La naturaleza es un libro sagrado que contiene la ley de la vida

Fíjate en ella y sabrás cómo debes orientar tu vida

Te han llamado para conquistar el mundo de lo posible

Es hora de que te lo creas y avances

La verdad que resplandece en el cielo

Es la misma que debe ser plantada en la tierra

La sed de conocimientos, el hambre de Verdad, de Belleza y de Sabiduría

Deben presidir tu vida y lanzarte hacia adelante

Enciende tu hoguera de la voluntad

Porque a través de ella podrás conseguir lo que te propongas

La Rosa y la cruz (el símbolo Rosacruz)

La cruz es el símbolo del ser realizado, del que ha pasado por todas las fases de las experiencias humanas. Cuando este ser no era más que un cuerpo físico manipulado por la generación de los dioses, el símbolo de esta relación era una I. Un palo erecto que significaba que las fuerzas espirituales comunicaban con nuestro cuerpo material sin interferencias, dirigiéndonos como perfectos autómatas...

Cuando la generación de Luciferes (los llamados ángeles caídos) entró en actividad, para alimentar nuestro cuerpo de Deseos recién creado,, su corriente circular interceptó nuestra relación con la generación de los creadores u el símbolo de nuestras relaciones se escribió con una T. Por ello la cruz en forma de T está considerada con la cruz del diablo y es el signo del ser abocado exclusivamente hacia los placeres materiales.

Para liberarnos del círculo vicioso que representa para la humanidad la corriente circular de los espíritus de Lucifer, vino Cristo, un representante de la generación de los Dioses, a restablecer el contacto perdido y esta nueva forma de relación encuentra su símbolo en la cruz +. La cruz significa que se ha superado el primer periodo de dependencia total; que se ha superado también el segundo en el que el conocimiento se obtenía tan sólo por la vía de la experiencia y era preciso sufrir para descubrir, de rechazo, el bien; y que se está viviendo en el tercer periodo, de contacto con la espiritualidad, pero con la propia conciencia para decidir cómo realizar su obra.

La Rosa blanca que aparece en el centro de la cruz, es el emblema de la pureza primordial, de la etapa en que el ser humano era inocente, antes del pecado original, y a la que está destinado a volver, una vez superados los lazos de la pasión.

Esta pasión vencida está simbolizada por las 7 rosas rojas, colocadas en forma de corona alrededor del entrecruce de los maderos. Cada rosa representa uno de los astros de nuestro sistema solar: Mercurio, Venus, Luna, Marte, Júpiter, Saturno y Urano.

El rojo es el color de la pasión. Nuestra sangre es roja porque es una sangre apasionada y se dice que los nobles –no los titulados, sino los que poseen esa cualidad en su fuero interno- tiene sangre azul, porque ya no viven en estado de pasión.

Cuando consigamos eliminar la pasión de nuestros cuerpos, nuestra sangre ya no será roja porque no absorberá el color marciano de la pasión y ese color saldrá al exterior, coloreando los siete centros de nuestro cuerpo, que son la puerta de entrada de las energías provinentes de los siete planetas. Los hindúes conocen estos centros energéticos con el nombre de chacras.

Cuando en lugares correspondientes a los chacras aparecen unos estigmas de color rojo, es la señal de que las 7 rosas empiezan a florecer alrededor de la cruz de nuestras experiencias humanas, significando que las corrientes energéticas de los siete planetas que circulan en el interior de nuestro cuerpo, ya no absorben el color rojo y lo rechazan al exterior.

Cuando este fenómeno ocurre, del mismo modo que las rosas pierden sus pétalos y derraman su semilla pura a la tierra, para ser fecundada, también las manchas rojas desaparecerán del cuerpo para dar paso a un puro color blanco, marmóreo. Será señal que el adepto ha empezado a derramar su semilla espiritual para realizar en el mundo su obra.

La rosa y la cruz es pues el símbolo del obrero consciente que realiza su trabajo en la obra de la creación, superadas ya las pasiones, sin egoísmos y sin ambiciones personales, al servicio de los demás.

Kabaleb

La Maleta 8 (el dossier)

(Capítulo IV, 2ª parte) La primera hora de la tarde llegó y en el pasillo se reanudó la actividad. José pudo ver a través de la reja como el dossier violeta salía de la "Comisión de Expulsión" para entrar en una de las últimas puertas del pasillo, donde debía encontrarse la sede del Bureau de las Naciones.

Unos minutos mas tarde, tres policías morenos salían del Bureau de las Naciones y a paso de ceremonia avanzaban en dirección a la sala de espera de los encausados. Una vez ante la reja, se detuvieron y esperaron a que le telón se levantara. El que iba en el centro llevaba en la mano un papel y por la expresión de su rostro se adivinaba que era portador de una misión. Los otros dos tenían aire de simple escolta...

Los tres penetraron en la sala y la reja cayo tras ellos. Se detuvieron en el centro y el que sostenía el papel leyó un nombre. Nadie respondió a su llamada, pero los tres hombres que se metían los dedos en la nariz, señalaron disimuladamente al encausado que dormía en el suelo.

- Traidores y soplones!, están en todas partes - le susurró al oído el compañero de José.
Los tres policías morenos avanzaron hacía el encausado dormido y se detuvieron ante su cuerpo.

- ¡Despertadle! - ordenó el que sostenía el papel.
Como si sólo aguardaran este imperativo, los dos policías de la escolta se precipitaron sobre el dormido, arrastrándolo hasta el banco mas próximo y sentándolo en él, sostenido por ambas axilas para que no cayera de nuevo.
- ¿Está despierto? - inquirió el policía que llevaba el peso de la ceremonia.

Sus dos colegas movieron la cabeza afirmativamente repetidas veces, agarrando por los cabellos al encausado para evitar que su cabeza cayera inerte.
Cumplidas las condiciones que sin duda requería el reglamento, el policía extendió ante su vista el papel y repitió el nombre del encausado, al que iba dirigido el oficio.

- Por infracción a la legislación de extranjeros, el Ministerio del Interior niega su permiso de residencia en todo el territorio nacional y en consecuencia decreta su expulsión del país.- Hizo una pausa y añadió: - Vistas las circunstancias particulares del encausado, ningún país ha manifestado su deseo de darle acogida.
Leyó la fecha y dando media vuelta se marchó.

Los policías que sostenían al encausado, por el contrario, se quedaron en el interior de la sala, en la que penetró también uno de los conserjes cojos llevando un gran saco y refunfuñando en alta voz.
- Otra vez la misma historia - gruñía -. Y ha sido inútil que pida el traslado a otra sección en la que se pueda trabajar de acuerdo con el reglamento.

Mientras hablaba extendía en el suelo el saco, al tiempo que los policías habían acostado en el banco al expulsado, que dormía de nuevo.
- Metedle ahí - ordenó el conserje a los dos policías, señalando el saco.
Los policías eran muy jóvenes y se dispusieron a obedecer, colocando el cuerpo dormido del expulsado de manera que reposara enteramente encima del saco.
José y los encausados despiertos seguían con curiosidad la operación.

Uno de los policías se quitó la chaqueta y se puso un mandil que había tenido la precaución de traerse en uno de los bolsillos. Fue al descubrir un enorme y afilado cuchillo, que los encausados se dieron cuenta de lo que se proponía hacer.

- Lo van a matar? - preguntó José con un sobresalto.
- ¡Qué remedio! - contestó el conserje en tono abrumado.- Qué quiere que hagamos con él si le han denegado el permiso de residencia y ningún país quiere aceptarlo. Anteriormente se concedía a los encausados uno o dos días de residencia, lo cual permitía cogerlos y transportarlos hasta la frontera más próxima, obligándoles a pasarla clandestinamente. Pero los países vecinos nos pagaban con la misma moneda y así teníamos un constante tráfico de fronteras, un aumento del contrabando... En fin, que no era solución. Se decidió pues no conceder un solo día de permiso a los expulsados y es forzoso hacerlos desaparecer para que no se conviertan en una anomalía, que inevitablemente estimularía otros abusos contra la legalidad. Pero como no han sido, ni mucho menos, condenados a muerte, nos vemos obligados a hacerlos desaparecer con una falta total de medios.

- Estos pobres muchachos - añadió señalando a los policías jóvenes - se encargan de esas tareas por puro celo profesional y sin percibir ninguna prima. Y lo que es peor, si como a menudo ocurre, después de este servicio salen con los trajes manchados de sangre, la administración se niega incluso a pagarles los gastos del tinte. Así son todas las administraciones, una vergüenza.

Entretanto, el policía encargado del sacrificio examinaba meticulosamente el cuello del expulsado, sin duda a fin de escoger el mejor punto en que hundir el cuchillo.
- Mucho cuidado - aconsejó el conserje.- Según como le pinches la vena, puede salir un chorro de sangre que nos salpique a todos.

El expulsado continuaba durmiendo, extenuado por varios días de ayuno y cuando el policía le hundió el cuchillo en el cuello, apenas se movió.
- Muy bien. Se ve que vas aprendiendo - dijo el conserje al policía, a manera de felicitación.
El muchacho parecía satisfecho de su obra y contemplaba como la sangre espesa iba saliendo a borbotones por el cuello del expulsado, empapando el saco.

- Lleváoslo pronto - ordenó el conserje.- Conviene no manchar el suelo de sangre, ya que las mujeres de la limpieza no están obligadas a quitar ese género de manchas, que se resisten a desaparecer con un lavado normal.
Con grandes precauciones, el cuerpo del expulsado fue arrastrado con el saco hasta el pasillo.

- ¿Qué es lo que harán ahora con él? - preguntó uno de los encausados al conserje cojo.
- Ese es un problema que hemos resuelto recientemente - explicó el conserje.- Nos es imposible trasladarlo al depósito de cadáveres, donde no aceptarían un cliente tan irregular. Además, ¿quien iba a pagar los gastos de sus traslado hasta allí?. Anteriormente, algunos policías jóvenes se habían comprometido a incinerar los cadáveres por su propia cuenta, pero jamás fueron reintegrados en sus gastos por la administración. Finalmente, hemos optado por una solución bien simple: como sea que cerca de la Prefectura pasa el rió, arrojamos allí los cadáveres de los expulsados. La brigada fluvial acaba, un día u otro, descubriendo los cuerpos. Entonces se inicia una información contra X para averiguar quien ha dado muerte al expulsado, y al cabo de un tiempo, al no surgir un culpable, el dossier se archiva y no se habla más del asunto. O bien caen sobre un infeliz que se confiesa culpable del crimen y lo meten en la cárcel. Ocurra lo que ocurra, el asunto ya no nos concierne y si lo seguimos es por pura curiosidad.

El telón de reja cayó sobre la puerta de la Sala de espera y por unos momentos todo volvió a su quietud. José se sentía anonadado. La magnitud de la tragedia que se había desarrollado ante sus ojos paralizaba su facultad de pensar. Triste condición la del hombre flotando en una pleamar de acontecimientos que ordena, braceando desesperadamente para moldear, para construir a su imagen una materia que es patrimonio común de la especie humana y que se desfigura apenas sensibilizada con nuestra huella personal.

Tal pensamiento cruzó el cerebro de José como algo independiente de su materia gris. A veces tenía la sensación de que su intelecto no era más que un teclado, sobre el cual entes extrañas imprimían intrincados pensamientos, empujando su cuerpo a la acción como un autómata. En ese preciso instante le parecía que una legión de individuos se servía de su cerebro para transmitir mensajes que no llegaba a descifrar. Ello le hizo ponerse de pie nerviosamente y acercarse a la reja.

En el pasillo había recomenzado la actividad. Agentes rubios y morenos circulaban con prisa y en gran número. Un dossier de color azul no tardó en hacer su aparición. José lo contemplaba con las manos crispadas, apretujando los hierros de la reja.
- Este soy yo - confesó a su compañero.- Me siento participar en la vida de este dossier azul.
- Pues el comienzo es bueno - observó el encausado.- Son los rubios quienes lo conducen.

