejar de alargar las piernas de forma prodigiosa, habida cuenta de su edad, los ancianos dieron vueltas y vueltas alrededor de su ataúd, lamentándose sin cesar de que José hubiera perdido la maleta.
Después, terminada la exhibición del coro, se produjo en la iglesia un silencio impresionante y del fondo del altar surgió un gigante, que avanzó a pasos lentos hacia José hasta encontrarse junto a su cadáver. Lo miró con indiferencia, levantando el ataúd hasta colocarselo encima del hombro. Entonces, como un lanzador de jabalina, proyectó el ataúd en el espacio con todas sus fuerzas, y José y su vehículo iniciaron una carrera loca a través del éter, cada vez más veloces, hasta desintegrarse en los confines del cosmos.
Kabaleb