- Si, pero los morenos forman legión, y...
José se interrumpió de pronto. Algo insólito acababa de ocurrir en el pasillo. Algo que hizo que los dos encausados se miraran siniestramente en los ojos. Los morenos acababan de sacar al pasillo un dossier de color negro, que iban llenando de papeles, en acción simultánea con los rubios, quienes continuaban en posesión de un dossier azul.
- Dos dossiers! - exclamó el compañero de José.
- Si, y los dos me pertenecen - confesó el noble exilado. Y con un suspiro cargado de remembranzas, añadió: - Así ha sido siempre mi vida.

Una lucha gigantesca empezó en el interior de José. En cada uno de los agentes morenos veía simbolizado, con una imagen esquemática y viva en su espíritu, sus errores. Sus grandes y monstruosos errores que le condujeron, primero al exilio, a la pérdida de su nobleza después, y a la pérdida incluso de los papeles susceptibles de hacerle recuperar sus títulos, para alcanzar, en un máximo declive, la triste situación de un indocumentado en instancia de expulsión.
Pero en los agentes rubios se hallaban vivificados sus triunfos parciales, los pequeños éxitos que le permitieron viajar, sin destruirse, de error en error.

Era como si dos fuerzas tiraran de su cuerpo en sentido contrario, como si estuvieran descuartizando su alma, separando los errores de las verdades. El film de su vida fue proyectado sobre la pantalla de su memoria en sentido inverso al de su evolución, comenzando por la última escena vivida y avanzando de forma metódica hacia su principio. Un tal proceso le permitía ver la relación causa-efecto en episodios que habían constituido su campo de experiencias.

Era un film monstruoso, irreconocible, el que pasaba ante su memoria. Los personajes no hablaban, ni siquiera tenían bien dibujado el rostro. Su única dialéctica eran los gestos y más que éstos, el sentido último de sus acciones. Así, el policía presentándose en el Hotel para pedirle los papeles, se le antojaba a José como la consecuencia directa de su actitud de unas horas antes, cuando se entregó al placer sexual que le brindaba Tulita. José se sentía representado, se sentía inductor, como si una partícula de su propia alma viviera en el policía y constituyera la fuerza que lo empujara hacía él para aportarle su pedazo de experiencia. Del mismo modo se sentía representado en el alma de Tulita, solicitando a través de ella su propia sexualidad.

José comprendió de golpe, visionando esas imágenes, toda la magnitud desoladora de su libertad. Era libre de crear su vida y contaba con medios poderosos para orientar a su vehículo físico hacia el bien o lanzarlo por el camino de la inconsciencia, que tan fielmente había seguido a lo largo de su existencia.

A la luz de esta revelación, José se dio perfecta cuenta de que los agente rubios y morenos eran, por así decirlo, partículas de su propio ser y recíprocamente, él era una partícula de ellos. Si era cierto, José podría mentalmente, y en cierta medida, dirigirlos, hacerse defensor de su propia causa.

Apenas formulado el pensamiento, José constató que el tráfico de agentes morenos había disminuido de forma considerable en el pasillo. Era evidente que para el dossier negro se había agotado el filón y los agentes que lo conducían viajaban de una puerta a otra, sin entrar en los despachos, como si se equivocaran de puerta, en plena deriva, vacilando caminar.

De pronto, el milagro se produjo. Los ojos de José y de su compañero se iluminaron con una suprema alegría, con un grito de triunfo. El dossier negro acababa de desaparecer. Cierto que el dossier azul, blasón de los agentes rubios, había desaparecido también. Una fusión acababa de operarse, dando vida a un nuevo y más resistente dossier de color rojo, que conducían con gran aplomo los agente rubios.

- Enhorabuena! - exclamó el compañero de José.
- Gracias. Pero a decir verdad, esperaba este cambio - aseguró el noble exilado.
No dio más razones a su compañero y continuó observado con una sonrisa que testimoniaba su gran contento interior. José se sentía satisfecho de sí y de la calidad de su espíritu, que le hacía intuir verdades tan esenciales para mejor conducir su vida.

- Es uno mismo y nadie más quien puede otorgarse un permiso de residencia en el país - se dijo.- Ese expulsado que con mis propios ojos he visto degollar, ya estaba en realidad muerto. Las fuerzas vitales que alimentan el cerebro y el sistema emotivo no lograban ya dar movimiento a su cuerpo. Las condiciones requeridas para morir estaban así creadas y era necesario que alguien certificara, por decirlo así, su defunción. El policía joven fue el encargado de esa tarea.

- Así debe ser como ocurre – se dijo José.- Nadie puede morir asesinado, si previamente no se ha tomado la molestia de crearse a su propio asesino.
Entretanto, en esos instantes de inatención, las cosas habían cambiado en el pasillo. Los agentes morenos desarrollaban una ofensiva; su número había aumentado y aún cuando los rubios continuaban conduciendo el dossier, sus fuerzas flaqueaban, apoyándose en la pared como para descansar, extenuados por la lucha.

José observaba con el alma en un hilo los vaivenes del dossier. Algo fallaba. El razonamiento que tanto orgullo le produjera estaba a punto de hundirse. Pero si era cierto su postulado, ello sólo podía significar que José, en sus instantes de reflexión, había vivificado sus errores, materializados en policías morenos, que adquirían preponderancia en el pasillo. Tal vez fuera su orgullo, su vanidad, la causante de aquel trastorno. Tal vez no pudiera influir sobre sus errores con la sola arma del pensamiento. Tal vez los errores, una vez diferenciados, cobraran vida propia y negaran obediencia al ser que los engendró.

Sea lo que fuera, José vio, impotente y crispado, como los agentes morenos arrebataban de las manos de sus colegas rubios el dossier.
Su compañero lo miró con incomprensión. José desfallecía. El mundo tan sólido que se creara un momento antes se volvía vaporoso y vago. Gruesas gotas de sudor inundaban sus mejillas y su frente. Las fuerzas le faltaban y José cayó de rodillas en un lamentable estado de postración.

- Dios mío, ayúdame - suplicó.- Todos mis errores han sido debidos a la incertidumbre, a mi ignorancia y también a mis deseos de hacer felices a los demás. Me arrepiento de mi último error. No era Tulita el camino para encontrar mi maleta. No lo fue nunca. Lo sé. Lo sé... Si es esto lo que debía comprender, comprendido está.
Era la primera vez que José se humillaba voluntariamente, confesando su error por ignorancia y no debido a supuestos tácticos, con que a menudo justificaba su acción.

Ese estado de humildad pareció tener efectos benéficos en el pasillo. Los rubios se habían recuperado y libraban a los morenos una batalla sin cuartel. Pero por desgracia, ya era tarde. La instrucción del dossier había tocado a su fin y un agente moreno lo conducía, debidamente atado, pasillo arriba, camino de la Comisión de Expulsión.
Cuando ya todo parecía perdido, allá en lo hondo del pasillo surge un sobrenatural resplandor, mientras un toque de cornetas anuncia la llegada de alguien o algo excepcional. Los agentes morenos echan a correr por el pasillo, tratando de encontrar refugio en las puertas laterales, pero éstas fueron violentamente cerradas por lo rubios, dejando a sus colegas en un estado de pánico atroz.

Los encausados observaban a través de la reja. La esperanza había vuelto en el corazón de José. Por fin apareció en el fondo del pasillo una mujer de larga cabellera rubia, montada en un deslumbrante caballo blanco y enarbolando un látigo amenazador en su mano derecha. Tras ella, todo un escuadrón de mujeres a caballo y armadas de látigos aparecen.

- Son las Asistentas Sociales - informa uno de los conserjes cojos, buscando la salvación detrás de la reja de la sala de espera.- Vienen tan solo cuando se ventila un dossier que vale la pena defender.
José lloraba de agradecimiento ante esa ayuda inesperada y casi milagrosa. Las Asistentas cabalgaban por el pasillo, prodigando latigazos a diestro y siniestro sobre las espaldas de los agentes morenos, que lanzaban gritos de terror.

Cuando el pasillo quedó libre de agentes morenos, bien porque yacieran inconscientes o porque emprendieran la huída por los pasillos laterales, las Asistentas Sociales se reagruparon, retirándose entre cantos gloriosos de triunfo de una polifonía imponente y perfecta.
Cuando el ruido de cascos de los caballos que montaban las Asistentas se hubo desvanecido, José se fijó en que su dossier yacía por el suelo, junto al cuerpo examine de un agente moreno. Pasado el peligro, un agente rubio recogió el dossier rojo y enarbolándolo por encima de sus espaldas, como para confirmar su triunfo, lo mostró a sus camaradas, que habían surgido de todas las puertas y armaban gran alboroto por el pasillo.

Pasaron aún varias horas antes de que José fuera llamado a las oficinas administrativas, de donde salió con un nuevo permiso de residencia en el país.
- Busque trabajo - fue la recomendación que le hizo el policía al entregarle el papel.

Anochecía cuando José salió de la Prefectura. En la puerta principal del edificio encontró a Tulita que lo esperaba. Estaba sola en la calle y vista de lejos, su silueta se recortaba sobre el fondo de nubes iluminadas por el último sol. Más que una mujer, a José le pareció un símbolo dibujado en pleno espacio. El símbolo de la soledad y de la compañía al mismo tiempo; lo impenetrable y lo familiar. Sentía a Tulita ya lejos de su mundo concreto, pero cerca, muy cerca del ser trascendente que vivía prisionero dentro de su piel.


Al apercibirlo, ella corrió a lanzarse contra sus brazos.
- ¡Por fin, José! - le dijo con una voz en la que se mezclaba el gozo, el sosiego y el llanto.
- Tulita, el único ser que podía esperarme - reflexionó tiernamente José acariciando los cabellos de la muchacha.
Se alejaron de la Prefectura enlazados por la cintura.
- Debes estar muy cansado - dijo Tulita y añadió:- En casa podrás descansar.
En lugar de responder, José hizo signo de que deseaba entrar en un café. Una vez instalados, el hombre cogió entre las suyas las manos de Tulita, para hablarle con una serenidad y unos deseos de comprensión poco habituales en él.

- Tulita - dijo.- Deseo que nos separemos un tiempo.
Hizo una pausa para observar la reacción de la mucha y al constatar su serenidad, prosiguió:
- Ambos nos hemos dado, por lo menos en lo que a mí respecta, experiencias fundamentales, que contarán sin duda al resumir nuestras vidas. Ello nos impedirá ser extraños el uno a otro y estoy persuadido de que nos encontraremos más tarde para amarnos de un modo puro y desinteresado, sin que ese amor sea, como ahora, condicionado a ciertas anécdotas, y que mirando la vida de un modo superficial, podríamos incluso creer que han sido esas anécdotas las que lo han creado.

Tulita seguía los razonamientos de José con una sonrisa de serenidad y altruismo en los labios. Parecía un símbolo y contemplándola, José se sentía estimulado a hablar.
- Yo sé que ese amor ya existía entre tú y yo - prosiguió - y que ha sido el amor lo que nos ha juntado para que, al encontrarnos frente a frente, de nuestras divergencias naciera la comprensión de ciertas verdades que no podían ser asimiladas en su estado puro por nuestro intelecto. En nombre de este amor, te pido que dejes que siga mi camino lejos de ti para volver, portador de mayores riquezas, a tu lado.

La sonrisa de Tulita era radiante cuando José terminó de hablar.
- La maleta... ¿José? - inquirió con un mohín de aprobación en los labios.
- Si - asintió él.- Ya nada logrará desviarme...
- Bien, José - repuso la muchacha.- Durante el tiempo en que hemos vivido juntos he podido admirar tu fidelidad por ese ideal. Si has pactado, si te has comprometido, ha sido siempre con la esperanza de mejor alcanzar tus fines. Puede que hayas errado en los medios, pero ni un solo momento has renunciado a tu ideal. Al llevarte preso esta mañana, he decidido ayudarte en la consecución de tu propósito y a tal fin me he entrevistado con Tuliferio-camarero. En resumen, hemos conseguido que te den un empleo en la Residencia del Sr. Barón. El jefe de personal te espera mañana a las siete.

José apenas podía creer lo que oía y la emoción y la gratitud que sentía hacia Tulita le impedían hablar.
- Así... ¿me han admitido en la casa del Sr. Barón...? - balbuceó.- Allí podré hablarle y él que está por encima de todo reglamento, me devolverá la maleta.
- Si, José - asintió Tulita.- Tu maleta está en casa del Sr. Barón y yendo a trabajar allí, no te será difícil recuperarla.

José abrazó a Tulita, estrechándola hasta que sus huesos crujieron, como para dar la medida del sentimiento anidado en el alma del noble extranjero. Luego se levantó con gran energía y dijo:
- Me voy.
- ¿Dónde José?
- A la Residencia del Sr. Barón.
- Ahora no, sino mañana de madrugada, a las siete - puntualizó Tulita.
- Me voy ahora y a pie - afirmó José con decisión.
- ¡Qué locura!. La Residencia está por lo menos a cincuenta kilómetros.
- No es locura, Tulita. Según mis referencias, la Residencia el Sr. Barón no es lugar al que se vaya descendiendo de un tren y con autobús hasta la puerta. Hay que ir allí en peregrinaje y buscando en la noche la mansión. Así iré yo. No me digas siquiera en que dirección debo ir, le quitaría grandeza a la epopeya. Un sexto sentido me guiará, como me ha guiado hasta ahora al encontrar sin proponérmelo, a gentes que trabajan en los negocios del Sr. Barón. De igual modo que caí en el Hotel de Extranjeros cuando mi vida precisaba esa experiencia fundamental, así también llamaré en la puerta de la Residencia mañana a las siete, puntual a la cita fijada. Adiós, Tulita. Nos veremos, nos veremos...

Al terminar las últimas palabras, estaba ya lejos de la muchacha, perdiéndose en los claroscuros de la ciudad mal alumbrada.

Tulita sólo pudo responder al gesto de adiós que le hacía con la mano y lo siguió con la vista hasta que se perdió entre la oscuridad y la muchedumbre de la calle.
Kabaleb

La Maleta 7 (entre rejas)

(Capítulo IV, 1ª parte)Tulita y José dormían profundamente cuando al amanecer fueron despertados por unos golpes insistentes en la puerta de su habitación.

- Quién es? - preguntó Tulita.
- ¡La policía!
José se sobresaltó. ¿Qué podía querer la policía en hora semejante? No recordaba haber infringido la ley en ninguna de sus normas.

Tulita abrió la puerta y un policía alto y moreno apareció en el umbral. Mostró su chapa en el reverso de la solapa y dijo:
- Documentación, por favor...

Tulita le entregó su carné de identidad, pero José no pudo darle mas que un papel caducado. Hacía ya tiempo que José había dejado de lado los problemas de la documentación. Como extranjero que era, el país en que residía autorizaba su permanencia en él a condición de que se procurara el carné de trabajador. José no pudo nunca presentar ese documento, puesto que vivió los últimos tiempos en la espera de recuperar sus derechos, y así se encontró un día con que el permiso de residencia le caducaba y no era posible su renovación. José empezó a vivir una existencia ilegal, pero se dijo que en cuanto sus derechos le fueran reconocidos, con dinero arreglaría la anormalidad. Con el tiempo, acabó por olvidar su circunstancia, que ahora le era recordada de manera tan brutal por la policía.

- Su documentación está caducada desde hace mucho tiempo. ¿Por qué no la ha renovado? - inquirió el policía.
- No podía presentar los papeles que me pedían como condición indispensable -dio José por toda excusa.
- así, ¿ha preferido Vd. la vida ilegal? - hizo una pausa y añadió: - Tendrá que acompañarme a la Prefectura.
- ¿Qué van a hacerle? - intervino Tulita.
- La encuesta reglamentaria - respondió el policía moreno, sin mayor explicitud sobre el asunto.

José se vistió sin decir palabra. El policía salió de la habitación para llamar en las puertas vecinas y al terminar el recorrido volvió para recoger al indocumentado.
José le siguió dócilmente y ya no volvió a cruzar palabra con el policía. Al llegar a la Prefectura subieron al quinto piso y José fue conducido a la "Sala de Espera" de los acusados.

La "Sala de Espera" se hallaba en un ángulo de un inacabable pasillo cuadrangular que daba la vuelta a todo el edificio. Ningún obstáculo le había impedido a José el acceso a esa "Sala de Espera", pero al penetrar en su interior, se dio cuenta de que una reja de hierro macizo caía verticalmente, a manera de telón, separando la "Sala" del pasillo. Se acercó a la reja en un movimiento instintivo de protesta y se dirigió al conserje cojo que, desde el pasillo, observaba la operación.

- Cómo ¿Estoy detenido?
- Nada de eso - informó el conserje con amabilidad.- Vd., como todos los que se encuentran en esta sala, está solo guardado a vista.
- Entonces, ¿para qué esa reja? - protestó José.
- Pura cuestión administrativa para facilitar el servicio. Habrá observado que es una simple reja sin cerradura. Cualquiera podría levantarla con la ayuda de las manos, aunque se precisaría una fuerza prodigiosa para ello. Trato pues de demostrarle que la Administración no los considera detenidos; ahora bien, como necesitaran de Vds. para entregarles los papeles, a fin de que no se cansen de esperar y se marchen, se les guarda a vista en esa "Sala de Espera".

Esa explicación detallada no satisfizo a José, pero como el conserje cojo se alejó, no le quedó más alternativa que internarse en la sala. Fue en ese momento que descubrió a sus compañeros. Eran ocho los hombres guardados a vista aquella mañana. Cuatro de ellos dormían tendidos en los bancos, colocados en paralelo a las paredes de la sala. Otros tres estaban sentados, reflexionando tal vez, con los dedos metidos en las narices. El último paseaba fumando un cigarrillo, aparentemente despreocupado de su circunstancia. En el punto en que se cruzaba con José, a guisa de saludo, le dijo:

- Despapelado, ¿eh? - y sin aguardar la respuesta, prosiguió su circuito alrededor de la habitación. al producirse la nueva conjunción con José, añadió:
- Yo entré ayer. Algunos de esos ya estaban - y continuó su ruta circular en torno a la sala.
José se acercó a la reja y apoyado en ella contempló la actividad que se desarrollaba en el pasillo. En ambos lados del pasillo se apercibían numerosas puertas, que conducían a los despachos de los agentes de policía. Continuamente entraban y salían hombres de los despachos, y al cerrarse las puertas de golpe, despertaban un eco en el pasillo, que era como una nota de la inacabada sinfonía de los papeles.

Los conserjes cojos eran los elementos más activos de aquel pasillo en que se desarrollaba el drama de los indocumentados. Entraban por una puerta, salían un minuto mas tarde con un dossier bajo el brazo y se introducían en otra puerta, donde dejaban el dossier, saliendo a su vez con otra carpeta de distinto color.
Contemplado con detalle, el espectáculo tenía algo de ballet, sólo que en lugar de bailarines, eran los conserjes cojos quienes sustentaban el estrellato, y la policromía se sintetizaba en los colores vivos de las cubiertas de los dossiers. El hecho de que todos los conserjes fueran cojos - heridos de guerra seguramente - daba al espectáculo un clima muy particular, único, que ejercía sobre José una extraña fascinación.

Cuanto más se concentraba en la actividad del pasillo, mayor número de detalles eran percibidos por su intelecto. De este modo pudo comprobar que todos los conserjes cojos padecían la misma clase de cojera, que consistía en mantener la pierna derecha rígida, de forma que para evitar que rozara el suelo, debían levantarse sobre la punta del pié izquierdo al avanzar. Los efectos visuales de un sistema tal hubieran sido nulos si únicamente hubiese estado activo en el pasillo un solo conserje. Pero ver a una docena de personas andar dando saltos matemáticamente regulares, era un placer para el espíritu selecto de José. No cabía duda que el cerebro que había concebido semejante espectáculo, poseía en alto grado el sentido de la coreografía.

Cuando sus ojos se hubieron saciado del espectáculo, José se entretuvo leyendo los rótulos que figuraban en cada puerta, en ambos lados del pasillo: "Informes", "Informes generales","Alejamiento","Comité de expulsión","Jefe de Servicio","Agentes","Agentes","Agentes"... Su vista no alcanzaba a leer los rótulos de las puertas que se extendían más allá.
De pronto, la actividad en el pasillo fue ralentizándose, hasta quedar totalmente despejado de conserjes cojos. El eco de la última puerta al cerrarse se diluyó en el aire y el pasillo quedó desierto. Era como si un primer acto acabara y se presentía ya el germen de una actividad preparada entre bastidores.

De forma paulatina, casi majestuosamente, la actividad en el pasillo recomenzó. Pero ya no eran conserjes quienes llevaban el peso de la danza de los dossiers, sino los propios agentes. No era necesario verlos para adivinarlo. Eran quizá agentes sin responsabilidad, subalternos, pero agentes al fin y al cabo.

José se dio cuenta de algo que le había pasado desapercibido; los conserjes iban calzados con zapatillas y sus pisadas no retumbaban en el pasillo. En cambio los agentes calzaban zapatos, con terminales de hierro en ambos extremos, de forma que al eco de las puertas al cerrarse se añadía la orquestación prodigiosa de las pisadas de los agentes, transportando de una puerta a otra sus dossiers.

El hombre que daba vueltas por la sala de espera de los encausados, se acercó a José y con los ojos desorbitados por un terror interno, le dijo:
- Ya vuelven! - y tras una pausa llena de consternación, añadió: - ¿Los oye? Están otra vez en el pasillo con los dossiers.
José no apercibía aún la importancia que para su futuro pudiera tener ese segundo acto de la danza de los dossiers, pero el acento trágico de su compañero de infortunio, con mas experiencia que él de los problemas de la documentación, impregnaba su ser de presentimientos funestos.

José y su compañero observaron en silencio, apoyados en la reja.
La actividad en el pasillo se hallaba en su punto culminante. Todas las puertas daban su rendimiento máximo y las entradas y salidas eran incontables.
- ¿No observa una cosa? - inquirió el encausado con reticencia.
- ¿Qué? - preguntó José sin mirarlo.
- En el pasillo está en juego un único dossier de color rojo-granada.
En efecto, no le fue difícil a José constatar que la observación había sido correcta. De los numerosos agentes que deambulaban por el pasillo, uno sólo ostentaba un dossier, que apretaba con las dos manos contra su pecho, como si temiera que se lo arrebataran.

- ¿Que significado le da Vd. a este hecho? - preguntó José.
- Es el dossier de uno de nosotros que está en estudio - respondió el encausado, como un lamento, y añadió: - Son los morenos quienes lo conducen...

Había tanta consternación en esta última frase que José se creyó obligado a pedir una aclaración.
- No comprendo que quiere insinuar.
- Llevo ya veinticuatro horas en esta sala de espera y he podido observar ciertas técnicas del reglamento.- Hizo una pausa y señalando el pasillo, prosiguió: - Vea Vd. como unos agentes son rubios y otros morenos.

José fijó la mirada en el infinito del pasillo.
Los agentes rubios, en menor número, intentaban en vano apoderarse del dossier, protegido ardientemente por los morenos. En uno de los frecuentes eclipses que sufría la carpeta en los despachos de los agentes, sus cubiertas cambiaron de color. Tal circunstancia inquietó enormemente al compañero de José, quien exclamó alarmado.

- ¡Ha visto! El dossier ya no es rojo sino morado. Además, lo sé porque he trabajado en una papelería, la antigua cubierta tenía una resistencia de cinco kilos, mientras que la morada tiene una resistencia de diez.
- ¿Qué significado puede tener? - inquirió José.
- Está claro - respondió el hombre - el expediente tiene ramificaciones, se complica, y las cubiertas previstas en un principio ya son inutilizables. Si hubieran sido rubios los responsables de ese aumento de peso, el augurio hubiese sido bueno; pero son los morenos quienes meten papeles, sin duda acusadores.

En ese instante, uno de los guardados a vista que dormía encima de un banco, comenzó a sufrir extrañas sacudidas que convulsionaban todo su cuerpo.
- ¡Mire! - gritó el compañero de José.- Este debe ser el titular del expediente. Observe como se sobresalta. Su sensibilidad le avisa de que un peligro inminente le acecha.
Durante unos segundos ambos expedientados contemplaron inmóviles el cuerpo de su compañero, preso de dramáticas convulsiones. Los tres hombres sentados que metían los dedos en sus narices, eran también testigos impasibles de aquella impresionante escena.

En una convulsión de mayor calibre, el cuerpo del expedientado cayó al suelo. Todos esperaban que el golpe lo despertara, pero tanta sería su fatiga que el hombre continuó durmiendo, preso de convulsiones cada vez más violentas.
Mientras tanto, en el pasillo, el dossier morado iba aumentando de volumen. Los agentes rubios eran incapaces de contener la avalancha de sus colegas morenos, quienes se pasaban el dossier con la mayor prudencia. Parecía que el pasillo se hubiera convertido en un campo de rugby, donde se jugara un gran match.

- Los rubios han perdido la partida - comentó el compañero de José, y añadió: - No daría dos céntimos por la vida de este hombre - al tiempo que señalaba al infeliz durmiente, que se desplazaba en el suelo al ritmo de sus convulsiones.
- Pero antes de decidir su suerte, tendrán que interrogarle - hizo notar José.
- No, no... - negó el hombre, moviendo la cabeza con fatalismo, y le susurró al oído - Lo saben todo! Todo...
Luego, como queriendo justificar la actitud de los policías, añadió:
- ¿Por qué iban a interrogarle? Bien saben que se defendería, tal vez negando lo que es verdad. el dossier no debe comportar la más mínima contradicción. Si los agentes rubios se ven impotentes, poca cosa podría hacer ese desgraciado.

En el pasillo, la instrucción del expediente tocaba a su fin y José y su compañero pudieron ver como un agente moreno, llevando en brazos el dossier violeta, debidamente atado con un cordel, entraba en la puerta que sustentaba el rótulo "Comité de Expulsión". El agente volvió a salir, ya con las manos vacías y la actividad en el pasillo fue decreciendo hasta llegar a un reposo completo.
Poco después sonó la sirena del mediodía y los agentes se marcharon a comer.

Uno de los conserjes cojos quedó en el pasillo de permanencia y se acercó a los encausados para hablarles.
- Por ahora no ha tenido suerte su compañero - les dijo, señalando con la cabeza al hombre que dormía en el suelo, el cual parecía haber reencontrado su placidez.
- ¿Qué le harán? - inquirió José.
- Su dossier se encuentra en la mesa del Comité de Expulsión. Es probable que su expulsión sea decretada, pero no todo está perdido para él, ya que en el fondo del pasillo, en el último despacho a la derecha, se halla el Bureau de las Naciones, que es la oficina internacional donde el dossier rechazado desemboca finalmente, a fin de que sea examinado por los representantes de los distintos países, por si el encausado puede ser útil en alguno de ellos. Allí se estudia su profesión, capacidades, edad. etc. y si alguien lo acepta, entonces el detenido queda autorizado a ganar el país en cuestión.

Hubo una pausa en la que todos reflexionaron, y el conserje prosiguió:
- Pero no cabe hacerse ilusiones sobre el resultado de esta gestión in-extremis, porque si el país en que el encausado se encuentra lo rechaza, hay pocas posibilidades de que lo acepten los demás, que en caso de aceptación, tendrá que satisfacer la mitad de los gastos de transporte. No obstante, recuerdo algunos casos.

Escuchando al conserje cojo, José tuvo de pronto conciencia de la situación y pensó que estaba viviendo en un mundo de locos. Sin embargo, aquel era el universo real, el de las instituciones, el organizado por la sociedad en bloque. Un universo, cuya legalidad era defendida por millones de policías y de soldados, centenares de miles de jueces y abogados, al mando de legiones impresionantes de agentes y subalternos.

El conserje cojo, afanado en la exhibición de sus conocimientos, sacó a José de su meditación.
- No todo termina ahí - reanudó el mutilado.- Como acabo de decirles, el país que acepta el extender un permiso de residencia al encausado, debe correr con la mitad de los gastos de transporte. La otra mitad corre a cargo de la administración de nuestro Ministerio del Interior. En caso de decisión favorable en el Bureau de las Naciones, hay que pedir al país aceptante si está dispuesto a sufragar la mitad de los gastos, ya que de negarse a ello, el ofrecimiento del país en cuestión queda sin validez y para el detenido es lo mismo que si no lo hubieran aceptado.

- La verdad es que las administraciones de los países extranjeros, sobrecargados de gastos, no ven con buenos ojos tales operaciones, que se saldan inevitablemente con una pérdida; ya que la importación de un individuo expulsado de un país, según se ha demostrado en más de una ocasión, es ruinosa para cualquier otra economía, debido a las pocas afinidades que sienten esos individuos para con el trabajo. De modo que raras veces responden afirmativamente, y si lo hacen, tardan tanto tiempo, que el encausado ha expirado ya, puesto que mientras se encuentra sometido al régimen de los "guardados a vista", al no entrar en los beneficios de la administración penal - ya que en realidad no está detenido - no recibe indemnización alguna ni en metálico ni en especies.

En otras palabras, no hay presupuesto para la comida y cada "guardado a vista" debe pagarla de su propio bolsillo, siempre que encuentre un funcionario de la sección de investigaciones que se preste a irla a buscar, lo cual es raro también puesto que los conserjes, a quienes correspondería la gestión, son todos cojos y no pueden permitirse el lujo de subir y bajar de un quinto piso cuatro veces por día.

El conserje se alejó unos pasos para dar una ojeada a los dos pasillos que convergían en aquel punto. José y su compañero se miraron en silencio y contemplaron después el resto de los encausados, con una mirada curiosa y ausente a la vez, como las gallinas se observan unas a otras en los gallineros. Si quedaba en ellos un residuo de dignidad humana, la exposición metódica del conserje la acababa de arrancar.

En los últimos tiempos, José había conocido momentos de adversidad, pero jamás su personalidad biológica y psíquica estuvo más próxima a la desintegración que en aquellos instantes en la sala de espera. José se sentía bulto en trámite de importación, no como viajero, sino como carga. De pronto, un gran cansancio le invadió. Recordó que el policía lo había despertado muy temprano y decidió acostarse encima de un banco, imitando a sus cuatro compañeros. Pero en ese instante, el conserje se acercó de nuevo y reemprendió su monólogo informativo.

- Tal como les decía, como generalmente los encausados no son gente rica, si deben esperar la respuesta de la administración extranjera, se mueren de hambre aguardando. Pero suponiendo que un encausado sea lo bastante fuerte para resistir la espera, hay que arreglarse aún con la administración de la compañía de ferrocarriles para que el transporte pueda efectuarse. Y he aquí que la compañía viene obligada a transportar al encausado a una tarifa especial que no va mas allá del 50% de la corriente, cantidad que le es embolsada, la mitad por la administración del Estado y la otra mitad por el país que ha aceptado al sujeto. Pero la administración del Estado y la de los ferrocarriles no se llevan bien. La una tarda en pagar a la otra y a ésta no le interesa efectuar transportes por cuenta del Estado, dado que paga tarde y mal. Sin embargo, como la misma compañía de ferrocarriles pertenece al Estado, es evidente que no puede negarse a transportar a los encausados, una vez la administración ha dado su acuerdo. Lo que hace únicamente es retrasar la fecha del transporte, pretextando que no hay plazas vacantes o que los cupos de sujetos que viajan por cuenta del Estado están cubiertos. Ese doble retraso, el de la administración extranjera y el de los ferrocarriles, es fatal para el encausado, y cuando la decisión llega, hace ya tiempo que ha expiado.

El conserje cojo gozaba de un placer sádico viendo las caras descompuestas de los encausados una vez al corriente del triste fin que les esperaba en el caso de ser expulsados.
- En realidad el problema es mas complejo - prosiguió como para animarles - ya que la sección de investigadores carece de presupuesto para pagar los entierros, en caso de defunción en la sala de espera, y lo que les interesa es desembarazarse pronto de los encausados que han sido aceptados por otro país. Si la muerte les sobreviene en esta sala, el reglamento exige que, no tratándose de detenidos vulgares, se les haga un entierro con ceremonia, corona y sacerdotes. Los gastos del entierro deben ser sufragados por los agentes que prestan su servicio en esta sección, razón por la cual tanto rubios como morenos se hacen abogados de los encausados, para que su transporte sea efectuado lo mas pronto posible.

El conserje se alejó definitivamente y José fue a sentarse en un banquillo para mejor meditar. Estaba cansado, pero su cansancio no era de los que se calman durmiendo. Tenía la impresión de que llevaba persiguiendo una maleta que no acertaba a alcanzar. A veces cambiaba de forma y José pasaba años, décadas, siglos viviendo a su lado sin reconocerla, hasta que un día, de pronto, sin que nada hiciera esperarlo, el objeto anhelado se hacía perceptible a sus sentidos y se materializaba en un lugar inalcanzable. Toda su vida podía resumirse en esas épocas de persecución, seguidos de períodos de caída, de desánimo, de deseos de desaparecer como el que ahora se iniciaba. Cuanto más grandes eran sus esperanzas de conquistar la felicidad, más intensos eran después sus deseos de abandono.
Kabaleb

La Maleta 6 (la proposición de matrimonio)

(Capítulo III, 2ª parte). Fue paseando por la orilla del rio cuando su decisión se fraguó. José había procurado siempre buscar en su propia vida la razón de sus fracasos, en lugar de pensar, como tantos otros, que la culpa reside en la maldad, la tontería o el egoísmo de los demás. La ventaja de su sistema residía en el hecho que tomándose a si mismo como culpable, le era posible modificar su conducta, de manera que atrajese hacía si un género nuevo de acontecimientos.

- Mi equivocación - se dijo - está en que abordé a Tulita con una óptica equivocada. Fui a ella como si fuera mi único problema el que estuviese en juego y como si ella sólo hubiese sido creada para servirme en esta ocasión. Pero ella también forma parte de esa circunstancia que nos ha unido y tiene que cosechar el fruto, para cuya operación yo soy su instrumento. Debo ayudarla a servirse de mí como yo me sirvo de ella.

Una vez planteado el problema en esos términos, faltaba únicamente la solución. Solución que José había descubierto ya.
- De qué modo puedo yo servirle? - continuó razonando.- Casándome con ella. Si gracias a ella recupero mis títulos de nobleza, no es acaso justo que consienta ese sacrificio? Así Tulita se transformará en noble, como yo, y será co-participe de todos mis privilegios.

Ese sacrificio, que sólo su egoísmo le impidió consentir antes, transformaría la naturaleza de las relaciones con Tulita y lo pondría de nuevo en la ruta de sus fines.
Aquella noche, después de cenar, José pidió a Tulita que le escuchara y con modulaciones adecuadas a la importancia de su exposición, dijo:
- Llevamos ya días juntos, semanas, y tengo la impresión de que son meses o años el tiempo pasado a tu lado. Y sin embargo, Tulita, cuán poco nos conocemos! - hizo una pausa. Las pausas ocupaban un importante lugar en las observaciones de José. Él lo sabía y las lanzaba con arte, sometiendo a su ritmo al interlocutor.

- Yo sé de tí, que has pasado tu infancia en el campo y que eres huérfana de padre y madre. Tú, de mí, no sabes nada.- Una pausa y prosiguió: - Me has visto llegar a tí, he aceptado tu hospitalidad y jamás te has preguntado que motor ha movido mis músculos cuando te solicité aquella mañana en el café.
Tulita lo escuchaba sin interrumpirle, medio incorporada en la cama. Fue una sorpresa para José el hecho que la muchacha, en una de sus pausas, rompiera a hablar.

- Te equivocas, José - dijo sin mirarlo.- Estoy perfectamente enterada, lo estuve siempre, de los móviles que te impulsaron hacia mí. Sabía que querías recuperar la maleta abandonada en el sótano del Hotel y suponías que yo me prestaría a esa tarea ingrata.
El asombro de José no tenía límites.
- Pero, quien te dijo? Cómo supiste? - exclamó.
- Fue la misma patrona del Hotel quien me puso en guardia ya antes de conocerte.
- Así, cuando viniste al café, ya sabías...
- Si, ya sabía. Y sin embargo vine porque esperaba hallar en tí la compañía que tanto me faltaba. Fingí primero un carácter que no era el mío, a fin de poner a prueba tu interés hacia mi. Pasaste la prueba positivamente y me entregué a tí con la esperanza de que mi amor te haría olvidar la maleta. Por momentos pensaba haberlo conseguido, pero después comprobaba que la maleta seguía fija en tu mente como una obsesión.

La voz de Tulita estaba impregnada de una inmensa tristeza al confesarse ante el asombrado José, quien se hallaba dividido entre su deseo de estrecharla en sus brazos y las ganas de gritarle "Loca!", como has podido imaginar ni siquiera un momento que iba a renunciar por ti a por otra cualquiera a mi maleta?.

Tulita se incorporó y sin mirarlo, con la vista fija en sus propios pensamientos, o, más exactamente, en sus ilusiones, prosiguió su monólogo:
- Yo pensé, cuando me hablaron de tí: La maleta no es más que el pretexto que nos permitirá ponernos en contacto, Lo real es que Dios me lo manda para colmar mi soledad, para que sea mi amigo, el compañero de mi vida. Mi amor hará que olvide el pretexto que lo ha traído a mí y después, pasado un tiempo, sólo pensará en amarme.

El asombro impedía a José dar rienda suelta a su indignación. Cómo pudo llegar a pensar que la maleta fuera el pretexto, cuando en realidad ocurría exactamente lo contrario, que su amor era el pretexto que hacía posible lo esencial, la recuperación de la maleta! Decididamente, el uno se encontraba en el polo opuesto del otro. Pero en su vida de exilado, José había adquirido la habilidad de la conciliación. José estrechó a Tulita entre sus brazos y con un entusiasmo que no iba con su acostumbrada frialdad, le dijo:
- hemos ido el uno al otro por caminos distintos. Pero fíjate bien, Tulita, que nuestros intereses convergen ahora. Fíjate como ambos podemos alcanzar nuestro objetivo dando plena satisfacción al otro. En el tiempo pasado juntos he aprendido a quererte y tú te has convertido en mi igual. Nada te impide participar con todo derecho a mi nobleza. Ahora que hemos llegado a esa comprensión, apoderate de mis papeles y casémonos, Tulita.

Su entusiasmo y sus ganas de convencer salían de él demásiado exageradas para que Tulita pudiese aceptar sus palabras como verdaderas. Fue con amargura inmensa que la muchacha respondió a José.
- No te engañes acerca de mis posibilidades, querido mío. Ahora parecemos iguales. Lo parecemos porque tú vienes obligado a vivir de una manera que no corresponde a tu alcurnia y yo puedo adaptarme a un noble desposeído. Pero, ya ves, no soy más que una campesina, jamás podría ser la mujer de un noble. Si llegara el caso, lo verías tan claro, que te separarías inmediatamente de mí.
Tú idealizas la condición de noble, Tulita. Es seguro que te adaptarías y yo, por mi parte, el agradecimiento de por sí haría que te amara eternamente.
Tulita imprimió en sus labios un nuevo rictus de amargura.

- Agradecimiento..., eso es precisamente lo que no quiero, José, que me estés agradecido.- Hizo una pausa, impregnada de vibraciones melancólicas, y prosiguió: - Lo había soñado tan bello...! Por qué no podríamos tratar de vivir una vida simple, gozando de nuestra pequeña felicidad...? Yo trabajaría para tí... Solo te pido tu compañía... Dios lo quiera así, puesto que te ha mandado a mi lado.

José, que sus años de exilio habían sensibilizado, estaba próximo a enternecerse, pero la última frase de Tulita corto en seco ese proceso. Qué manía la de la chica, de considerar a José como un instrumento que Dios le ponía en manos para satisfacerla! Cuando la verdad era todo lo contrario. Fue él quien la solicitó, él quien calculó fríamente. Jamás la palabra instrumento estuvo mejor aplicada a un ser humano que a ella. Pero sólo la diplomacia podía hacerle ganar la partida y José contemporizó.

- La felicidad? No te digo que renunciemos a ella, sino que reclamo la felicidad en mayúscula. Por qué quieres estropearte las manos sirviendo, cuando podemos disfrutar de una fortuna que nos dispense para siempre de trabajar? La maleta, Tulita, la maleta! - clamó José.- Ayúdame a recuperarla y te prometo que seré tuyo para siempre, que estaré siempre a tu lado sin desfallecer.
Tulita hizo sentir su decepción, en la que no estaban ausentes unos tintes de agresividad.

- Yo te pido amor y tu me ofreces un contrato - dijo.
José tuvo que realizar un repliegue táctico, refugiándose en la generalidad.
- Si lo miras de este modo, todo son contratos en la vida. Contrato quiere decir compromiso. Pues bien, lo que yo he tratado de decirte es que yo te quiero por ti misma y tal como eres. Si gracias a tu apoyo puedo recuperar mis derechos y mi alcurnia, te garantizo que mis sentimientos hacia tí no cambiarán y que seguiré queriendote como ahora te quiero.
Tulita pareció más conforme con esa explicación.

- Pero dime, José - inquirió -. Si fuera otra persona la que se apoderara de tus papeles y te los trajera, sin que yo interviniese en el asunto, te casarías conmigo?
A José le pareció absurdo semejante razonamiento formulado en condicional. Era inútil y arriesgado predecir lo que haría si tal o cual cosa ocurriera. Lo mejor pues era dar la respuesta esperada por la muchacha, que era la que más favorecía sus propios intereses.
- Pues claro que si.

Tulita, por vez primera en el curso de la conversación, sonrió satisfecha y buscó el amparo del pecho de José para acurrucarse en él.
- Mira, hagamos una cosa. Deja que pase una semana. Si durante este tiempo no has renunciado a tu maleta, yo te traeré los papeles y aún la misma maleta, si es preciso - y acariciando su nuca, la muchacha añadió: -Pero pienso hacerte tan feliz durante esa semana, que es seguro que acabarás por decirme: Querida mía, deja los papeles allí donde están. Lo único que necesito son tus brazos para que me prodiguen caricias por la noche al acostarme y por la mañana al despertar.

José no añadió ningún comentario, limitándose a prestar su colaboración a la caricia. Lo importante era que una fecha había sido fijada y que era la propia Tulita quien la había propuesto. Había esperado tanto, que una semana más, bien podía soportarla.

Los días que siguieron a esta entrevista, que José calificó justamente de crucial, fueron vividos por uno y otro de manera nerviosa e incoherente, sobre todo por José, que era el más afectado por el plazo de espera. Si leía, si paseaba, si pensaba, se interrumpía de pronto, como si otra cosa urgente lo reclamáse. Vivía como esperando el tren, sin decidirse a empezar algo porque todo lo que le rodeaba llevaba el sello de lo provisional.

¿Por qué empezar nada nuevo si al cabo de una semana su vida debía sufrir un cambio profundo y todo cuanto le rodeaba no le interesaría ya más?
Por la mañana, José se obstinaba en dormir hasta que Tulita irrumpía en el cuarto con el plato de la comida. Por la tarde, pasaba horas y horas contemplando a los pescadores de caña en la orilla del rio.
Uno de ellos, un hombre viejo y mal afeitado, le sorprendió un día con una alusión directa a su asunto.
- Qué? - le dijo - Aún sin recuperar los papeles...?
Más que extrañado, José se sentía indignado y escandalizado. ¿Cómo un pescador de caña podía estar al corriente de sus asuntos? ¿De dónde había procedido la indiscreción? Adivinando sus dudas, fue el propio pescador quien le aclaró:

- No le extrañe mi pregunta. suelo vender mis carpas a la dueña del Hotel de Extranjeros. Desde hace tiempo no se habla allí de otra cosa que de su asunto.- Se interrumpió para tirar de la caña. Falsa alarma. Lanzó de nuevo el anzuelo al agua y prosiguió:
- Le he visto algunas veces acompañando a Tulita, y por ello supongo que usted debe de ser José.

- Así es, buen hombre – le confirmó el noble desposeído. Y con esa propensión a confiar al prójimo los problemás que todo hombre tiene, José añadió: - Me preocupa lo que acaba de decirme, porque significa que Tulita estará ahora muy vigilada.
- Mire, yo estoy al margen de sus problemás - puntualizó el pescador - y no sé si piensa usted en recuperar la maleta o si ha renunciado a ella. Pero puedo asegurarle que Tulita no será objeto de ninguna medida de vigilancia.
José se sentó junto al pescador, a fin de que éste pudiera hablarle y estar atento a su negocio al mismo tiempo.

- No pueden someterla a vigilancia - repitió el pescador - antes de efectuar la sustracción de documentos, porque si tal hicieran, quebrantarían las normas sobre la libertad individual, en virtud de las cuales no se considera que la intención de faltar constituya en sí una falta.
José iba asintiendo con la cabeza, mientras su vista seguía las incidencias del anzuelo en la superficie del agua.

- Tulita comenzará a ser culpable en el momento en que se apodere de los documentos de su maleta, pero ni un minuto antes. Ahora bien, ni la dueña del Hotel ni nadie está habilitado para abrir una maleta retenida a un cliente insolvente, ni siquiera para comprobar si falta algo. Con ello quiero decir que a menos que Tulita sea sorprendida en el momento de efectuar la sustracción, nadie podrá jamás saber si ha faltado o no al reglamento. La Administración del Hotel, todo lo más, sospechará esa falta, si se entera de que usted ha recuperado su dignidad. Pero siempre podrá decirles que se había usted equivocado al creer que los papeles estaban en la maleta y que en realidad los tenía en otro sitio. Ellos jamás podrán comprobarlo.

La interpretación del pescador llenó a José de optimismo. Por lo que conocía de la estructura complicada del reglamento, las cosas debían pasar tal como aquel hombre las refería y no dudaba ya que la maleta o los papeles estarían en sus manos en plazo breve.
La única dificultad, si dificultad era, residía en Tulita. La muchacha estaba dispuesta a luchar para salir victoriosa del match que la oponía a José. En el transcurso de la semana adelgazó aún más y solía venir sumergida en una profunda tristeza. José multiplicaba su solicitud en cuanto a ella, la acogía en sus brazos como una niña y llenaba su rostro de besos.

- Por qué estas triste? - le decía.
Ella esbozaba una sonrisa, que por contraste acentuaba aún más la tristeza de su semblante y trataba de explicar:
- Yo quisiera... - se interrumpía de pronto, como si diera previamente por sentada la inutilidad de formular su deseo, y se frotaba como una gata en el cuerpo de José.
- Dime lo que quisieras - insistía José, conocedor de lo dañinos que pueden ser los deseos retenidos sin encontrar posibilidad de expresión.
- Quisiera... - reanudaba la muchacha - que me dijeras que me quieres más que a tu maleta, que me prefieres a todo.
- Pues claro que si - clamaba José.- Son cosas distintas y sin posible comparación. Yo te quiero a tí independientemente y con exclusión de toda otra cosa.

Tulita parecía agradecer sus palabras y recuperaba la alegría durante unas horas.

Llegó por fin el vencimiento del plazo ofrecido por Tulita. Contrariamente a sus hábitos, José levase levantó antes que la muchacha, presa de un sueño pesado, hasta el punto de que tuvo que despertarla a fin de que no llegara tarde a su trabajo.
Tulita se lavó y peinó sin decir palabra, mientras José paseaba inquieto por la habitación. cuando se sentaron para tomar el desayuno, José rompió el silencio.

- Una semana ha pasado desde la importante conversación que tuvimos sobre nuestros sentimientos, en esa semana has podido darte cuenta de que mi amor hacia tí estaba más allá de toda consideración. Creo pues expresar tu pensamiento si digo que tu juzgas, como yo, que la recuperación de los papeles es esencial para nuestro futuro.

Hizo una pausa y ante el silencio de Tulita, añadió:
- No pierdas un minuto más, Tulita. Ha llegado el momento; de irrumpir en el destino por el cual has sido creada. Apoderate de mis papeles. No te será difícil encontrarlos. Se hallan dentro de un dosier azul.
Contra lo que era de esperar, Tulita habló sin ninguna amargura, incluso sin resignación, como si otorgara un premio a alguien que lo ha merecido.
- Está bien, José. Puesto que así lo quieres, así lo haré.- Y sin cambiar el tono añadió: - Muchas veces me has dicho en el curso de esta semana que me preferías a tus papeles y a tu maleta. Debo entender que me has mentido?
José hizo frente a esta última dificultad con serenidad.

- Creí haberlo aclarado. Te he dicho repetidas veces que es a ti a quien prefiero. Pero en este caso la vida no me sitúa en la obligación de escoger. Tú eres la única que podrías obligarme a ello y te pido que confies en mí.
- Muy bien - resumió Tulita - me place oírte hablar así y quiero que conste esa preferencia hacia mí. Si no he comprendido mal, en el caso de que la vida te obligara a elegir, me elegirias a mi, ¿no es eso?

José ya estaba acostumbrado a ese género de suposiciones que con tanta frecuencia formulaba Tulita y que parecían guiarla en el momento de las decisiones graves. Su respuesta era siempre la que más convenía a sus intereses del momento, sin preocuparse de si correspondía o no a la verdad de su instante mental.
- Has comprendido correctamente - atajó José, y dándole una palmada en la nalga dió por concluída la controversia.

- Te esperaré en el café, frente al Hotel. Así no tendrás que subir tantas escaleras.
Primero descendió Tulita y momentos después José. A pesar de sus deseos de dominarse y de pretender que aquel era un día como los demás, José no podía impedir que treparan a su garganta los compases de una canción. En vano, al darse cuenta, se callaba y acentuaba su gravedad. La canción surgía de nuevo, amenazando con terminar con varios años de austeridad.

José se instaló en el café, junto a la ventana, a fin de apercibir a Tulita apenas saliera de Hotel. Mientras sorbía su café, pensaba en los primeros pasos a dar cuando tuviera en mano los papeles. Lo primero sería buscar un buen abogado, capaz de hacerle obtener un préstamo en un Banco, para hacer frente a los primeros gastos. Después...

Tulita tardaba en llegar. Cierto que la muchacha debía aguardar el momento oportuno. Pero algo más llamó la atención de José. Desde hacía un rato el Hotel de Extranjeros se había convertido en centro de una extraña actividad. Primero fue un coche que se detuvo frente a la puerta del Hotel y tres señores vestidos de etiqueta descendieron del auto y entraron en el HOtel. Por sus vestidos impecables se adivinaba que no eran clientes. Otros coches se detuvieron frente al primero y nuevos señores vestidos de gala se metieron en el Hotel. En los minutos que siguieron el Hotel se convirtió en un verdadero lugar de peregrinación para señores enguantados. Algo anormal debía ocurrir. ¿Qué...?

José comprendió cuando vió llegar y detenerse junto al Hotel el coche de los difuntos. Alguien había muerto y a juzgar por el acompañamiento fúnebre, debía ser alguien de marca.
Pero ahí estaba Tulita, dispuesta a sentarse para tomar un café. José, que había aprendido a leer en los rasgos de su rostro, se dijo que la muchacha estaba más bien de buen humor.
- ¿Qué es lo que pasa? - inquirió José con tono apresurado.
- La patrona ha muerto esta noche de repente - comunicó Tulita.
- Entonces no tendrás dificultad ninguna en obtener los papeles - encadenó José.
- No la tendría - hizo observar la muchacha - si las maletas estuvieran en el sótano. Pero lo cierto es que han desaparecido.
Hubo un momento de silencio dramático. José contemplaba a Tulita sin acabar de admitir lo que oía.
- ¿Desaparecido? ¿Pero dónde? En algún sitio deben de estar. Es contrario al reglamento.

José lanzaba al azar frases de protesta, como si ellas tuvieran la virtud de devolverle la perdida maleta.
- Se dice que las han transportado a la Residencia del Sr. Barón - informó Tulita.- Lo han hecho al amanecer y la orden ha venido, por lo visto, de la superioridad.
- Pero es absurdo – se reveló José.- ¿Por qué sacar las maletas del Hotel?
- Porque ya no es Hotel - prosiguió Tulita.- Muerta la gerente, la Sociedad que lo explota ha decidido cerrar las puertas, al parecer porque no disponen de una persona de confianza que quiera ocupar este cargo - y echando un sobre encima de la mesa, añadió:- Estoy despedida. Me han pagado un mes adelantado y esta noche debo dejar libre la habitación.

José estaba anonadado ante esa derrota imprevista. Se sentía de nuevo juguete de aquella imponente máquina que era la Sociedad y pensaba que todos eran agentes que jugaban su vida contra él. ¿Por qué esa sincronización perfecta de todos los elementos? Cuando decidió abandonar a Tuliferio-cocinero, como por casualidad, Tulita empezaba su servicio en el Hotel, y al término del plazo que le impusiera la muchacha, fallecía la patrona del Hotel con un perfecto sentido de la coordinación.
Cierto. Los acontecimientos eran demásiado monstruosos como para pensar que fuera la Sociedad quien los ordenara. Era absurdo pensar que la gerente del Hotel murió con la única y exclusiva misión de impedir que su cliente recuperara la maleta. Pero, ¿no sería una pantomima lo de su muerte? Bastaba ver el número extraordinario de señores enlutados que habían acudido al entierro para convencerse de que no. José se volvía paranoico ante el peso de sus desgracias.

El cortejo fúnebre se ponía en marcha y José se levantó.
- ¿A dónde vas? - inquirió Tulita.
- No lo sé. Al entierro - decidió José.
- Tengo que retirar los trastos de la habitación. ¿Dónde te veré luego?
- No lo sé - repitió José.- Y dándose cuenta de la realidad, añadió:- Déjale recado a la conserje sobre tu paradero. Ya te encontraré.
Salió a la calle y se sumó a la comitiva fúnebre, como si en aquel entierro tuviera que encontrar un rastro de los papeles. Todos andaban en silencio y sin mirarse, como agobiados por un indecible dolor.
Llegaron a la iglesia y sin explicarse como, José se encontró en la primera fila, junto al coche fúnebre. Uno de los que acompañaban el duelo le señalo con el dedo y empujándole por los hombros, le condujo a no se sabe que extraña misión.

Fue al encontrarse ante el ataúd cuando José se dió cuenta de lo que esperaban de él. Se trataba de transportar el féretro desde el coche al interior de la iglesia; transportarlo en hombros, se entendía, y para esa tarea se solicitaba la colaboración de José.
Imposible ya retroceder sin llamar seriamente la atención. Sin las menores ganas, José tuvo que cargar con el cadáver de aquella a quien debía buena parte de su desgracia.

Ya en la iglesia, José y los tres caballeros que transportaron el ataúd fueron encuadrados en un grupo por un señor que realizaba las funciones de gran mayordomo. Se trataba de un coro y a un movimiento del director, todos entonaron un Réquiem. José, cuando niño, cantó un tiempo en un coro de iglesia, y dejándose llevar por el recuerdo, hizo una verdadera exhibición de sus facultades vocales, de tal modo, que los demás se callaron para dejarle a él solo la responsabilidad del canto.
Así José se encontró de improviso convertido en vedette del entierro de su enemiga, teniendo como público, sin duda alguna, importantes figuras del Consejo de Administración.
Sin poderse librar del engranaje, José se vió metido en un coche que siguió la carroza mortuoria hasta el cementerio. Sin embargo, allí les perdió la pista y José tuvo que recorrer a pié los kilómetros que separaban el cementerio de la capital.

En el camino de regreso, José pensaba en su fracaso. Después de todo, tal vez Tulita tuviera razón. Si renunciaba para siempre a sus títulos de nobleza, podría orientar su vida sin tener en cuenta su situación de postergado. Nuevas posibilidades surgirían y, quien sabe, tal vez llegara a ganar mucho dinero en los negocios.
Con esas ideas bailandole en la cabeza, llegó al inmueble donde Tulita tenía su aposento. La muchacha había alquilado una habitación en un hotel y José se dejó conducir a su nuevo techo.

Aquella noche y por primera vez, José se entregó plena y conscientemente al placer sexual. El cuerpo de Tulita fue recorrido una y otra vez con las yemás de los dedos y de ese teclado de carne parecían desprenderse ecos nuevos que excitaban los sentidos de José. La sexualidad, que ya no era para él más que un recuerdo de los años de su primera juventud, recobró vida en su mente y José hubiera deseado en aquel momento olvidar muchas cosas aprendidas para que ese deleite del cuerpo fuera más amplio, más total.

Al final se durmió y contrariamente a lo que sucedía de ordinario, soñó. En las primeras horas de somnolencia, soñó el entierro de la gerente, se vió transportando en hombros a la difunta, pero ya en el interior de la iglesia, su rol cambiaba y él, José, se convertía en el muerto. A los cantantes del responso les habían crecido largas barbas blancas y entonaban el canto con una grandiosidad y una perfección, que a él, como muerto, le producían gran deleite. Sin embargo, si bien la música del Réquiem era respetada de forma escrupulosa, no ocurría así con la letra, que era una pura invención que le estaba particularmente destinada. Según pudo oir en sueños, esta letra decía:
- Réquiem, por el pobre José que ha perdido su maleta en manos de la inconsiderada gerente. Réquiem, ya no es noble ni nada, sino un simple mortal sin honores. Pobre, pobre José. Descanse en paz su vanidad, su soberbia y su manía de querer dominar las cosas. Réquiem...

Desde su ataúd, José contemplaba asombrado y sin poderse mover como los ancianos cantaban. Pero lo inédito fue cuando, sin dejar de cantar, los ancianos de barba blanca se cruzaron de brazos y empezaron a mover las piernas, como si interpretarán una danza cosaca. Sin dejar de alargar las piernas de forma prodigiosa, habida cuenta de su edad, los ancianos dieron vueltas y vueltas alrededor de su ataúd, lamentándose sin cesar de que José hubiera perdido la maleta.
Después, terminada la exhibición del coro, se produjo en la iglesia un silencio impresionante y del fondo del altar surgió un gigante, que avanzó a pasos lentos hacia José hasta encontrarse junto a su cadáver. Lo miró con indiferencia, levantando el ataúd hasta colocarselo encima del hombro. Entonces, como un lanzador de jabalina, proyectó el ataúd en el espacio con todas sus fuerzas, y José y su vehículo iniciaron una carrera loca a través del éter, cada vez más veloces, hasta desintegrarse en los confines del cosmos.
Kabaleb

La Maleta 5 (Tulita)

Capítulo III (1ª parte)

Llovía en el bulevar cuando José abrió los ojos en el diván del Café de la Noche. A través de las filas de sillas alineadas patas arriba encima de las mesas, José pudo contemplar el triste espectáculo de la lluvia a la luz somnolente de las siete de la mañana. Para una sensibilidad noble, como la de José, aquella era una de las visiones más depresivas de su ya larga vida de exilado.

Lo más desagradable fue darse cuenta de que no estaba solo en el café. Una mujer iba y venía del salón al lavabo transportando cubos de agua y de serrín. José se fingió dormido, a fin de evitar el diálogo en aquella hora prematura, con una mujer que seguramente no dejaría de hacerle preguntas indiscretas.

Cerró los ojos con la esperanza de reencontrar el sueño perdido, pero la carraspera persistente de la mujer de la limpieza se lo impidió. Su sensibilidad se hallaba muy alterada al percibir como la mujer se acercaba inexorablemente a la zona en la que él se encontraba dormido, limpiando el diván lo mismo que el suelo. ¿Lo despertaría acaso y le obligaría a levantarse, o renunciaría a limpiar el espacio que ocupaba el cuerpo de José?

No tardó en salir de dudas. Al llegar junto a él, la mujer de la limpieza le levantó, sin previo aviso, las piernas, como si fueran objetos inanimados y con la mano que le quedaba libre pasó por el diván el cepillo escoba a profusión. Después, sin miramientos, le alzó la cabeza y la espalda y repitió la operación, cepillando al mismo tiempo el chaleco de José, sin duda para evitar que en su contacto ensuciara la tela del diván.

José vivió sin duda el momento más humillante de su vida. Por no haber sabido manifestarse a tiempo, le pareció ridículo simular despertarse en el momento en que la fornida mujer de la limpieza le tenía en brazos para barrer su cama, y resultaba vergonzoso para su sensibilidad hacerlo después. Optó por continuar con los ojos cerrados, pero la mujer empezó el fregado del mosaico con agua y jabón, de manera que el líquido le salpicaba sus mejillas.

El suplicio duró más de una hora, hasta que finalmente la mujer se marchó, cerrando la puerta tras ella. La paz se hizo de nuevo, pero José, con la sensibilidad herida, fue incapaz de reemprender el sueño. El día estaba allí y era inútil eludirlo cerrando los ojos. Era mejor afrontar los problemas con los ojos abiertos en lugar de fabricarse una noche particular con un simple movimiento de párpados.

José se lavó y el contacto con el agua fresca despertó en él de nuevo los deseos de lucha.
Tuliferio-camarero no tardo en llegar.
- Ya está Vd. levantado? - le dijo en guisa de saludo. Y mientras preparaba un café con leche, refería a José que la muchacha del Hotel no tardaría en llegar.
- Hoy es precisamente su día de salida y le he pedido a mi novia que la acompañe hasta aquí, a fin de que pueda Vd. disponer de toda la jornada para preparar el terreno.
Tuliferio se sentó junto a José y mientras desayunaban no cesaron de hablar.

- De dónde procede la muchacha? - inquirió José.- Dígame algo de ella que me permita encontrar un punto de entrada.
- Procede del campo. Es todo lo que puedo decirle de ella, y parece que tiene un carácter muy festivo.
- El caso es saber si estaría dispuesta a sustraer mis papeles de la maleta y dármelos - comentó José.

El camarero hizo un movimiento de hombros como quien no tiene ni idea.
- Ya ha podido Vd. comprobar - dijo - la fidelidad, aún en los escalones más inferiores, de todos los empleados de la Sociedad hacia la Administración central. Lo que se trata de saber en su caso, es si logrará Vd. desviar esta fuerza prodigiosa en provecho propio. Para conseguirlo, es evidente que deberá Vd. entregarse sin reservas a la muchacha y ofrecerle, por así decirlo, una felicidad superior a la que puede procurarle la Sociedad. En todo ello hay un elemento positivo por parte de usted: el hecho que la muchacha haya entrado recientemente al servicio del Hotel,de manera que su fidelidad se encuentra en su etapa de formación y le será sin duda más fácil desviarla en beneficio suyo. Y ahora, permítame que le haga una pregunta, es decir, que provoque la pregunta que usted mismo debe hacerse: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar con la muchacha?.

Por el embarazo de José en responder, se adivinaba que la pregunta lo pillaba de sorpresa.
- Pues no lo había pensado. Claro - añadió haciéndose rápidamente consciente de la situación - esta muchacha va a entrar en mi vida. Debo destinarle un lugar y ese lugar debe determinarse en función del sentimiento que me inspire o el servicio que me rinda.

Hizo una pausa y prosiguió:
- En todo caso, si gracias a la intervención de la muchacha recupero mis papeles, no le va a pesar el haber... digamos abusado de la confianza de la Sociedad.
Encerrándose en esa formula vaga, José bebió el primer sorbo de café, arrellanado en el diván para dar a entender que la pregunta había sido contestada.

Las muchachas no tardaron en llegar. El café no había recibido aún a su primer cliente de la jornada y la entrevista podía desarrollarse sin testigos.
José adivinó enseguida cuál de las dos muchachas le tocaría conquistar. La novia de Tuliferio-camarero, aunque de aspecto humilde, se advertía acostumbrada al vestir y comportarse de la ciudad. En cambio la otra, de cara y ojos redondos, ataviada con un sombrero de esos que suelen verse en los escaparates que anuncian saldos, era la imagen viva de una campesina. Redonda, senos abultados, con una sonrisa traviesa en los labios, era un tipo de mujer totalmente distinto al que José estaba habituado a tratar.
El camarero hizo las presentaciones. Su novia primero; después Tulita, la campesina.

José no pudo evitar un gesto de sorpresa al oir pronunciar el nombre de Tulita. Su semejanza con Tuliferio y el recuerdo de los dos Tuliferios, que tan dudoso papel habían desempeñado en los últimos tres días de su vida, le hizo sospechar súbitamente de la muchacha. Sería acaso otra enviada de la Administración para librarse con él a Dios sabe que extrañas pruebas?

Las muchachas se sentaron y poco a poco José recobró su aplomo. Bastaba observar atentamente a Tulita para darse cuenta de que era imposible que estuviera cumpliendo una misión. El movimiento de sus ojos, de sus labios, de todo su cuerpo, era espontáneo por no decir infantil. No, Tulita era la clásica campesina llegada a la ciudad para servir. Atribuirle una misión secreta era desorbitar las cosas.
El camarero desapareció tras el mostrador y su novia, después de introducir a la campesina, regresó al Hotel, de modo que José y Tulita quedaron frente a frente.

José pensó que la mejor manera de impresionar a la que debía ser su conquista, era refiriéndole alguno episodios de su vida. Y así, con acento grave, con gestos estudiados, con muecas artísticas, que acentuaban el matiz de los pasajes, inició un relato sin fin de su antigua y noble vida.
Tulita parecía escucharle con gran interés. esa sonrisa traviesa que la caracterizaba había desaparecido de sus labios y sus grandes ojos redondos se habían casi inmovilizado. Pero a medida que le relato del noble José proseguía, Tulita, con las manos debajo de la mesa, invisibles para José, empezó a jugar con su bolso, sin abandonar por ello su aparente seriedad y su reverente atención. Poco a poco José se sintió interesado por la actividad de las manos de Tulita. ¿Qué estaría haciendo? Tal vez quisiera sacar el pañuelo para mocarse y no lo hiciera por temor a interrumpir el relato. Consciente de esas necesidades, José cortó su evocación para beber un sorbo de café, pero la muchacha, como si ambas cosas se coordinaran, cesó también de hurgar en su bolso. Apenas José hubo reemprendido el relato, la actividad de las manos de Tulita recomenzó.

José empezaba a perder conciencia de lo que estaba diciendo, intrigado por los manejos de Tulita y por momentos cesaba de contar, cesando automáticamente de hurgar los dedos de Tulita, quien miraba a José en los ojos con inocencia, y parecía concentrada.
El juego duró varios minutos. De forma inconsciente, José había adoptado la misma postura que Tulita, con las manos debajo de la mesa, mientras seguía contando su noble vida. De pronto, sintió que la muchacha introducía entre sus dedos un cilindro de papel. José creyó que le daba un cigarrillo, pero cual fue su sorpresa cuando, sin darle tiempo a retirar la mano de debajo de la mesa, una fuerte explosión le sacudió.

José dió un salto hacia atrás, que le hizo perder el equilibrio y caerse de la silla, mientras Tulita reía, con las mejillas enrojecidas, señalando al noble José, que yacía en el suelo. Entonces se dio cuenta de lo que había ocurrido. Lo que él creyó un cigarrillo, era un petardo, cuya mecha Tulita encendió con un mechero. Durante el tiempo en que Tulita parecía escuchar el relato de la vida de José con gran atención, lo que hacía en realidad era buscar el petardo en su bolso para hacerle a José una broma.

José era poco sensible a este humor desconcertante y estaba a punto de abandonar la pista por impracticable, cuando Tuliferio, ayudándole a levantarse, le susurró al oído:
- Paciencia. No olvide que es una campesina con costumbres que no son las nuestras. Y en el fondo tiene un corazón de oro, se lo aseguro.
Se sentó de nuevo ante Tulita, que continuaba riendo como una loca.
- Perdóneme - dijo, entrecortada por la risa.- Disfruto tanto cuando tengo ocasión de tirar un petardo en el momento que la gente menos se lo espera...
- Me ha sorprendido, pero me ha hecho gracia - aseguró José, y ambos se rieron.

José había cambiado de táctica. No podía pretenderse conquistar una campesina con el relato de su vida noble, cortada de cuajo por la revolución. Tenía que adoptar métodos campesinos si pretendía interesar a Tulita en el asunto de la maleta y presentarle la cosa como un negocio.

José se levantó y dijo:
- Vamos, Tulita - y cuando la muchacha se hubo levantado, como para apresurarla a salir, le dió una palmada lenta en las nalgas, tal como viera hacer antaño, siendo niño, a los campesinos al servicio de su padre. La muchacha reaccionó festivamente, dándole un cachete en la mano, al tiempo que le lanzaba un "tonto" muy familiar. Tuliferio, detrás del mostrador, guiñó el ojo a José, dándole a entender que aquel era el buen camino.

Estuvieron todo el día vagando por la ciudad. Por la tarde salieron a las afueras y dieron largos paseos por las alamedas y la orilla del río. Tulita resultaba a un tiempo una mujer fácil y difícil de contentar. Cuando José le preguntaba "Dónde quieres que te lleve?", Tulita le miraba con sus inmensos ojos redondos y encogiendose de hombros, respondía: "No se".

José intentó cien veces iniciar una conversación, pero Tulita, cuando más absorbida parecía en sus palabras, formulaba una pregunta cualquiera que daba a entender a José que no había retenido nada de lo que estaba penetrando por sus tímpanos.
Al mediar la tarde, José buscó la manera de poder referir a Tulita la historia detallada de la maleta.

- ¿Sabías que estuve alojado en el Hotel de Extranjeros?
- No sabía - respondió Tulita con un total desinterés.
- ¿No te han explicado como penetré una noche en el Hotel con la ayuda de la escalera de los bomberos para buscar mi maleta?
- No sé nada de eso - prosiguió la muchacha en el mismo tono indiferente. Y añadió: - Oye, ¿a que no sabes hacer ésto...?
Ante los ojos atónitos de José, Tulita se puso a correr sobre le césped y unos metros más allá dió una voltereta sin tocar con las manos en el suelo. Ver dar un salto de estas características a un cuerpo redondo y carnoso como el de Tulita es uno de los espectáculos más cómicos y grotescos que puede ofrecernos la vida, pero cuando es la propia pareja la que se libra a tales excesos, coge tonos de tragicomedia.

Apenas tuvo tiempo de decir nada cuando unos niños, llegados como una aparición para presenciar el espectáculo, pedían a Tulita con gritos y palmadas una nueva exhibición.
Tulita cruzó las manos por encima de su cabeza, a manera de saludo y ejecuto sobre el césped la más absurda gama de cabriolas que un ser humano tiene la posibilidad de realizar.
Los niños aplaudían frenéticamente y, creyéndoles sin duda artistas de circo, estimulaban a José para que mostrara sus habilidades. Pero el noble exilado, excedido en su fino sentido de la medida, conminaba a Tulita para que cesara en su loco empeño.

- Basta, basta, Tulita - clamaba.- Estamos dando un espectáculo.
- Pero quieren divertirse - oponía ella entre voltereta y voltereta.- Déjanos divertirnos, aguafiestas.

José optó por sentarse en un banco, esperando a que Tulita hubiera terminado de jolgorear a los chiquillos. Sentado y en desacuerdo con su circunstancia, José meditó y en el centro de sus pensamientos, se encontraba, inamovible, la maleta, y más concretamente los papeles que probaban su nobleza, encerrados en aquella vieja maleta depositada ahora en el sótano del Hotel. Más allá, en el césped, se encontraba su instrumento, su camino, el más directo que la vida le ofrecía en aquel momento, entregado a extrañas cabriolas que herían su sensibilidad. Pero de esa herramienta dependía el futuro de su vida. Todo dependía de la habilidad de José en manipularlas. Aquel primer día fue más bien decepcionante, pero nada estaba perdido y con la caída del crepúsculo podía producirse un cambio que orientara las cosas hacía un ángulo definitivamente favorable a los propósitos de José.

Un poco más tarde, Tulita, jadeante y sofocada, fue a sentarse junto a José. La luz del día se iba apagando por encima de las copas de lo árboles y en la alameda, las parejas de novios, a medida que la luz se extinguía, se estrechaban más y más, como si las sombras llevaran consigo una fuerza de gravedad que los atrajera, el uno hacia el otro.
Aunque José no era un hombre hábil en esa clase de experiencias, el ejemplo de los enamorados ocultos en los troncos de los árboles le sugirió la idea de que tal vez aquel fuera el lenguaje que Tulita comprendiera y a través del cual pudieran llegar a un terreno de comprensión.

Se arrimó discretamente a ella, que jadeaba aún de cansancio y pasando su brazo alrededor de su cuello, le dijo muy tiernamente:
- Estás cansada, Tulita?
- Si - respondió ella mirándole con su ojos redondos.- Los niños me han agotado.
José atrajo la cabeza de su amiga hacia su hombro y con la mano que le rodeaba el cuello empezó a manipular. Pero en la postura en que se encontraba, sus brazos resultaban cortos para alcanzar la esfera del seno de Tulita, que era el primer objetivo que se había impuesto. Contra lo que era de esperar, la muchacha se dió cuenta de esa dificultad técnica y dejó resbalar su cuerpo en el banco, de manera que José pudiera proseguir su tarea sin ninguna dificultad.

José reventaba de júbilo al apercibirse de que Tulita respondía positivamente y mientras acariciaba el enorme seno de la muchacha, se veía ya con los papeles en la mano, en el momento solemne en que todos sus derechos eran reconocidos.

Después de un tiempo de sospesar, medir, aplastar y hacer todo lo que una mano diestra puede realizar con un seno normalmente constituido, José pasó a la segunda fase que consistía en besar los labios de Tulita, mientras sus manos tenían acceso a otras partes recatadas de su cuerpo. Pero cometió el error de atraerse a la muchacha hacia si, en lugar de ser él quien se desplazara al encuentro de los labios de ella, y ocurrió que tras el primer contacto, Tulita fue presa de una tal fiebre pasional, que en un impulso incontenible se abalanzó contra José, dejándole tendido de medio cuerpo en el banco.

José tenía la sensación de que una locomotora se había instalado sobre su cuerpo. La iniciativa había pasado a manos de Tulita, quien continuaba apegada a los labios de José, con una falta tal de calculo que su nariz, oprimiendo las paredes nasales de José, le impedía respirar, y el noble exilado temía que si durabae mucho tiempo el beso, acabaría asfixiado.
Tulita debía encontrarse también incomoda en aquella posición porque acabó por abandonar su presa. Pero al recuperar el equilibrio, apoyó una de sus manos en el vientre de José, lo cual fue como un golpe de gracia para su atropellado cuerpo.
Tal vez dándose cuenta de su estado, Tulita le ayudó a incorporarse y cogiéndole de la mano, le arrancó del banco, diciendo:
- Vámonos a casa, todo está preparado para cenar, ya veras...
Tulita tomó la iniciativa y ella misma se encargó de encontrar un taxi, a fin de que el trayecto se recorriera en un mínimo de tiempo.
Un cuarto de hora más tarde, Tulita y José se encontraban ante el Hotel de Extranjeros.

Tulita tenía una habitación alquilada en el último piso del edificio frontero al Hotel. Era una habitación independiente, limpia y con ciertas comodidades en lo tocante a higiene. En un extremo, el hornillo de gas permitía cocinar.
Tulita se puso cómoda e invitó a José a que se quitara los zapatos y la americana y se tendiera en la cama mientras ella preparaba la comida.
- Cenaremos y nos acostaremos enseguida, eh, nenito mío? - susurró Tulita acariciándole las mejillas.

José se dió cuenta de que había perdido la iniciativa. Pero tendido en la cama y juzgándolo todo con más serenidad, pensó en dejarse llevar. En realidad, no podía sentirse descontento de lo obtenido aquel día. Despertó en un diván de café y se acostaba en una verdadera cama, con perspectivas de conservarla de manera definitiva. Ignoraba aún si las intenciones de Tulita con respecto a él eran de tipo sentimental o puramente sexuales, pero en uno u otro caso, él sabría servirse de este interés para los fines perseguidos. Cenaron y se acostaron. La cama resultaba estrecha para contener dos cuerpos y cuando llegó la hora de dormir, Tulita ocupó inconsciente casi todo el espacio, roncando sonoramente, con un sueño pesado de campesina. José no pudo pegar ojo, pero cuando por la mañana temprano Tulita se levantó, al hombre le pareció tan prodigioso el hecho de poder disponer de toda la cama, que en su primer sueño se vio de nuevo noble, con todos los atributos inherentes a sus títulos.

Durmió, como se duerme en un final de etapa, como duermen los hombres que no viven en conflicto con la Sociedad. Imposible saber cuanto tiempo hubiera dormido aún de no ser reclamado a la tierra por una terrible explosión que pareció conmover las paredes del cuarto.
José despertó en sobresalto. Frente a él, sonriente, se encontraba Tulita, todavía con un petardo en la mano.
- Estoy harto de tus malditos petardos - tronó José.
- Es ya la una de la tarde, se disculpó Tulita.
- Y no podias escoger mejor medio de despertarme?
- No lo haré más - aseguró la muchacha, visiblemente apenada por la bronca.- Mira, te he traído el almuerzo. He comprado pollo. Creo que te gustará.

La vista del menú cambió el humor de José. Llevaba tiempo comiendo manjares baratos y el pollo fue acogido con júbilo por su paladar. Tulita se sentó junto a él y comió copiosamente y con una rapidez impresionante.
- Tulita – señaló José - comes demásiado. Eso está bien en el campo, pero en la ciudad es preciso controlarse.
Tulita lo escuchó con atención y mirándole con sus grandes ojos redondos, dijo:
- Si tú me prefieres delgada, no comeré más.
Después de limpiarse los labios con el delantal, Tulita se acercó a José.
- Has comido bien? - preguntó llena de ternura.
- Claro que si, Tulita- respondió José ligeramente exasperado por el tono maternal empleado por la muchacha.
- Si quieres, no tendrás nunca que moverte de la cama - prosiguió Tulita.- Yo te traeré la comida dos veces por día y no tendrás ni siquiera necesidad de salir de aquí.

José iba a protestar de ese programa envilecedor, pero conmovido por el afecto que se desprendía de los ojos de Tulita, le acarició la mano sonriendo, como para agradecerle sus buenas intenciones.
- Dejemos que la familiaridad se establezca entre nosotros - se dijo.- Lo demás vendrá por si solo.
Tras unas caricias reglamentarias, a las que José se prestó como a cosa que formaba parte de su plan de acción, Tulita regresó al Hotel para completar su jornada.

Al quedarse solo. José se vistió. Se proponía dar un paseo por la ciudad, en el curso del cual reflexionaría sobre la mejor manera de alcanzar sus propósitos. Pero se encontró con la sorpresa de que Tulita había cerrado con llave al marcharse. La indignación se apoderó de él, pero acabo comprendiendo los motivos de la muchacha y pensó que no podía estar descontento de que su instrumento temiese perderlo hasta el punto de encerrarlo con llave en su habitación.

Pasaron varios días. José engordó visiblemente bajo el régimen de sobrealimentación que le imponía la muchacha. Tulita, por el contrario, no cesó de adelgazar, decidida a encarnar el ideal femenino de José. Su cara redonda se tornó en angulosa y todo su cuerpo adquirió una esbeltez que sugería el milagro. Lo extraordinario fue que junto a esa transformación física se produjo en ella un cambio caracterial.

Tulita perdió de pronto esa alegría campesina que tanto chocara a José el primer día y por momentos se mostraba una mujer atormentada por la idea de perderle. Los días pasados juntos introdujeron en su corazón una suerte de sentimiento de propiedad y Tulita solo vivía para conservar, para integrarse más y más a aquel que ella consideraba su hombre.

José fue consciente de este proceso, que le era imposible eludir y vió como su vida se llenaba de malentendidos que podían acabar siendo trágicos. Toda su actividad se reducía a dar paseos por las orillas del rio, deteniéndose a veces para contemplar la labor de los pescadores de caña. Después, regresaba a la habitación y al poco rato aparecía Tulita con grandes cestos de comida. Fue preciso comprar un cubo más grande para meter la basura, porque los restos alcanzaban ya proporciones guiñolescas. Viendo la cantidad de basura que salía de aquella pequeña habitación todos los días, José tenía la sensación de hallarse en pleno proceso de envilecimiento. Pero eso no era lo peor.

Su actividad sexual se encontraba en el primer plano de sus preocupaciones. Primero creyó que Tulita era insaciable, como campesina vigorosa, propicia a cualquier exceso. Pero ahora no estaba tan convencido de ello y por momentos le parecía que la muchacha se entregaba a la sexualidad porque pensaba así satisfacer a José. El hubiera querido decirle que los goces sexuales no entraban en su programa, pero, de hacerlo así, habría tenido que abordar el fondo, el origen de sus relaciones con Tulita, y referirse concretamente a la maleta. Cien veces tuvo la tentación de hacerlo y cien veces retrocedió ante el temor de perder a Tulita. Ella representaba para José un instrumento de primer orden para recuperarla y el hecho de poseer esa posibilidad le hacía gozar en cierto modo de los placeres que la maleta escondía, del mismo modo que el hambriento goza contemplando un escaparate de charcutería.

Sin embargo, debía decidirse. No podía continuar una vida que sólo se justificaba por la acción diaria, sin prolongación intelectual, temiendo revelar el objetivo para el cual fue concebida, que era lo único que podía en definitiva disculparla: la recuperación de los papeles que acreditaban su nobleza.
Así, José veía desfilar los días, comiendo, paseando y durmiendo, mientras gozaba noche tras noche del cuerpo de Tulita en vías de transformación. La muchacha, para la cual la comida constituía una verdadera obsesión, poseía enraizada esa idea, tan extendida entre los campesinos, de que un desgaste cualquiera del organismo debe ser compensado inmediatamente por la absorción de un alimento que neutralice la pérdida de fuerzas; de forma que por las noches, después de haber pagado tributo a la sexualidad, Tulita se levantaba desnuda de la cama para batir la yema de un huevo en un vaso, que ofrecía luego a José mezclada con vino rancio.

El ruido de la cuchara al batir el huevo, se convirtió para José en el símbolo de su culpabilidad y se le antojaba que era su alma la azotada durante el tiempo que la yema tarda en batirse.
Con el paso de los días, Tulita sintió pereza de levantarse para batir el huevo, optando por hacerlo antes en lugar de prepararlo después. Apenas terminada la cena, José asistía, sin osar decir "Basta!" a la preparación del huevo, que constituía el preludio de la operación sexual.
Una tarde, se produjo en José la reacción. Imposible continuar aquella vida. Algo fallaba, cuando no encontraba la manera de hacer confesables sus propósitos. Algo fallaba y José lo descubrió.
Kabaleb